Rebeca, Mi primera experiencia

Historias de turistas en cuba…

Vicente Morín Aguado*

Museo Napoleonico. Foto: habanaradio.cu

HAVANA TIMES — Faltaba menos de una hora para las seis, hora del cierre. En el cuarto piso los guías esperábamos nuestra oportunidad de una visita de turistas, poco frecuente en mayo, mes clásico de la temporada baja en Cuba. Por el orden establecido, era mi turno cuando sonó el timbre, con la clave indicando bajar a recibir a los recién llegados.

Tomé rápido el viejo “Otis” del Museo Napoleónico de La Habana, instalado mucho antes de la Revolución por quien fuera el dueño y señor de esta opulenta mansión junto a la universidad,

Orestes Ferrara, italiano, combatiente de la última guerra contra España, devenido en importante figura de la política tradicional, como uno de los líderes del desaparecido Partido Liberal en nuestro país.

Me encuentro con una chica delgada, de escasos veinte años, ropa escasa, consistente en una blusa topes, pantalón corto ajustado al cuerpo y ligeras sandalias. Ni siquiera un bolso pequeño donde guardar lo imprescindible, como es costumbre en cualquier visitante.

El reloj del museo y sobre todo uno más elocuente aún, mostrado por los semblantes de mis compañeros de trabajo, conminaba a salir rápido de aquella muchacha inoportuna, cuando todo el mundo estaba por irse a casa.

A las preguntas iniciales la identifiqué como Mexicana del DF, primer día en Cuba y ubicada en el cercano Hotel Habana Libre, antiguo Hilton de los americanos. Comencé las explicaciones al desgano, pero la mexicanita fue ganándome con sus acertadas preguntas, además de un interés poco usual en una joven de su edad y vestimenta, agregaría yo entonces, pero sin perder de vista sus grandes ojos azules.

No fue fácil resumir todo lo interesante de la abundante y variada colección sobre el período napoleónico, orgullo hoy de Cuba y antes de quien fuera su dueño, Julio Lobo, tal vez el hombre más rico de nuestro país medio siglo atrás.

La Calle Obispo de La Habana Vieja.

Transitamos entre cotizadas pinturas del siglo dieciocho, no menos valiosas porcelanas de Sevres, muebles Chipendale, lámparas de bronce, una de las camas usadas por el Emperador de los franceses, con mechón de cabellos incluidos, pertenecientes al Gran Corzo.

Terminamos cuando los custodios del museo casi nos tiran las puertas encima, mientras los demás guías caminaban hace rato rumbo a sus “guaguas” de regreso a casa, seguros de que esta vez, nada de propinas habría para mí con aquella muchacha.

Yo no tenía apuro alguno, pues vivía solo junto a mi tía y mi nonagenaria abuelita. El asunto marcó la diferencia, porque la invité a seguir rumbo a la Habana Vieja. Lo hice sin pensar mucho en las consecuencias, pero ante mi sorpresa, ella aceptó. Tal vez siendo profesional, yo era un tipo confiable, pasado de “los cuarenta” y con trabajo reconocido en la ciudad.

Se trataba de una total aventura, dado que al ser cubano, apenas contaba con unos escasos pesos para invitarla, de ningún valor ante los dólares por pagar en la muy turística zona que visitaríamos. Pero así somos los cubanos, arriesgados como le cuadra a quiénes viven día a día al extremo. Para que me entiendan, el asunto consistía en no ver ni por asomo dónde podía guardar su dinero mi acompañante.

Era La Habana del noventa y ocho, todavía sorprendida ante la avalancha de extranjeros, algo nada predecible dentro del diseño socialista anterior, totalmente contrario a la presencia de visitantes foráneos por cuenta propia, y mucho menos guiados por cubanos “de la calle”.

Pensando estas cosas, nos fuimos Malecón abajo, rumbo a la bahía habanera, conversando sin parar, pues la chica lo preguntaba todo, desde lo arquitectónico hasta lo meramente anecdótico, como los niños bañándose junto a La Punta o las mujeres, junto al océano, ofreciendo sus flores a Yemayá.

Llegamos a “La Mina”, restaurante algo caro, junto a la Plaza de Armas, en pleno corazón de la ciudad antigua. Ella deseó escuchar la música tradicional “en vivo” y beber algo de paso. Yo advertí de precios en dólares, pero pareció no oírme y nos sentamos, mientras intentaba descubrir la incógnita del dinero, pensando en la pena de mis próximas horas, justificándome ante meseros y policías.

El alivio llegó con la cuenta a pagar, cuando la mexicanita preguntó si era costumbre dejar propina, en tanto se levantaba de la mesa, con esa ligera inclinación, típica de las mujeres, sacando a la vez del bolsillo derecho de su corto pantalón, un flamante billete de veinte dólares.

El Hotel Habana Libre

Entonces comencé a sentir el buen gusto de mi cerveza “Bucanero”, deseando tal vez otra más, pero sin pedirla por las elementales normas de cortesía habituales en estos casos.

Nos fuimos caminando por la calle Obispo, eje de cualquier paseo turístico en La Habana Vieja y nada me preocupó cuando Rebeca, cuyo nombre al fin conocí, me pidió una foto en el “Floridita”, la segunda casa de Hemingway en la capital.

Rebeca, gracias a dios, fue un regalo para mi atribulada existencia habanera, como guía del Museo Napoleónico, a donde llegué de provincias, con apenas un par de botas en los pies.

Me dio algo más que dinero. Tal vez les diga cuánto al final de esta crónica. Lo esencial es que ella me hizo saber que mis conocimientos valían algo, que la vida podía tener de nuevo un sentido para mi.

Terminamos en el cyber-café del Capitolio, contemplando La Habana desde lo alto, con nuevas cervezas incluidas. Quiso ahorrarme el regreso al hotel, pero no acepté, por el honor de devolverla sana y salva a su residencia, tal y como a un padre o hermano mayor corresponde.

Tomamos un taxi, justo hasta la puerta del ahora Habana Libre Tryp, empresa mixta entre el Estado y una cadena hotelera de capital mexicano. Lamento que al día siguiente tenía todo pagado en Varadero. Jamás he vuelto a saber de ella. Pasaría un tiempo hasta tener yo Email y teléfono propios.

Al despedirse se atrevió al único gesto que pudiéramos calificar como un exceso de confianza entre una chica de menos de veinte años y un hombre maduro, cuya relación era de sólo unas horas:

Extrajo algo del sombrero mágico que era el bolsillo derecho de su corta pantaloneta, siempre con la misma sensual inclinación del cuerpo, introduciendo su mano en el bolsillo de mi pantalón, junto a un cordial beso de despedida.
—–

(*) Vicente Morin Aguado: “Mi intención es la verdad, aunque el camino sea difícil. Mi brújula es el sentido común, que conduce a la solidaridad y si lo acompaño del equilibrio, puedo alcanzar una buena cuota de justicia. Soy maestro, hijo de maestros, por eso mi vocación es preguntar y responder. Soy Cubano de Cuba y vivo en Cuba.”

 



2 comentarios sobre “Rebeca, Mi primera experiencia

  • Requetebueno Vicente. ¿Tienes más? Lo esperamos. Gracias!

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  • Usted es o era guía en el Napoleónico? Porque eso de llamarle Gran Corzo a Napoleón como si fuera un venado gigantesco es una especie de burla, no le parece?

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