Perdiendo la fe en la Cuba comunista

Texto y fotos por Benjamin Waddell*

La Habana, Cuba

HAVANA TIMES – El 20 de marzo de 2016, Barack Obama viajó a La Habana, Cuba, para reunirse con su entonces homólogo, Raúl Castro. La última vez que un presidente de los Estados Unidos había estado en la Isla fue en 1928. El viaje de Obama fue la culminación de casi dos años de negociaciones y en ese momento pareció marcar una nueva era para la Isla.

“Los migrantes siempre han sido agentes de cambio”, me dijo un guía turístico cubano llamado Javier, varios meses antes de la histórica visita realizada por Obama. “Y ahora, van a derrocar al régimen. Ya verás.”

Y Javier no se equivocó. Todos los que conocí que tenían un negocio o estaban conectados con el mundo del arte y la innovación, mantenían una conexión con alguien en el extranjero. De hecho, hay pocos lugares en el planeta que muestren tan claramente como Cuba los impactos que deja la migración en todo el mundo.

Los migrantes están en el centro del universo cubano, y sin ellos nada sería igual. A través de sus ideas y el dinero que envían a casa, ellos influyen tanto en los restaurantes, como en el diseño gráfico, los estilos de la ropa, el idioma, la música, la literatura, la tecnología, la educación, incluso hasta en la atención médica.

De hecho, en Cuba hay realmente solo dos clases de personas, las que tienen “fe” y las que no. Pero los cubanos a menudo usan esa palabra para referirse a un tipo diferente de devoción espiritual.

Tras el colapso de la antigua URSS en 1990, la economía cubana cayó en una depresión histórica conocida como “el período especial”. Desde entonces, los cubanos han dependido cada vez más de la familia en el exterior, a la que hábilmente abrevian como “fe”.

Pero hoy, 4 años después de la distensión de Obama, otra vez Estados Unidos vuelve a restringir los viajes, el comercio y las remesas hacia la delicada economía de cubana.

Las medidas draconianas, todas promulgadas mientras Donald Trump estaba en el cargo, tienen como objetivo presionar al Gobierno de La Habana para que adopte el capitalismo y las elecciones democráticas. Irónicamente, es más probable que las nuevas medidas logren exactamente lo contrario.

El poder de la fe en Cuba

La última vez que visité el país caribeño fue a finales de 2017. Me alojé en una casa particular justo en la misma calle de la Plaza de La Revolución.

El apartamento que alquilé era propiedad de Laura y Roberto, quienes vivían en las afueras de la ciudad, pero venían cada mañana a prepararme el desayuno. Como muchos otros nacionales, ellos dependían de lo que reciben por el alquiler de la casa donde me quedaba.

Durante mi última mañana en La Habana, la pareja de mediana edad habló extensamente sobre los límites del sistema económico actual. Nuestra conversación comenzó cuando Laura mencionó que un agente de Migración iba a pasar alrededor de las 9:30 am.

Ella me dijo que quizás el agente quisiera hablar conmigo. Pero también enfatizó el hecho de que era importante que yo no dijera mucho, pasando sus dedos por sus labios como una cremallera.

“Aparecen una vez al mes”, continuó en voz baja. “Para ver cómo están las cosas y comprobar si hemos seguido las reglas o no. Pero realmente vienen a cobrar por las casas. Eso es lo que buscan. Si pueden encontrar alguna pequeña cosa fuera de orden, entonces pueden justificar pedir una tarifa por debajo de la mesa”.

Según el código legal, los dueños de negocios independientes, como Laura y Roberto, deben tener recibos de todo lo que invierten en su negocio. Deben mostrar dónde se compró todo, cuánto costó y cómo lo pagaron.

Por supuesto, en un país donde casi todo lo que se fabrica proviene del exterior y los estantes de las tiendas están vacíos, el mercado negro es el principal proveedor de bienes y servicios.

“Todo viene del exterior”, me comentó Laura. “[Tu] baño completo. ¿Sabes, el de color rosa? Todo vino de Venezuela. Trabajamos allí durante 10 años y fui trayendo cada pieza poco a poco. Los azulejos, el lavabo, el inodoro, las llaves, las luces, todo”.

“Si algo se rompe, tenemos que mirar hacia el exterior. ¿Quién viene a visitarnos? ¿Quién puede traer esto o aquello? ” ella agregó.

Tanto Laura como Roberto solicitaron visas estadounidenses en 2017, pero solo Roberto tuvo éxito. Como señalaron, ser negado es normal. “¿Pero conseguir una visa?” Dijo Laura. “Eso es como ganar la lotería en Cuba”.

“¡Fue el viaje de 5 minutos más caro que he hecho! Pagué $160 dólares estadounidenses para que me dijeran, después de tres minutos de conversación, que lo lamentaban, ¡pero que no podían darme la visa!”, confesó Laura mientras sorbíamos espesos expressos cubanos cerca de una ventana abierta en la cocina. “Pero Roberto consiguió la suya, así que estaremos bien”.

El próximo viaje de Roberto estaba a la vuelta de la esquina. Su madre, que vivía en Miami, había fallecido recientemente. Roberto ya había comprado un boleto de $ 500 para realizar el vuelo de 38 minutos hasta el Miami International.

El viaje le permitiría despedirse de su madre, quien abandonó la Isla después de la Revolución, y ver a sus familiares, la mayoría de los cuales viven en el sur de la Florida.

Sin embargo, a pesar del fallecimiento de su madre, la única forma de justificar el viaje era traer de vuelta suficientes mercancías para compensar el costo del boleto de avión.

“Voy a traer 5 flotadores de inodoro, porque siempre se rompen y aquí ¡no se encuentran por ninguna parte!”, me dijo. “Y Laura y los vecinos también tienen una gran lista para mí. Veré a mi familia, pero pasaré mucho tiempo rastreando cosas en ferreterías y tiendas de segunda mano “.

“La nevera. Esa. ¿La ves?, indicó Roberto, dirigiendo mi atención a una nevera de modelo antiguo con una puerta redondeada. “Esa puede costar 1000 CUC [la moneda de cambio cubana, que equivalía entonces a alrededor de $ 1,10 dólares], pero tú dime algo. ¿Cómo es posible que un par de profesionales como nosotros, cada uno ganando 35 CUC al mes, ahorren lo suficiente para comprar un refrigerador, mucho menos una casa? Es imposible. Todo en Cuba es imposible si no tienes fe“.

La libreta de racionamiento.

Mejor el diablo que conocemos

Al restringir el comercio, los viajes y las remesas a Cuba, el objetivo del Gobierno de los Estados Unidos es presionar al Partido Comunista para que abra vías de participación política.

Sin embargo, es más probable que la última ronda de sanciones de Estados Unidos perjudique a los cubanos comunes a que abra la esfera política. De hecho, las nuevas restricciones pueden conducir a una mayor represión.

La investigación relacionada con el impacto de la intervención estadounidense, incluidas las sanciones económicas, sobre los resultados de los derechos humanos en todo el mundo, sugiere que la intervención extranjera es una forma ineficaz de frenar el crecimiento autoritario.

De hecho, un estudio de 2017 que midió el impacto de la intervención de EE.UU. en 144 países, de 1975 a 2005, concluyó que, “en general, la evidencia sugiere que las herramientas de política exterior más utilizadas por los Estados Unidos terminan ocasionado más daño que beneficio”.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joseph Biden, eventualmente puede revertir las políticas de Trump con respecto a Cuba, pero mientras tanto, cubanos como Laura y Roberto se ven obligados a arreglárselas con menos apoyo del exterior.

Y para la mayoría eso significa volver al Partido Comunista, el cual es dirigido por la familia Castro y el presidente Miguel Díaz-Canel. En cierto sentido, cortar las conexiones de la Isla con el mundo exterior asegura que los cubanos continúen adoptando precisamente aquello de lo que los legisladores estadounidenses esperan que se aparten.

*Lea más de Benjamin Waddell aquí en Havana Times.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *