Murió el último Profeta

Verónica Vega

Ray Bradbury. foto:wikipedia.org

HAVANA TIMES — “El tiempo hipnotiza”, escribió Ray Bradbury en su novela autobiográfica “Dandelion wine” (conocida en Cuba como “El vino del estío”).

Y ese tiempo que construye vicios con la inconsciencia, impidiéndonos ver los cambios de nuestra imagen en el espejo, puede golpearnos de pronto con una foto de juventud, un pliegue demasiado procaz, o el impacto de una muerte.

Así me sacudió a mí la noticia de su propia muerte. En el hipnotismo de una distancia geográfica que nunca creí real, por la cercanía total que me permitía su obra, soñaba con conocerlo (físicamente) algún día.

Y, a falta de internet, me aseguraba de su presencia por mi más reciente versión de la wikipedia donde sólo aparece su fecha de nacimiento, ninguna de defunción.

De un tajo, tal como me pasó con el argentino Ernesto Sábato, me vi obligada a aceptar que Ray Bradbury se suma a la hilera de mis amores muertos apiñados en un anaquel.

No importa que él y yo hayamos nacido en el mismo siglo y coincidido por décadas en el mismo hemisferio. No importa que sea el responsable de que ya, nunca más yo viera igual que antes el mundo.

No importa que mi hijo adolescente (que detesta leer) se haya reconciliado con la literatura gracias a “El hombre ilustrado” y me confiese que para él, tampoco nada es como antes.

Bradbury llegó a mí a través de un amigo en los tiempos que todavía había té negro y la evocación de un libro junto con la música de Vangelis bastaban para emprender un larguísimo viaje.

Mi amigo, que tiene la noble manía de regalar lo que más le duele, me entregó un libro que parecía un cuaderno de escuela, feo y poco manuable, cuya portada enunciaba parcamente: “Tres de Bradbury”.

Si pasabas la prueba de esa carátula, si te olvidabas del turbio color de las páginas, sólo entonces obtenías la recompensa de sumergirte en las vibrantes: “Crónicas marcianas”, “El hombre ilustrado”, y en esa pesadilla que es sin duda “Fahrenheit 451”…

Pero por aquel paralelismo temporal con Vangelis, las imágenes de Bradbury y la atmósfera del músico griego se mezclaron para siempre.

Así que en las ciudades marcianas desacralizadas por brutales depredadores terrestres, puedo escuchar aún la melodía de “12 O’clock”, esa voz femenina que brota con un canto de esperanza en el primer amanecer del mundo, después del holocausto provocado por la humanidad.

Porque, para nuestro pesar, como todos los profetas, Bradbury tuvo toda la razón: al describir la avaricia ilimitada del hombre y las pavorosas vertientes del progreso tecnológico. Al colocar a los hijos contra los padres, en una emancipación sin responsabilidad ni piedad (“La Pradera”).

Al mostrar la desesperación de un hombre que quiere destruir todos los televisores del mundo, (el Asesino). Al conmovernos con el amor de dos cadáveres que, agarradas las manos, reviven por el flujo del agua de los desagües, (“La Alcantarilla”) resbalando hacia la libertad del mar bajo las calles de una ciudad erigida sólo para la soledad.

Sin embargo, en Bradbury hay también esperanza: al hacer brotar en el suelo marciano árboles de semillas terrestres, miríadas de árboles que se expanden por todo Marte (“La mañana verde”), haciendo el aire posible, respirable. Y aspirable también, a través de su inocencia vegetal, un remanente de la inocencia humana. Porque él sabía que sólo en el hombre estaba también la otra disyuntiva: la de la regeneración.

Pienso que el legado más grande de Bradbury es la mirada de un niño de doce años (el niño que él fue, el de “Dandelion wine”), mirada ante la que todo se redimensiona: la figura de su padre que le enseña a escuchar el silencio del bosque, sus propios dedos agitándose como “jirones de una extraña bandera”, la sensación de alarma porque “Sí, algo va a ocurrir: ¡lo sé!”, y por fin, el increíble hallazgo: “¡Estoy realmente vivo! ¡Nunca lo supe, y si lo supe no recuerdo!”

Descubrir que “el mundo nos mira, como el iris gigante de un mundo aún más grande”, y la preocupación que le comparte en voz baja a su hermano:

“-Tom… ¿saben todos, en el mundo… que están vivos?”

Tengo la idea obsesiva de que Bradbury rodó junto a esos expedicionarios que caían del cohete roto, formando en el cielo un fascinante y siniestro calidoscopio. Y que como el personaje de Hollis, soñó con emitir una última luz antes de desaparecer.

Pero me consuela saber que la suya (lo sé), no fue sólo una chispa que un niño, desde la tierra, pueda confundir con una estrella fugaz.


3 thoughts on “Murió el último Profeta

  • el 24 enero, 2013 a las 5:09 pm
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    Después de eso ingirió lo que se quitó del kola loka y murio

  • el 9 julio, 2012 a las 4:37 pm
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    El “ultimo Profeta”??? eres TU…..mi amiga””….ahora cuando te escribo,”oigo” a “Kola Loka”,creo que son de Stgo de Cuba…Regueton,”hacen una mezcla”!…..
    El “profeta”?Cual??? CUBANO:::O DE OTRO PAIS??………….la cancion se titula “cuba se extrana”
    A veces,me “enfada” que me llamen “extranjero”……
    Saludos …a Isidro!!!….te “fuieste a China”?….te “fuiste lejos”??….abrazo!! de Berlin!!
    Hace 1 ano hago un “foto album”…….y sigo……..abrazos” a todos en HT!!!

  • el 5 julio, 2012 a las 9:02 am
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    Crónica para vestir de lujo a HT….¡sencillamente genial!

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