Nicaragua: Hay que desnudar el discurso de odio

Ejercitar la auto defensa de los valores. Nicaragua toda está compuesta de gente con sentido de dignidad, humanidad, solidaridad, y con derecho al voto

Por Manuel Orozco  (Confidencial)

HAVANA TIMES – La escalada de violencia en Nicaragua es un fenómeno más que preocupante, verdaderamente alarmante, que trasciende una situación de baja intensidad típica en las dictaduras.

Las formas en cómo el Gobierno ejercita la violencia, propaga el odio contra otros, acompañado de una cólera desproporcionada e imperdonable, el silencio oficial y hostigamiento partidista, son signos de un desenlace destructivo que está deshumanizando a su pueblo.

Es importante desnudar la violencia y proteger los esfuerzos por la reconciliación y un acuerdo basado en justicia y democracia, en vez de dejar que el caos destruya a Nicaragua.

Las señales ya están en la pared

Los expertos en estudios sobre la violencia estructural, que muchas veces desemboca en genocidios, resaltan que hay al menos tres factores de la generalización de violencia: inestabilidad, ideología, y discriminación.

En Nicaragua eso está más que palpado en blanco y negro, en los chatrooms o en los medios oficiales, en las amenazas y gritos de odio de quienes se amparan al círculo de poder. Lo peor es que ya frente a un desgobierno, la antesala a la anarquía es la violencia, la negación de la realidad, y la culpa a terceros.

Una agresión dirigida

Desde hace menos de un año los actos de agresión han ido dirigidos a íconos, símbolos, desde pintas de casas, acusando a políticos de traidor, golpista, hasta las más recientes agresiones contra los íconos de la Iglesia Católica. Las señales de esta agresión son un claro ataque no a una persona, sino a un colectivo que quiere reforma política, a quien apoya algo mejor, no dictatorial.

La violencia intransigente

Hay una forma irregular, desordenada dentro del entorno de la agresión física que busca intimidar a líderes de bandos medios, asustar y amedrentar al campesino, al obrero de la calle, a la mujer con niños en la escuela, al trabajador del sector público. La violencia es verbal y física. La cantidad de muertos que van apareciendo como víctimas de violencia muestra una intransigencia desalmada.

El lenguaje del odio y desprecio

Dentro de los grupos pro-gobierno, hay gente joven con expresiones bruscas, coléricas contra la oposición, contra quien cree que hay dictadura y no toleran la crítica y la censuran a muerte. 

Es cierto, también la molestia es mutua, el grito a unos de ‘sapos’ no es bienvenido ni por el ‘sapo’ mismo.  Pero en la radio, el lenguaje tan agresivo que usan periodistas, activistas pro-gobierno no es defendible, justificable o comparable, desde ‘golpista’, ‘puchos’, hasta ‘plomo y sangre’. El problema está en el desprecio explícito al otro.

La negación de la realidad

Otra de las grandes señales de la arbitrariedad del poder anárquico es la negación de la realidad con la manufactura de información falsa que busca distraer y desmentir.  Hablar de otras cosas en medio del caos.

El silencio oficial

Ante la violencia está el silencio oficial o la versión oficial que niega la verdad. El silencio ante el abuso, la cárcel, el vejamen de las pandillas que intimidan.

La ausencia de un presidente que se esconde ante sus ansiedades y enfermedades emocionales. Y la versión oficial de la policía que desmiente los atentados, con una vicepresidente que machuca las palabras para esconder la realidad, habla de ‘cuidadoso y responsable’, que los migrantes entraron huyendo de la xenofobia, que el amor del comandante es más grande que la bondad de dios. Todo es silencio y negación.

La culpa a terceros

También está la culpa a terceros, al imperialismo yanqui y al gran capital, a los puchitos y a los desconocidos. No hay rendición de cuentas frente a la violencia, el abuso de poder y autoridad, y el uso de la fuerza. Los ataques contra los movimientos feministas para distraer de dónde viene la violencia son otra manifestación de un serio malestar social con hambre de crueldad.

Todo esto viene acompañado de su ideología, de un cuerpo doctrinario de mensajes y creencias que habla del otro y uno.  El otro es ese ser capitalista, burgués, imperialista y oportunista. La ideología orteguista usa el emblema sandinista para escudar el clientelismo político de por medio y una lealtad tarifaria.

La ideología no tiene filosofía, sino un fundamento diferenciador que le da vida y justificación al modus vivendi. Engin Isin dice que la genealogía de la ciudadanía está en el acto político explícito de negarle a otros su derecho a existir como animal político.

El orteguismo a través del mensaje de Rosario Murillo le da pasto y forraje a sus seguidores cuando introduce el lenguaje maniqueísta de su ideología, los buenos nicaragüenses son los fieles cristianos, los amigos del comandante, los que creen en Sandino y rechazan la maldad del opositor, los puchos, golpistas, minúsculos, los otros que no son ciudadanos.  Desnaturalizar políticamente al otro es justo y necesario para sancionar la negación de la protesta, el derecho a votar o a vivir.

¿Qué hacer?  Desnudar la violencia, confrontar la paciencia

Los nicaragüenses tienen la piel curtida de lo que Galtung se refiere a violencia estructural. Somos un pueblo que respira el acoso, el abuso, la transgresión del cuerpo y la política. Sus espacios de expresión en aire limpio, en libertad están limitados por esa cultura de la violencia.  Los nicaragüenses requieren de una rehumanización, de prevenir que la violencia se coma a sus hijos y sus familias, su cultura y su humor.  Y no es tarde.

Ante la continua violencia y agresión física es importante volver a la autoestima política, a ejercitar la auto defensa de los valores y la integridad del cuerpo.  Nicaragua toda está compuesta de gente con sentido de dignidad, con humanidad en su solidaridad, y su visión de mundo.

Quienes recurren a la violencia son los que viven bajo el narcisismo y complejos de inferioridad, y por ello el primer paso frente a la agresión está desnudar su fuente. Hay que desnudar la violencia quitándole el uso de la fuerza, imponiendo la integridad y la dignidad de ser alguien que cree en su voto, en su política y en su destino. Los nicaragüenses tienen que asumir el control de su narrativa, mostrar que su lenguaje tiene vida humana y no rostro pasivo. El nicaragüense es paciente pero no es pasivo.

Es importante acortar distancias con el debate para evitar la tercerización.  Si me acusas de golpista, explícate por qué. Si querer democracia es de imperialistas, ¿qué es ser orteguista?  Si orteguismo es socialisimo y reconciliación, ¿por qué negar las muertes y la pandemia? La narrativa se controla con el cara a cara, con el acercamiento uno a uno entre el dedo acusador y el culpado. El verdadero riesgo no es de exponer la vida a morir, sino de defender la dignidad y la integridad.

Dicen que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, en este caso, los disidentes.

Consolidar la fuerza del bloque político en un solo frente.

Confrontar el problema, no al agresor.

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