Un canadiense interesado en el acorazado Maine

Historia de Turistas

Vicente Morin Aguado

foto: wikipedia.org

HAVANA TIMES — Cuando le pregunté su nombre me respondió: James Sexton, apellido anglosajón. Vivo en Oakville, junto al lago Ontario, cerca de Toronto. Le informé de forma similar sobre mi persona, agregando algún detalle sobre la cercanía de su pueblo con las famosas cataratas del Niágara, pero el hombre quería cerciorarse de quién era yo y agregó: No muy lejos en los mapas nos encontramos con Maine, ¿No te sugiere algo? ¿Qué sabes sobre los sucesos del acorazado Maine?

Hablaba un español lento, yo diría como cortado, típico del inglés cuando se enfrenta al una lengua romance como la nuestra, marcada por las conjugaciones que no existen generalmente para él.

Entendí que estaba estudiando nuestra cultura y le hablé como es mi costumbre, modulando la voz, lo que fue de su agrado por la fácil comprensión para sus oídos y, claro, le pedí igual cosa si tenía la obligación de expresarse en su idioma natal.

La empatía llegó de inmediato porque le conté la historia del “Maine”en la bahía de La Habana, evitando las frases acuñadas por el tiempo, propias de los prejuicios políticos, pero escasas de pruebas.

Realmente las últimas investigaciones apuntan directamente a un accidente, manipulado por la prensa imperialista de Hearst, utilizado por los partidarios de la intervención con el objetivo de presionar al dubitativo presidente Mc Kinley.

Meses atrás yo había leído lo último publicado sobre el acorazado Maine en revistas españolas, cuando el Centro Cultural de España en La Habana ofrecía gratuitamente servicios de mediateca a todos los cubanos. Lamentablemente el lugar fue cerrado por el gobierno cubano bajo dudosos argumentos, sin conseguir una institución semejante como sustituta de aquellas excelentes facilidades culturales.

Resulta que el buque en cuestión, denominado Acorazado de Segunda Clase, explotó en la rada habanera el 15 de febrero de 1898, donde perecieron 266 tripulantes, casi todos soldados pues los oficiales tenían el acostumbrado privilegio de ir a tierra, disfrutando en aquel momento de un baile en la ciudad.

Randolph Hearst aprovechó su poderoso imperio mediático para acusar a los españoles de perfidia, cuando lo menos que deseaban los ibéricos era la entrada de Estados Unidos en la guerra que sosteníamos los cubanos por la independencia.

Agotados ambos bandos, el país humanamente destruido por la fascista reconcentración de Weyler, émulo de los futuros campos nazis, bastaba un empujón para decidir el destino de aquella situación militar, cosa finalmente hecha por los americanos.

Expliqué estas cosas a mi amigo Sexton, aclarando que la idea sensata apuntaba hacia un accidente típico de la tecnología de la época, basada en carboneras, receptáculos del material energético para mover los motores del barco, realmente peligrosos por la cantidad de gases resultantes, muy explosivos, que permanecían concentrados aún cuando las calderas fueran apagadas. Hay una larga lista de accidentes reportados por este problema.

Nada, hacía falta un incidente y apareció, agregado con otros que Hearst inventó como fundador de la manipulación mediática: Rescató de la prisión en La Habana a una bellísima camagüeyana llamada Evangelina Cosío Cisneros, a quien paseó por todos los Estados Unidos como víctima de la opresión española. Necesitando mas, robaron una carta personal del diplomático español en Nueva York, Dupuy de Lome, donde este hablaba a su gobierno del entonces presidente Mc Kinley, resaltando sus debilidades como gobernante.

La mesa estaba servida y vino la explosión del Maine como postre. Mi amigo James celebraba su 80 cumpleaños en tierras cubanas y me invitó a compartirlo, luego de aquella charla histórica.

Siempre admiré que aquel hombre, jubilado y con una edad respetable, viniera a Cuba con el objetivo de aprender español. Agradeció mucho la recomendación de leer la novela “Jardín”, escrita por Dulce María Loynaz, considerada por mí como una auténtica clase de nuestra lengua. Antes de irnos al restaurante, le regalé un libro de historia con detalles acerca de la guerra Hispano Norteamericana, que considero, debe siempre agregársele lo de Cubana.

Yo escogí un restaurante en el interior de la conocida fortaleza de La Cabaña, lugar que resuma historia. Sexton venía amplio, dispuesto a lo mejor sin preguntar precios. Era un hombre sencillo, nada mezquino pero incapaz de un acto arrogante. Le gustó el ambiente, lejos del bullicio habanero, donde poder conversar con tranquilidad sin ocasionales proposiciones de
“te vendo esto o lo otro”.

Cumpleaños al fin, empinamos copas, lo cual obliga a viajar hasta los Toiletes, es decir, “ir al baño” según la expresión cubana. Yo me adelanté, considerando que en el interior del lugar no veía las acostumbradas puertas con los logos conocidos internacionalmente. Caminé unos cien metros entre pasillos históricos, encontrando unos servicios sanitarios públicos, cerrados con rejas y candados.

Buscando otra solución, alguien de la guardia nocturna me indicó la salida perfecta: un patio interior, bello jardín entonces iluminado por la luna, donde abundaban frondosos árboles, suficientes para camuflar el hacer pis de cualquier persona.

Volví a la mesa con excusas, pasados los camarones y la excelente langosta alabada por James, hasta que mi amigo me hizo la obligada pregunta: ¿Dónde está el Servicio Sanitario, porque no acierto a verlo aquí adentro?

“Bueno Míster Sexton, recuerde que estamos en un restaurante de lujo habanero, usted tendrá la experiencia de un Toilete romántico, a la cubana, sano y verdaderamente especial.” Nos fuimos caminando; el camarero quedó tranquilo porque no hay forma de escaparse sin pagar desde el interior de la Cabaña y, además, no teníamos mala pinta.

Regresamos en taxi, con James Sexton evidentemente feliz por aquella noche, yo también. Se marchó sin otras noticias suyas. Desconozco si pertenece a nuestro mundo, cosa que me agradaría porque admiro su eterna alegría de vivir, empeñado en conocer la cultura española pasada la edad media de vida de la mayoría de los habitantes de nuestro planeta.
—–
Vicente Morín Aguado: [email protected]


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *