Nicaragua y vivir entre tantos miedos

El miedo a salir del poder, es escalofriante. El miedo a no poder dialogar por no tener ya nada que ofrecer, el temor a unas elecciones libres

Por Edgar Tijerino  (Confidencial)

HAVANA TIMES – Entre los de abajo, el sector ampliamente mayoritario, el que almacena los votos que van a forzar el cambio en este pobre país tan abandonado a su histórica mala suerte, el miedo se ha perdido como bien lo señala el combativo sacerdote monseñor Rolando Alvarez.

Entre los de arriba, los que manejan los hilos del poder respaldados por diferentes cuerpos armados, y todavía con suficientes recursos económicos para prolongar la agonía, se han acostumbrado forzosamente a vivir entre tantos miedos. Son miedos que inevitablemente, se multiplican día a día frente a la efectividad de una poderosa resistencia cívica, no necesitada de líderes como Aquiles, sino de una suma de conciencias, de voluntades y de esperanzas como los soportes de Ulises.

Los miedos, no pueden ocultarse. Saltan tan fácilmente a la vista, que no se necesita de un excedente de astucia para captarlos.

El miedo a la libertad de expresión -algo a lo que en cierta forma hacía referencia el nuevo embajador de la Unión Europea, Pelayo Castro- pica y se extiende. Es el miedo a la muestra de la verdad sepultando el engaño. Es lo que ha permitido, estar claros de todos los atropellos cometidos, y facilitado a los organismos internacionales, las pruebas fehacientes de lo ocurrido para la precisión de sus diagnósticos.

El miedo a las marchas, eriza los pelos en las esferas de poder. Cada expresión masiva es una forma de graficar el crecimiento del rechazo a un sistema tan dañino, que llegó a carcomer brutalmente nuestra sociedad hasta empujarla a un estado de descomposición.

Está el terrible miedo a soltar las cadenas para poder movernos en libertad. El golpe en la mandíbula del sistema producido por el estallido del 18 de abril, desenmascarando la falsedad del paraíso y provocando una rebelión pacífica que no ha podido ser sujetada, ha obligado a dormir con un ojo abierto pendientes hasta del zumbido de un mosquito, posible conspirador.

Está el miedo al respeto de las leyes, tan violentado constantemente en forma antojadiza, consecuencia de la desesperación, y el miedo que se construye alrededor de la desconfianza en quienes te rodean y no se atreven a salir del sometimiento extremo y agobiante, atrapados por la complicidad, aguijoneados por sus propios miedos. A esos, no puedes perderlos de vista.

El miedo a salir del poder es escalofriante. ¿Cómo hacer lo que se te antoje sin ese resorte? El miedo a no poder dialogar por no tener ya nada que ofrecer, te hace sentirse desarmado aún rodeado de fusiles y de aparatos represivos nunca vistos en la historia de Nicaragua.

Está también el miedo a unas elecciones realmente libres por estar conscientes del desequilibrio existente. Igualmente, el miedo a esta juventud sin miedo, patriótica y pujante, decidida a recorrer toda la ruta requerida para forzar el cambio.

Está el miedo a las exigencias y los ejemplos de Sandino y de Carlos Fonseca, que atormentan de día y de noche, y el más tenebroso de los miedos, el de mirarse en el espejo y no poderse reconocer. ¿Cómo es posible que se pueda vivir entre tantos miedos? Esa es una condena.

 



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Vedado, La Habana, Cuba.  Por Arlene Greaves (Trinidad y Tobago).  Cámera: Nikon D3300

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