Un lunes de angustia en La Habana

Ni siquiera se puede hablar de que haya amanecido en la ciudad porque el horizonte era una mancha oscura. (14ymedio)

By Yoani Sánchez (14ymedio)

HAVANA TIMES – Me despertó el dolor de garganta. Fui al baño para hacer gárgaras y miré por la ventana. Un resplandor inquietante se notaba hacia el Este en el cielo. El incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas, que comenzó el pasado viernes, no es un hecho que se vea solo por las pantallas de los televisores o a través de las redes sociales. Está también aquí, en La Habana, donde una nube oscura, con residuos de la combustión, cubre la ciudad mientras la gente busca respuestas que no encuentra.

Mi perra Chiqui levanta el hocico y esconde la cola entre sus patas antes de esconderse debajo del sofá. Mi madre me llama porque debe salir a la calle y no sabe qué precauciones tomar. Le digo que lleve la mascarilla y evite a toda costa mojarse con la lluvia si cae un aguacero. Como sonido de fondo está la televisión oficial, que muestra a los dirigentes partidistas en una reunión en un salón climatizado y a unos locutores que evitan a toda costa las palabras precisas. No se dice “explosión”, ni “alarma”, tampoco se pronuncia “peligro” ni “amenaza”.

Son dos realidades en paralelo. Mientras en los micrófonos se habla de superar y resistir, en mi barrio la gente levanta los ojos y teme. Ni siquiera se puede hablar de que haya amanecido en la ciudad porque el horizonte era una mancha oscura esta mañana. Me arden los ojos y cuando algún rayo de sol logra cruzar los nubarrones, sobre el suelo de la terraza se proyecta una línea de un dorado raro, casi fantasmal. La cabeza me late y trato de tomar toda el agua que pueda; eso sí, de la que hemos recogido antes del comienzo del incendio, porque las lluvias pueden haber contaminado las reservas del sábado hasta hoy.

Repaso la lista de personas más frágiles ante esta situación que conozco. La viejita de la esquina que debió marcar desde la madrugada en la cola para comprar el pan, el amigo que tiene una pequeña parcela de verduras y teme que tantos residuos en el aire terminen sobre esos alimentos que si no logra vender no tendrá el dinero para sostener a su familia o la madre con un hijo en el Servicio Militar que tiene el corazón en vilo porque a su muchacho lo puedan enviar a la zona del siniestro, aunque carezca de experiencia y edad para enfrentar al monstruo de fuego.

Nunca creí que la capacidad para el desastre de este sistema pudiera llegar a tanto, que la mala gestión, la violación de los protocolos de seguridad, la desidia y el voluntarismo nos llevarían hasta estos límites. Como optimista por naturaleza que soy pensé que incluso las chapuzas oficiales tenían un límite o un margen circunscrito de afectación, que no podían dañar a tanta gente en tan poco tiempo. Me equivoqué. Este sistema es letal. Su ineptitud mata y mata a muchos. El cielo de mi ciudad hoy está gritando esas verdades.

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