Nada de merienda

Rostros de mujeres cubanas asesinadas recientemente, víctimas de la violencia machista: Leydi Laura García, Yulismeidys María Loyola, Lázara Herrera, Marays Morejón, Leidy Maura Pacheco, Misleydis González, Taimara Gómez, Alis Obregón, Yarianna Betancourt.

Por Martín Guevara

HAVANA TIMES – La mujer universal ha padecido la superioridad, en todos los ámbitos de poder, de la otra mitrad de la humanidad. 

Paradójicamente, en Cuba, la mujer padeció el peso de esa bota más que en el resto del mundo, durante los últimos sesenta años.  En la vida cotidiana, en la única clase social no dirigente que existía, la clase bajísima, aun cuando desde los años sesenta se legalizó el aborto, el acceso de la mujer al trabajo y la total igualdad jurídica, de puertas hacia adentro, incluso, hasta el parque del barrio, era todo muy diferente.

Alguien me puede decir que, sin embargo, antes de la Revolución era peor, teóricamente sí, claro, pero no contamos con que el “machismo” se vio honrado con un nuevo y acaparador invitado.

A los requisitos de la clásica “hombría” que había que mostrar para ser respetado mínimamente, se agregaba el ser un verdadero revolucionario, que en sentido universal era estar en todo momento listo para morir por la causa, en buscar un enemigo permanente, pero a eso se sumaban algunos folclóricos ápices caribeños, el “revolucionario” debía ser, además de guapo en tiempo de guerra: chivato, obsecuente, huele trasero, genuflexo ante las autoridades en tiempos de paz. 

Así es que cuando el cubano no estaba en trance de ir a Etiopía, Angola o Mozambique, estaba cargado de una sobredosis de testosteronas que debía eliminar por alguna vía, broncas, deportes, curda, mucha curda y, por supuesto, al final del día, su mujer.

Al llegar al hogar, tras todas esas horas testigos de su insignificancia, de “pichicortez” revolucionaria y de hombre, si antes no había pasado por casa de una “querida” para hallar sustitutos de sus carencias, entonces la mujer, la esposa, hacía de último punching ball para la descarga hormonal. 

Hoy todos se hacen los bobos y nadie recuerda, pero se podía escuchar en cualquier vecindario cómo empezaba el bateo con las preguntas de la cederista, a veces miliciana, trabajadora en ocasiones, ama de casa otras; iba subiendo el tono, hasta que, como cada tres o cuatro noches por medio, entre el alcohol y algún improperio inconscientemente pactado para oficiar de espita, sonaba el primer galletón, y si seguía o no la derrama de manotazos, dependía de las mismas razones que en el resto del mundo.

Incluso, novios de escuela secundaria, generalmente de barrios más marginales, se los podía ver discutiendo bajo una mata de framboyán, hasta que de entre las flores rojas, el verde de las hojitas y el marrón de las vainas se escuchaba un sonoro ¡Ra!… que no era ni mucho menos el dios egipcio del sol.

Los feminicidios nunca han formado parte de la información en los medios en Cuba, como ningún hecho que no sea un Congreso del Partido, un elogioso acto revolucionario o un condenable hecho afuera del país, propio del espíritu capitalista.

Recién, en el pasado año 2019, se reconoció por primera vez una estadística de 0,99 muertes de mujeres de más de 15 años a manos de sus parejas, entre 100.000 habitantes. Muy tibia aún, no contiene un registro de las muertas en los precedentes sesenta años, pero al menos es un comienzo; la realidad era terrible, tanto para la mujer golpeada y sensible de ser asesinada, como para sus familiares.

 Un día habrá cifras, estadísticas de las mujeres apuñaleadas, macheteadas, de las que se prendieron fuego con queroseno por no aguantar más, y ese día los defensores de aquella aberración deberán sentir una pizca de vergüenza. En caso que haya, claro.

Esto interpela al sempiterno Gobierno de la Isla, pero también a todos nosotros, a todos, sin excepción.

Mi homenaje a la mujer cubana, a todas las asesinadas estos años, y a todas y cada una de las vivas, que además de recoger las migas de la hombría destrozada,  como ocurre en el resto del mundo, se le sumaba una frustración extra, y nunca tuvo el premio al final de sus vida de la viudez con una pensión generosa y viajes a Cozumel o a Varadero, al menos, como pago tardío, reciben el resto de las mujeres, ya que encima también tenía que ser revolucionaria  valiente, trabajar en ciudad, campo, cocina, suelo, aguja e hilo, y como pago comer, nada de merienda, mucho discurso, lineamientos, muela, palabras.

Parole parole parole

 



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