¿Nos reconciliamos?

Haroldo Dilla Alfonso*

El Terminal 2 del Aeropuerto Jose Martí donde llegan los vuelos de Miami. Photo: Caridad

HAVANA TIMES, 14 feb — En días pasados tuve el privilegio de ser invitado a participar en un taller en Santo Domingo sobre el tema de las reconciliaciones nacionales. Y donde obviamente se intercambiaron algunas ideas sobre la que debe tener lugar en Cuba en algún momento, me imagino, de este siglo.

Fue una reunión de personas muy diversas —géneros, edades, razas, residencias, oficios— aunque todas ellas localizables en esa franja soft que anhela el cambio, pero sin disrupciones fatales, aun cuando tengan sustanciales variaciones a la hora de definir en qué sentido y cómo hacerlo.

Fue en realidad un encuentro emotivo e inteligente y hay que agradecer este esfuerzo a sus organizadores: la Fundación Friedrich Ebert y el Baruch College de la CUNY.

Para mí fue muy importante porque me obligó a pesar en un tema por el que nunca he sentido una especial inclinación. Probablemente porque no pertenezco a la respetable franja de personas que lloran sus destierros y siempre mantienen un foco sentimental sobre el lugar en que nacieron.

Y creo que es así porque he tenido que estar mucho tiempo fuera de mi patria de nacimiento, a veces por muy largos períodos (este último por largos doce años y sigue) y he aprendido a adoptar nuevas patrias. Y andar en ellas ligado a las mismas causas que me siguen atando a Cuba.

Un amigo de un amigo decía que su patria era allí donde estaba su laptop. Es una afirmación ríspida, excesivamente dura, pero de cualquier manera creo que por ahí, en buen dominicano, anda la vaina.

Hay que definir lo que queremos

Pero volviendo al tema, creo que sobre el asunto de la reconciliación pueden producirse graves equívocos, incluso provenientes de las mejores intenciones. Y en consecuencia es saludable definir claramente qué queremos decir con un término tan cargado de emotividades.

Photo: Caridad

En un plano que llamaría sistémico, siempre desde mi punto de vista, la reconciliación no puede significar regresar a una Cuba prerrevolucionaria. Una Cuba que en la mente de muchos exiliados se describe como el mejor de los mundos posibles.

Es posible que sí lo fuese para algunos exiliados, pero no creo que haya sido así para la mayoría que aplaudió con entusiasmo la negación revolucionaria de ese estado de cosas.

Pero sí es innegable que de ese pasado habrá que rescatar muchas virtudes que el discurso y la historiografía postrevolucionarios se ha empeñado en reducir a puras escorias pretéritas. Como también habrá que definir qué es lo que hay que conservar de la historia posterior a 1959.

Decisiones que, por supuesto, no pertenecen a las élites de ambos lados del Estrecho de la Florida, ni a sus intelectuales subsidiarios, sino a todos los cubanos, residan dentro o fuera de la Isla.

Reconciliación no puede ser la difuminación de las ideologías en un abrazo político. Seguirán existiendo, por suerte, muchas posiciones ideológicas (políticas, históricas, posicionales) que serán opuestas.
Reglas de juego claras

Pero todas —y sus expresiones políticas— deberán aceptar reglas de juego claras que faciliten procesos democráticos y pluralistas.

La reconciliación no puede omitir a priori ni a los comunistas (los reales), ni a los neoliberales, ni a ninguna fracción política que acepte esas reglas de juego, pues si alguien queda fuera, siempre la reconciliación será débil. Y la democracia resultante será engañosa.

Políticamente, por tanto, la reconciliación no nos hace hermanos, sino simplemente comensales.

Pero si me concentro en el plano más íntimo —que es el que me interesa discutir ahora— la reconciliación tiene que ser, ante todo, el reconocimiento de que cometimos errores, pero que todos lo hicimos creyendo que hacíamos lo mejor; y que hay una vida por delante que hay que abordar sin la impedimenta de las animosidades.

La reconciliación comenzó hace mucho tiempo

Y si es así, hace ya mucho tiempo que la reconciliación comenzó.

Photo: Caridad

Primero con las familias, que a pesar de las presiones políticas nunca rompieron. O que cedieron y congelaron los contactos, pero que los retomaron apenas existió el menor resquicio para hacerlo.

Nuestra cultura caribeña —y en particular nuestra mezcla de andaluces y africanos— es siempre proclive al entendimiento si existe la menor posibilidad de realizarlo. Y a olvidar, pues nuestros corazones no son celdas de largas condenas sentimentales.

Aunque estoy de acuerdo que olvidar no basta, creo que estar dispuesto a hacerlo es haber recorrido buena parte del camino.

El factor externo

Si hoy perdura una franja de separación y resentimientos mayores, ello es debido a la existencia de factores políticos externos que obliteran —cada vez con mayores dificultades— el entendimiento y la reconciliación.

Una primera locación de estos factores está en el exilio/migración y en las políticas gubernamentales americanas.

No me detengo en ellos, pues son perfectamente conocidos: personas profundamente resentidas (con o sin razones justificadas para ello), políticos oportunistas en busca de votos floridanos, ultraderechistas militantes y emprendedores negociantes que han hecho del anticastrismo una veta de oro para prosperar sin trabajar.

El gobierno americano, no importa quién esté al frente de la Casa Blanca, para el cual Cuba es un tema secundario desde todos los puntos de vista, y sobre la cual es más beneficioso mantener el actual bloqueo/embargo que asumir un descongelamiento unilateral, siempre costoso.

La resistencia mayor reside en Cuba

Pero creo que el principal factor que obstruye la reconciliación ya en marcha, reside en Cuba.

No en las bandas de facinerosos que golpean disidentes y apedrean viviendas. Tampoco en los blogueros oficialistas mal pagados (mis mascotas preferidas) que han hecho de la difamación un modo de vida.

Estos personajes son rescoldos políticos en extinción que sirven a la causa más por conveniencia que por convicción, y que no tardarán en pasarse de bando cuando varíen las circunstancias O, mejor dicho, cuando varíe esa circunstancia determinante que es el Estado cubano.

Porque creo que el principal factor que en la actualidad actúa como un atizador del odio entre los cubanos, de la separación y del resentimiento, es el conjunto de políticas represivas y de expropiación de los derechos ciudadanos que practica el Gobierno de la Isla contra todos los cubanos, los de adentro y los de afuera.

Photo: Caridad

Una hipótesis que se me ocurre sobre este tema es que según la “actualización” económica de Raúl Castro se siga moviendo, y aparezcan nuevas necesidades de apoyos —como la que motivó la alianza con la jerarquía católica— el Gobierno cubano pudiera abrir algunas compuertas específicas, por ejemplo, para facilitar las inversiones de los capitalistas cubanoamericanos, o para facilitar los intercambios con la franja más soft de la emigración.

De manera que comenzaremos a observar una dinámica en que la élite cubana comenzará a mover la reconciliación como consigna. Obviamente en el más grotesco espíritu lampedusiano. Pues a la élite cubana le sucede como a Dios en aquel dialogo con Lucifer que imaginó Saramago: no puede vivir sin la amenaza del diablo.

Situación compleja

Me temo que si no reconocemos la complejidad de esta situación, no podremos avanzar en un debate serio sobre el asunto. La sociedad cubana no está representada por las bandas de exaltados que apalean opositores en Cuba o amenazan artistas en Miami.

No es ni quienes planearon y ejecutaron la bomba en el avión de Barbados, ni quienes ordenaron y ejecutaron el hundimiento del remolcador 13 de Marzo.

Hace tiempo esta sociedad se manifiesta en los encuentros de familiares y amigos en los aeropuertos de Miami y de la Habana. Ellos —ruidosos, genuinos, desprejuiciados— son los que marcan el curso de la reconciliación.

Siempre es útil conocer metodologías del acercamiento de los distanciados, de la reunificación y el perdón. A veces los resentimientos son muy profundos y, lo dijo Freud, lo reprimido siempre regresa. Pero no creo que a estas alturas del juego sea esta necesidad la que apremie.

Lo que necesitamos es una acción decidida que obligue al Estado cubano a cesar sus prácticas discriminatorias, divisionistas y represivas contra la totalidad de la nación cubana.

En primer plano, se me ocurre, exigir una normalización migratoria que coloque a nuestro país al mismo nivel de la mayoría de las sociedades contemporáneas, ni más, ni menos.

No es moviendo pequeñas piezas en pequeñas acciones como lograremos cambiar la actual situación. Más importante, en este sentido, que todo lo que hacemos en ese nivel micro de entendimiento es lo que hace nuestra vigorosa sociedad.

O colocamos nuestras acciones y demandas por encima del patíbulo, o terminamos, a pesar de nuestras intenciones, apuntalando al patíbulo.
—–
(*) Publicado originalmente por Cubaencuentro.com


32 thoughts on “¿Nos reconciliamos?

  • el 28 febrero, 2012 a las 2:43 pm
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    Errata: que pretendan la desaparición de la entidad “República de Cuba” sin aprobarla en referendo.
    (si no no entiende el comentario posterior, jejejej)

  • el 28 febrero, 2012 a las 2:40 pm
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    Arsenio, ya que su formación se lo permite, le pido que piense en la querella de nominalistas y universalistas, que a mi juicio resolvió Abelardo satisfactoriamente. En este caso: ¿qué es un marxista? ¿Alguien que se da a si mismo el nombre de marxista? ¿O alguien que los demás dicen que es?
    Si vamos a excluir, sería demasiado inseguro excluir nombres. Habría que definir claramente que entender por marxista, o más bien cuales postulados, ideas o propuestas no podrá tener el programa de ningún partido, se dé el nombre que se dé. Pues podría suceder que algunos quisieran usar el nombre de marxistas, socialistas, etc., pero para ellos ese concepto estaría despojado de los postulados negativos que hoy sostiene el PCC. Así, sería mucho mejor declarar, más que partidos, la imposibilidad de aprobar leyes que…etc. Aquí tienen algunas que se me ocurren:
    – que pretendan la desaparición de la entidad “República de Cuba” (por que si a los cubanos de mañana les da la venia de unirnos a otro país, ¿no van a poder porque nosotros prohibimos el “anexionismos”)
    – que pretendan restringir u otorgar derechos básados únicamente en la raza, origen nacional, ideología, sexo, religión, etc (a mi no me preocupa que haya un partido de chinos, negros, blancos o blanconazos, lo que me preocupa que se puedan dictar leyes que favorezcan a unos en detrimento de los otros)
    – que pretendan otorgar el poder político, económico, o de cualquier tipo a un grupo, partido, organización sin respetar los fundamentos de la democracia, los cargos electivos, el control y soberanía popular, etc (a mí no me preocupa que haya un partido que se diga marxista que quiera la fundación de cooperativas, autogestión o políticas sociales, lo que me preocupa es que ese o cualquier otro partido o grupo se denomine a sí mismo fuerza superior dirigente de la sociedad y se declare infalible a sí mismo, sin rendir cuentas de sus fracasos e ilegalidades y pidiendo una confianza ciega)

    Creo que podría haber algunas otras características que nunca podríamos permitir de un partido o ley. ¿Alguien aporta alguna otra?

  • el 18 febrero, 2012 a las 7:57 am
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    Juan Arsenio, asere, buscate una jeva y desmaya la trova esa que estas fuera de cancha!

  • el 17 febrero, 2012 a las 5:54 pm
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    Isidro, en algo tienes razón , no te debí calificar, por lo que me excuso muy sinceramente por eso…la vehemencia, sí, es una cualidad que poseo, pero no exagero ni un ápice cuando hablo de un país destruido, donde ha sido más fácil prostituirse que trabajar, donde hablar en media lengua y escribir mal, expresarse mal y ser abyecto y procaz, es signo de masculinidad, y hasta de identidad, tan destruido que la gente no sabe cómo vestirse, o sentarse a una mesa, medianamente puesta, para comer civilizadamente, tan pseudoeducados, que los que mandan, nos hacen creer que la rumba merece ser un patrimonio cultural nacional , o un mal poeta como Guillen , ostentaba un “poeta nacional”, al estilo de…”maestro de cámara del rey”, un país tan devastado que la vivienda, dejó de ser honorable, para convertirse en covachas donde tres generaciones pueden convivir entre peleas, hambre y malas palabras, tan destruida que la gente prefiere “resolver” o “jinetear” “contrabandear o robar “que ganarse el pan con decoro y decencia. Nos dejan, claro que sí un país devastado…sin lugar a dudas. Sin religión, el camino para relacionarse con Dios de los cubanos recientes, ha sido las prácticas animistas de los antiguos esclavos africanos. En cuanto al talento cubano, no es ni mayor ni menor al de otros pueblos y es parte de la mitología castromarxista, incluso, hacernos creer que somos muy autosuficientes, cuando, en nuestras escuelas y universidades, nuestros estudiantes, ni siquiera, pueden acceder a la tecnología que ahora mueve al mundo.
    No me asusta un partido anexionista, no son demonios, son sólo un modo de pensar…y una opción económica, para un país pequeño que fue azucarero y ahorita, ¿ahorita alguien me dice cuál es la industria primaria de Cuba, que produce, que la distingue en materia económica ?Hoy en cualquier práctica escolar…se produce azúcar, en el laboratorio de ciencias. Pero conste, no soy anexionista, pero puedo ponderar sus argumentos, como puedo hacerlo con un liberal, un demócrata cristiano, un derechista, de centro o de extrema…con los que si ni siquiera platicaría, lo confieso, es con los marxistas, yo si los excluyo, ya vi el terrible daño que pueden hacer, igual para los racistas, por su incivilización.

  • el 17 febrero, 2012 a las 5:32 pm
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    No soy ningún asere, y por favor no te dirijas a mi en esos terminos, te pido me ignores,…entre las muchas causas que tuve para huir, están los vulgares”aseres”,los deteste, así es que te hago un llamado a que me respetes, a mi y a mi opinión.

  • el 17 febrero, 2012 a las 9:29 am
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    Mira Isidro el problema que yo veo con prohibir a un grupo o partido especifico sin importar la idea que representan es que una vez que comienzas prohibiendo uno entonces terminas prohibiéndolo todo.
    Yo tengo fe en los cubanos. Los que nunca han tenido fe en los cubanos y en el pueblo de Cuba parecen ser aquellos que están en el poder.

  • el 17 febrero, 2012 a las 8:53 am
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    Hola, Julio:
    No sé por qué ha levantado tantas ronchas mi comentario sobre anexionismo y racismo. Lo dije más que todo en un tono hipotético, tratando de exponer las tendencias que, a mi juicio, resultarían posiblemente excluibles a largo plazo en el panorama político cubano, tomando en cuenta las eventuales consecuencias que para el país tendría su florecimiento. Pero es apenas una hipótesis y una visión muy personal. Como tu bien señalas, quizás ni buscando con lupa ya encuentres a algún cubano que se decante por una anexión. Y ojalá que tampoco los haya interesados en fundar un partido racial (o peor, racista). La triste experiencia de 1912 debería servir de algo.
    Coincido contigo también en eso de hacer ejercicio de fe. En que cambiaremos y sea para mejor.

  • el 17 febrero, 2012 a las 8:40 am
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    Juan Arsenio:
    Como te dije en otro post, tu pasión te ciega al punto de no querer razonar. Tengo posturas diametralmente opuestas a las tuyas, está claro, pero mira que hasta el momento no te he colgado ninguna etiqueta. “Justificador”, me dices. ¿Justificador de qué? Si puedes explícamelo. En todo caso, es mi opinión. Si tú crees que un anexionista es preferible a un comunista, es tu opción, pero no la mía. En lugar de reírte, intenta demostrar con argumentos tu teoría, a ver si convences a alguien. Tampoco dije que sea lo mismo anexionismo que racismo, sino que para mí ambas posiciones, como posibilidades programáticas partidistas, no tienen cabida en nuestro panorama político. Con respecto al racismo, mira lo que pasó en 1912. Un Partido Independiente de Color dio pie a una masacre de negros y mulatos por orden del presidente José Miguel Gómez. Luego, en 1924, y como respuesta a aquellos “negros atrevidos” se fundó un Ku Klux Klan cubano (del que no sé por qué nadie habla al hacer la historia de Cuba), que no prosperó, por suerte. Entre otras cosas, porque no encontró base social y casi todos los políticos del momento se le opusieron. Y fíjate que ninguno era comunista, pues ni se había fundado el partido de Baliño. Lo digo de buena tinta, pues uno de los que hizo resistencia a aquella barbaridad fue mi abuelo paterno, Antonio Estrada Prieto, representante por la Provincia de Pinar del Río a la Cámara por el Partido Conservador. Fíjate bien en su filiación, “conservador”, para que no le vayas a acusar de estalinista. Todo esto está en la prensa de la época.
    En cuanto a que la nación esté destruida, tampoco estoy convencido. No confundas el hecho de que La Habana, u otras ciudades, se caigan a pedazos, y que reine tanta apatía entre los cubanos, con la realidad de que siempre habrá lumbreras entre nuestros compatriotas, de las más diversas tendencias políticas, y que hoy residen en todas partes del mundo, que serán capaces de levantar una nación más próspera. Negar esa posibilidad es no creer en el futuro de la Humanidad.
    Y ya que hablo de nación, ¿qué sentido tiene un partido anexionista que precisamente nos niega esa posibilidad? ¿Que si le temo? Sí, temo y mucho que otro país nos pueda absorber. No quiero que seamos otro Puerto Rico, por muchos oropeles que suponga la venta de nuestra tierra. Gabriel pone el grito en el cielo porque yo pida vetarlos y cree que insulto a los demás cubanos. Pero repito, es mi opción. No se la impongo nadie, pero sí lucharía con todas mis fuerzas contra esa posibilidad. Y sé que no estaría solo.

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