¿Qué podemos esperar de Cuba en 2024?

Este año, los casos de ancianos desamparados se hicieron más visibles. (14ymedio)

Por 14ymedio

HAVANA TIMES – No había razón alguna para pensar que sería mejor, a fin de cuentas este 2023 venía precedido por el desastre. La crisis económica ya había dado señales claras de haberse hecho crónica en Cuba, el éxodo masivo marcaba la sangría de familias escapando hacia cualquier parte, el discurso oficial mantenía su apuesta por la continuidad y, en las cárceles, alrededor de un millar de presos políticos purgaban sus condenas o esperaban su juicio. Nada apuntaba a que este iba a ser un año bueno, pero la esperanza siempre se aferra a las señales más nimias.

Tras doce meses de experimentos, fracasos y dificultades, solo se puede definir a este como otro tiempo que los cubanos hemos pasado en el “limbo”. Ni las necesarias reformas económicas llegaron, ni las protestas sociales por la inflación y el encarecimiento de la vida tomaron las calles. Mientras el oficialismo se acercaba en su discurso y sus gestos a la Rusia de Vladímir Putin, tampoco dejaba de guiñar un ojo a la Administración estadounidense de Joe Biden. El huevo pasó a costar más de 100 pesos la unidad en las calles de esta Isla, pero las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) llenaron sus estantes de golosinas, cervezas y pollo congelado a precios inasequibles para la mayoría de la población.

El clamor de las protestas del 11 de julio de 2021 se fue apagando con la represión y la salida del país de buena parte de los potenciales manifestantes del próximo estallido. Las universidades se quedaron con los brazos abiertos esperando a muchos estudiantes, con buenas calificaciones, que prefirieron aparcar los sueños de tener un diploma, a la espera de un cambio interno o de un avión que los saque de aquí. Innumerables mujeres postergaron un embarazo aguardando que “la cosa mejore” y, entre los exiliados, no fueron pocos los que, tras un viaje a la Isla o una conversación con sus parientes, aplazaron el calendario del regreso a la espera de “un nuevo escenario”.

Al turismo le pasó algo parecido. “Mejor nos vamos a Dominicana”, “en Cancún sería más fácil”, se dijeron miles de viajeros que a lo largo de este año planificaron vacaciones. El colapso financiero, los bajos estándares de calidad en los alojamientos cubanos y la zozobra de verse atrapados en un estallido popular hicieron a muchos decantarse por otros destinos. Eso no amilanó, no obstante, a los dirigentes cubanos, que siguieron construyendo hoteles de cuatro o cinco estrellas y fracturando el perfil de La Habana con su desafiante Torre K.

La agricultura también quedó en tierra de nadie en este tiempo. Ni el gigante estatal Acopio fue enterrado ni los productores cumplieron con los planes acordados para la entrega de leche, carne y viandas. Todo aquel que podía esforzarse menos, así lo hizo. Todo aquel que podía robar más recursos del Estado apeló a esa forma rápida y tradicional de llenarse los bolsillos. El peso cubano, por no ser, ni siquiera fue la moneda de referencia. Con el dólar corriendo por delante, unas 270 veces más rápido, según el cambio informal en este diciembre, la moneda nacional no pudo aguantar la andanada de su pérdida de valor, el colapso de los cajeros automáticos y la fallida política financiera del Banco Central.

Pasada la pandemia de covid-19, a las autoridades sanitarias ni siquiera les ha servido recordar que la Isla tiene varias vacunas propias contra el coronavirus –ninguna validada por la Organización Mundial de la Salud– para justificar la falta de medicamentos básicos en la red de farmacias estatales. Hay millones de dosis de Abdala para vender a otros países, pero faltan los fármacos para los hipertensos, los diabéticos y los que padecen de una infección para la que necesitan antibióticos.

En esa franja del “hay y no hay” también se instaló la legislación cubana que, amén de los pasos dados por el nuevo Código de las Familias, siguió asistiendo impávida e incapaz a la ola de feminicidios que golpea la Isla. Los casos de niños abandonados por sus familias, que no pueden mantenerlos, las madres que duermen en las calles con sus hijos y los enfermos crónicos que deben apelar a las redes sociales para completar su tratamiento farmacéutico se hicieron más visibles.

Nadie ganó en este 2023. El periodismo independiente perdió, dentro de Cuba, numerosas voces que emigraron a lo largo de estos meses, mientras que la prensa oficial publicaba, con desespero, una y otra vez sus anuncios para cubrir plazas que a pocos le interesan por sus bajos salarios y condicionamiento ideológico.

La representación más acabada de ese limbo son los “pre migrantes”, todos aquellos cubanos que han frenado su vida a la espera de poder salir de la Isla. Nadie los cuenta entre los números del éxodo masivo pero, estando aún dentro del país, actúan como si ya no lo habitaran. Muchos ni siquiera tienen, con certeza, una posibilidad de tomar un avión, ni los recursos para hacerlo. Pero el día que decidieron que no querían seguir más aquí comenzaron también un proceso de desenganche que los convirtió en seres de ningún lugar.

Son los que no se casan, no aceptan un nuevo trabajo, no se comprometen con nadie, rechazan seguir cursando estudios, no miran la televisión oficial pero no tienen la libertad de elegir su propia parrilla informativa. No protestan para evitar represalias y actúan con el oportunismo que aprendieron desde niños, para no poner en peligro la visa, el parole o el caso de asilo político en otro país. Son los hijos del limbo que se vive en Cuba. La expresión más acabada de este 2023 que terminó y amenaza con extenderse en 2024.

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