Roles en el espacio laboral: ¿está todo bien?

Por VivA

HAVANA TIMES – Corría el año 2012 cuando ingresé a la Escuela Taller de La Habana, en la Oficina del Historiador de la Ciudad. Había optado por la especialidad de Restauración General, en la que se aprendía Pintura Mural.

El grupo estaba conformado por varios hombres y mujeres, aunque destacaba la presencia femenina. Al principio pensaba que eso de la restauración de la pintura mural consistía en sentarse con un pincel a repintar sin mayor esfuerzo que la paciencia, con el paso de los días comprendí que ese era solo una parte de este complejo y lindo oficio.

En resumen, debíamos adquirir nociones básicas de albañilería, y la idea era rechazada por algunas mujeres del grupo, apoyadas en el estereotipo de que ese es un trabajo para hombres. La enseñanza era la misma para todxs, no había discriminación en cuanto a los ejercicios que hacíamos en clases. Había que limpiar un muro, preparar mezcla, echarla en la pared y todxs debíamos aprender a hacerlo. Y así fue, o eso pienso.

La dinámica de esa escuela consiste en que, a la par de los estudios, se realizan actividades prácticas. Y fue ahí donde se evidenciaron las diferencias de género en cuanto al tipo de trabajo. A los hombres se les asignaban las tareas más pesadas y a nosotras lo menos desgastante.

Para ellos estaba destinado el acarreo de materiales, la preparación de morteros, el montaje de andamios, echar la mezcla en grandes áreas en los muros. Mientras que nosotras limpiábamos con cepillos las superficies, medíamos, hacíamos los planos y trabajábamos en espacios pequeños en reintegro de las capas de los soportes.

Las decisiones eran arbitrarias, no había ninguna regulación específica qua aclarara lo que cada quien podía hacer. Asumo que por los propios estereotipos que lastramos las “frágiles”, debíamos hacer actividades no tan pesadas, y los fuertes debían encargarse de lo duro. Si una iba en plan de ayudar  -porque así también se aprendía-,  era prácticamente excluida y se prescindía de ella para evitar que se cansara demasiado, se arruinara las manos o hiciera esfuerzo de más.

Por mi parte, intentaba estar siempre activa. Ayudé a armar el primer andamio y mi condición de delgadez extrema no fue impedimento para arriesgarme a hacer cosas que me exigían un sobre esfuerzo. Terminaba cansada, con las manos destruidas en ocasiones y la columna vertebral desbaratada, pero no me rendía. Quería aprender y tampoco estaba de acuerdo con que nosotras tuviéramos ciertas comodidades y los hombres se desgastaran.

Quijote me llamaban, tenía muy buenas relaciones con casi todas las personas del curso. Pero la realidad era que tenía que esforzarme el doble para ser aceptada como apta para labores duras.  Tanta insistencia tuvo resultados; había logrado que me incluyeran en grupos de trabajo en los que las exigencias eran mayores y la cantidad de mujeres muy poca.

No fui la única ni mucho menos, algunas compañeras se sumaron a cualquier tarea y así fuimos conquistando espacios. También estaban las otras que no se sentían tan a gusto; si nosotras podíamos hacer ese trabajo, significaba que ellas también, y no querían.

Un día, parte de nuestro equipo de trabajo más fuerte se vio mermado. Algunos compañeros estaban ausentes por diversas razones y no se podía parar la labor en la Necrópolis de Colón. Había que llevar materiales de construcción en vagones y éramos pocxs. Enseguida agarré mi vagón, conmigo fueron otras y, aunque no llevábamos la misma carga que ellos, pudimos trasladar todo lo necesario. Por supuesto, cuando el profesor orientó a las no muy felices con la idea que debían hacer lo mismo, ellas no estuvieron de acuerdo.

No niego que me molestaba ver trabajando al grupo prácticamente dividido por géneros. Con esfuerzo, el espacio masculino podía ser conquistado, el problema era que no todas querían hacerlo. Debo reconocer que en calidad de líder que fui -era la monitora o alumna guía del grupo-, no siempre conté con la aprobación de todas las muchachas, los hombres habían dejado de ser el problema para la inclusión, eran ellas las que no estaban dispuestas. Eso me alteraba y en ocasiones tuve encuentros desagradables con algunas. Mi idea era que, como equipo, debíamos trabajar por igual si contábamos con la capacidad para ello.

Los varones siguieron en su rol de ser los más trabajadores, eso no varió. Eran tomados en cuenta a la primera para trabajar, y se asumía que sabían todo de albañilería y sino, lo podían aprender rápido. Las mujeres que nos mostramos interesadas, y demostramos que sí era posible hacer las mismas tareas que los compañeros, fuimos poco a poco tomadas en cuenta para casi cualquier trabajo. Así nos ocupamos de la realización de serramentos, colocación de cubierta, ejecución de capas de preparación, entre otras.

Tú no puedes cambiar el mundo. Es una frase que recuerdo a cada rato cuando pienso en mi tiempo de estudiante en la escuela taller. Me la dijo mi profesor después de que me viera con mucho esfuerzo intentando que todas participáramos de las mismas actividades.

Mirando al pasado me doy cuenta de que no cambié el mundo, no podía hacerlo, pero sí fue posible cambiar un poquito la discriminación laboral, y contribuí a minimizar un poco los rasgos machistas que imperaban en nuestro grupo.

Pasé de ser víctima de la exclusión por mi condición de mujer, por parte de los hombres, a conquistar espacios junto a otras compañeras. Pasé de sentir que los hombres me asilaban en el trabajo, a ser mal vista y cuestionada por aquellas a las que nunca les importó ser algo más que la ayudante en un oficio que requiere de la colaboración de todxs.

Esta historia es, en resumen, un ejemplo de hasta dónde nos llevan las construcciones de roles que le asignamos a los géneros. El espacio laboral no es ajeno a ello, en especial, cuando ciertas labores tienen un cartel de hombre/mujer.

Esta experiencia también muestra que la discriminación no solo es responsabilidad de los hombres, sino que las mujeres también podemos contribuir a esa segregación, incluso, tener un comportamiento tan machista como los hombres en el momento que hacemos división del trabajo, por cuestiones que se fundan en siglos de patriarcado. Es agobiante tener que luchar para ser aceptada y tomada en cuenta, así como lidiar con aquellas que se conforman con la “comodidad” y “cuidado” que les brinda el machismo.

2 comentarios sobre “Roles en el espacio laboral: ¿está todo bien?

  • La mujer puede igualarse al hombre en fuerza si se prepara, por eso hay mujeres fisiculturistas, atletas de primera línea, etc. En inteligencia es igual al hombre. En sensibilidad es superior. Los roles deben ser equitativos, o sea, estas compañeras tuyas debieron asumir en que estaban metidas. No era solo el trabajo suave, sino empezar desde abajo para adquirir todo el conocimiento de restauración.

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  • Lo más bonito de la vida es que no le tenemos que demostrar nada a nadie, porque decir que la Mujer o el Hombre, uno es más inteligente que el otro, más fuerte que el otro, eso es mentira cacareada, solo puede haber profesiones erróneas, te puede gustar hacer algo, pero en la práctica no das buenos resultados, es cierto que la profesión que escogiste requiere en gran medida de esfuerzo físico, si tu resultado es bueno es lo que cuenta, un buen líder no tiene que estar encima de los demás, realiza tu trabajo, cumple con tus metas, siéntete satisfecha de lo que has logrado, tu felicidad depende de ti.

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