“Un día todo ciclo termina”

Por Victor Rodríguez Oquel

HAVANA TIMES – Quienes observan al Universo a través de la lente de un telescopio, pueden ver hacia el pasado estando en el presente, pero lo que realmente observan -según los científicos- es solo el reflejo de la luz de los objetos celestes que ya existieron.

Pareciera que el cosmos tiene contenida, a la misma vez, en su basta grandeza, a toda la línea del tiempo: el pasado, nuestro presente y el futuro.

¿Será que nuestro presente solo está avanzando sobre la línea de un tiempo que ya fue y que también será, pero que a su vez ya finalizó absolutamente en el reloj de la creación y nosotros únicamente estamos transitando ese destino inexorable que ya no existe más?

Así, hay pequeños acontecimientos de nuestro pasado que cuando fueron presente parecieran no trascender hacia el futuro, que pasarán al olvido, pero con el paso del tiempo esos momentos dejaron una marca en nuestra memoria, esa marca que es como el reflejo de la luz de esos cuerpos celestes que ya existieron, pero que aún podemos observarlos.

Desde la mirada de un niño, las casas resultan inmensos y excitantes mundos por explorar. Cada vivienda es un mundo inigualable dentro del universo de los barrios, las ciudades, las comarcas, los caseríos, los campos y las montañas. Y como cualquier mundo que tiene su habitad, estas cuentan con su propia flora y fauna de objetos que formaron parte de la vida de otros, estén vivos o muertos.

Las luces que se reflejan

Adán Cárdenas probablemente haya nacido a finales del siglo XIX o a comienzos del XX. Fue un orfebre de Masaya, un artesano de los minerales que nació antes o durante la revolución liberal de José Santos Zelaya. Y aún sería bastante joven cuando cayó abatido Benjamín Zeledón en la batalla del Coyotepe en 1912, durante la ocupación estadounidense en Nicaragua.

Sin duda, pertenece a la misma generación de Sandino, quizás se conocieron y conversaron y este le habrá dicho que apoyaba la causa que libraba en las montañas de las Segovias para recuperar la mancillada dignidad nacional.  Tenía la esperanza de que las minas de oro también recuperaran su dignidad y ya no siguieran siendo saqueadas por las “mining companys”.

El viejo orfebre murió pocos meses antes del terremoto de Managua, en 1972. Así terminaba su ciclo y su recuerdo quedó en la memoria de los suyos.

Treinta años después, una tarde de verano a principios de los años noventa, en la profundidad de un cajón, reposaba a oscuras y en silencio una vieja cadena de oro ennegrecida. Una prenda que el mismo Adán había elaborado quién sabe en qué año, una pieza de un complejo entramado tipo Bismarck que liaba entre sus dedos el curioso bisnieto explorador que la encontró

El orfebre conseguía el oro en estado puro, se lo llevaban hasta Masaya o emprendía un largo viaje en carreta que duraba varios días hasta las minas de Chontales, cuando su proveedor, por alguna razón, no llegaba a tiempo con su encomienda.

Ahí podía tranzar oro de contrabando que vendían a un precio más barato los pobres mineros explotados por La Luz y Los Ángeles Mining Company y demás mining companies que se instalaron en el país.

Como el oro es un mineral muy maleable en condiciones de pureza, el artesano utilizaba aleaciones con plata, cobre o zinc. Una vez fundido todo el material, la placa resultante se estira y se corta en alambres muy finos. Luego, estos son cortados en trozos más pequeños para crear los eslabones que serán trenzados hasta formar el entramado, un trabajo de mucha destreza y paciencia.

Y así es como una cosa lleva a la otra: una simple cadena de oro ennegrecida y olvidada en un cajón dejó de ser un simple metal anónimo que había recobrado su origen: Hecho por Adán Cárdenas, orfebre de Masaya.

En el mismo cajón, en una esquina, aparecieron las llaves de un viejo escritorio de madera inflamado por la humedad. En una de sus gavetas pringadas de un moho color esmeralda opaco, había varios álbumes con fotos de Italia y Ámsterdam que delataban una época contemporánea, díscola para unos y funesta para otros.

Eran los locos años ochentas: locos para los privilegiados de la revolución y funesta para los que morían por esa revolución. En las imágenes aparecen varias mujeres jóvenes de veinte a treinta años, vestidas con pantalones de mezclilla rotos en las rodillas, peinados desgreñados al estilo Madonna o Gloria Trevi. Posaban de manera transgresora, aparentando estar orinando en la azotea de un edificio en Venecia.

Las fotos tenían impreso en su reverso el sello de Fotos Fajardo, un estudio donde acudían ataviadas las familias de Masaya para hacer sesiones fotográficas por motivos de bodas, bautizos, quince años, etc.

Eran los últimos tiempos de los estudios fotográficos, donde las manos húmedas tocaban a tientas el celuloide anegado en un baño revelador, erótico al tacto, que va develando con lenta sensualidad las figuras que emergen de los pequeños cuadros de la película fotográfica. Ahora las imágenes son bytes.

Esos mínimos acontecimientos van cartografiando con los años el mapa de la memoria, así como el Universo lo hace con su espacio a través de la memoria de sus luces pasadas.

El pequeño explorador, por supuesto, aprendió a leer, con lo cual dio el salto “cuántico” con el que podría rebatir además de objetos, textos.

De modo que volvió al viejo escritorio que ya estaba más ruinoso, donde habían quedado pendientes para su curiosidad un manojo de cartas de páginas ocres y raídas contenidas en sobres rotos con tinta corrida.

Las cartas son las delatoras perfectas de los sentimientos de sus remitentes. A través de ellas recorremos la tristeza, la alegría, el rencor, el amor o la nostalgia.

Jorge Luis Borges decía que la lectura puede ser una de las formas de la felicidad: a los tristes los llena de esperanza (quizás), a los inquietos les revela nuevas inquietudes, a los exiliados les provee consuelo. Pero también alimentan nuestra intriga y curiosidad.

Un día todo ciclo termina

Podría decirse que, como leer, el universo también es un “verbo”, pues es acción permanente. A quienes nos intriga el cosmos, hemos entendido que el universo se destruye a sí mismo y se reconstruye con sus propios escombros, a excepción de la singularidad de los hoyos negros que todo se traga sin devolverlo. Así también, la lectura es una perenne revelación que destruye y reconstruye nuestro pensamiento.

La curiosidad del niño explorador lo introdujo en la lógica de que la vida es un ciclo imperecedero: conoció el ciclo de Adán Cárdenas, el ciclo del viaje de las jóvenes díscolas, las idas y vueltas de las cartas, el final de los estudios fotográficos.

Todo eso empezó y terminó y quedó como una luz en su memoria, hasta que se desvanezca el ciclo del pequeño, cuando se lo trague el hoyo negro de su tumba.

Venimos del polvo, según las sagradas escrituras. Eso no es compatible con la realidad que indica que venimos de la copulación. La unión de líquidos viscosos y de carne, aunque se le llame coloquialmente “echar un polvo” al acto sexual que engendra vida.

Lo que sí es certero es que en polvo nos volveremos para fertilizar la tierra que es la que nutre a todos los seres vivos. El big bang surgió de la nada ¿se autofertilizó la nada? Ni los científicos saben qué había antes de esa indescriptible singularidad que estalló en clave de génesis.

El exilio también es un ciclo: o se acaba cuando volvemos a nuestro origen, o simplemente desaparece al incorporarnos al nuevo mundo. Pero la verdad es que un día todo ciclo termina.

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