Nicaragua, donde el Papa podría marcar la diferencia

Por Circles Robinson

HAVANA TIMES – Hace un par de semanas el Papa Francisco regresó al Vaticano luego de un revelador viaje a Canadá que dejó claro el papel de la Iglesia Católica en el genocidio cometido contra los pueblos indígenas en ese país. Estaba visiblemente conmocionado por el alcance de la crueldad que incluía la muerte de miles de niños, un horror increíble. Usó la palabra “genocidio”, no en Canadá sino al regresar a casa.

Mientras estuvo en Canadá, ofreció su “disculpa” por los crímenes atroces cometidos, pero no dijo nada sobre reparaciones dentro de los medios de la institución/país súper rico que preside. Mis pensamientos fueron: hablar es barato, mucho más barato que hacer lo correcto dentro de los medios posibles para al menos compensar de una manera justa a los descendientes de las víctimas.

Pero eso, así como los muchos miles de niños abusados ​​sexualmente en todo el mundo a manos de sacerdotes católicos, no es el punto principal de lo que escribo hoy. Es totalmente diferente, y se trata de lo que está sucediendo ahora mismo en un pequeño país empobrecido de América Central, Nicaragua.

Se trata de crímenes terribles y represión de una dictadura familiar contra toda una ciudadanía y eso incluye a los sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica que se atreven a pronunciarse a favor de la población indefensa.

Mientras escribo, el obispo Rolando Álvarez, otros cinco sacerdotes y cinco colaboradores de la Iglesia están siendo rehenes de la policía de la familia Ortega en la ciudad de Matagalpa. El objetivo principal es Álvarez, ya que sus críticas han molestado especialmente a la vice-dictadora Rosario Murillo, quien está tratando de impulsar su propia nueva religión en la que ella es la diosa todopoderosa.

La retención de los rehenes se encuentra ahora en el día 11, se ha informado que sus suministros de alimentos son pocos y el enorme destacamento policial no permite que los ciudadanos les lleven alimentos o medicamentos de ningún tipo. Álvarez es amenazado con prisión por “poner en peligro la seguridad nacional”, por parte de las mismas personas que están destruyendo a la sociedad civil organizada tan rápido como pueden.

El simple hecho de saber cómo Ortega y su esposa apoyan felizmente la invasión rusa de Ucrania y a su gran líder Vladimir Putin, debería ser suficiente para que la mayoría entiendiera la ética y la empatía de su régimen.

Ayer, el Miami Herald publicó una columna sobre el tema del periodista Andrés Oppenheimer, el último periodista independiente que entrevistó a Daniel Ortega en medio de la represión mortal contra manifestantes pacíficos en 2018.

Unos días antes, decenas de grupos y simpatizantes del exilio nicaragüense escribieron una carta al Papa pidiéndole que interviniera a favor de las víctimas de la represión y específicamente en el caso de Rolando Álvarez y los otros rehenes.

Sabiendo lo difícil que debe ser para el Papa hacer lo correcto ante el horrendo mal cometido por su Institución en Canadá contra los pueblos originarios, una fuerte condena en este momento respecto a Nicaragua y un firme apoyo al obispo Álvarez y a los demás encarcelados y sacerdotes perseguidos debería ser mucho más fácil, y al menos mostraría la verdadera empatía que muchos de sus seguidores esperan de él.

A continuación, presentamos la columna de Andres Oppenheimer:

El silencio del papa sobre Nicaragua

Lo que pasa en Nicaragua debería ser denunciado por los defensores de la democracia y los DD.HH. en todo el mundo, empezando por el papa Francisco

Por Andrés Oppenheimer (EFE / Confidencial)

HAVANA TIMES – Es difícil decidir qué cosa es más escandalosa: si la decisión del dictador nicaragüense Daniel Ortega de cerrar siete estaciones de radio de la Iglesia católica y ordenar el arresto domiciliario de un obispo y sus ayudantes, o el silencio total del papa Francisco sobre estos ataques contra su propia gente.

Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, cerraron las siete estaciones de radio católicas el 1 de agosto. Eran administradas por la Diócesis de Matagalpa, un departamento del norte de Nicaragua cuyo obispo Rolando Álvarez es un crítico frecuente de los abusos contra los derechos humanos de la pareja gobernante.

Horas después del cierre de las estaciones de radio, la policía orteguista irrumpió en la parroquia Divina Misericordia del poblado de Sébaco, en Matagalpa, desde donde operaba una de las estaciones de radio. La parroquia retransmitió en directo por Facebook la llegada y entrada forzosa a la iglesia de los policías.

Días después, policías fuertemente armados impidieron que el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, y seis sacerdotes católicos que lo acompañaban salieran de su residencia para ir a la catedral a celebrar una misa. El obispo y los sacerdotes están desde entonces bajo arresto domiciliario, informó la Agencia Católica de Noticias.

El régimen de Ortega-Murillo acusa a Álvarez y sus sacerdotes de intentar “organizar grupos violentos” para desestabilizar al Gobierno. En marzo, el Gobierno había expulsado del país al Nuncio Papal, Waldemar Stanislaw Sommertag.

Para cualquiera que haya estado siguiendo las noticias de Nicaragua, no hay duda de que Ortega está llevando a cabo una de las campañas represivas más grandes contra la disidencia política en el mundo occidental.

Desde principios de año, el régimen ha cerrado 1406 organizaciones no gubernamentales, que van desde pequeños grupos de producción teatral hasta organizaciones benéficas con apoyo internacional que aseguran el acceso a servicios de salud y alimentos en uno de los países más pobres de América Latina, según la revista Confidencial de Nicaragua. La revista, como prácticamente todos los demás medios independientes, ha sido cerrada en Nicaragua y se publica en línea desde Costa Rica.

Ortega se reeligió a sí mismo en una elección fraudulenta en noviembre de 2021, luego de proscribir a los principales partidos de oposición y encarcelar a los siete principales candidatos opositores. Todos ellos permanecen en prisión o bajo arresto domiciliario hasta el día de hoy.

En 2018, más de 300 nicaragüenses fueron asesinados y 2000 heridos por la Policía y las tropas paramilitares de Ortega durante manifestaciones masivas contra el Gobierno. Cuando lo entrevisté a Ortega en su residencia en Managua ese año, me dijo sin pestañear que los grupos de derechos humanos mienten, y que habían muerto solo 195 personas.

El editor de la revista Confidencial, Carlos Fernando Chamorro, me dijo esta semana que el motivo por el que Ortega está atacando a la Iglesia católica es probablemente que la Iglesia es “el último espacio de la sociedad civil que queda en el país”.

Pero lo que es aún más difícil de explicar es por qué el papa Francisco no ha condenado, ni siquiera mencionado, la reciente ola de represión de Ortega contra su propia Iglesia. El representante del Vaticano en la Organización de Estados Americanos expreso tardíamente el 12 de agosto la “preocupación” de la Santa Sede por los eventos en Nicaragua, pero el Papa todavía no había emitido una declaración al respecto.

“El silencio del papa Francisco sobre la persecución que sufre la Iglesia católica es inadmisible”, me dijo Tamara Taraciuk, experta en América Latina del grupo de defensa Human Rights Watch. “Si los propios miembros del clero católico nicaragüense arriesgan sus propias vidas y libertad para denunciar los abusos de Ortega, ¿qué está esperando el papa para pronunciarse y apoyarlos?”.

El silencio del papa sobre Nicaragua es apenas una varias sorprendentes omisiones recientes de su parte. El papa aún no ha visitado Ucrania, víctima de la mayor invasión extranjera en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, recientemente encontró el tiempo para hacer un viaje de seis días a Canadá, para pedir perdón por los abusos de la Iglesia en el siglo XIX y en la década de 1970. ¿Qué era más importante ahora?

La tragedia nicaragüense ha sido eclipsada en las noticias por la guerra de Ucrania, las tensiones entre China y Estados Unidos por Taiwán y el escándalo por el aparente robo de documentos secretos de la Casa Blanca por parte del expresidente Donald Trump. Pero lo que está pasando en Nicaragua debería ser denunciado por los defensores de la democracia y los derechos humanos en todo el mundo, empezando por el papa Francisco.

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*Artículo publicado originalmente en El Nuevo Herald.

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