Maneras de formar al hombre nuevo

“En el primer grupo de compañeros que han ido a formar parte de las UMAP se incluyeron algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente”. -Raúl Castro Ruz

Por Alejandro Langape

Gráfico: elveraz.com

HAVANA TIMES – Tiene ochenta y un años y, parodiando a Herman Melville en su Moby Dick, podría comenzar mi entrevista con el Call him… René, llamémoslo René, que no es su nombre real, pero sí el de un amigo ya fallecido que vivió una experiencia aún más complicada que la del protagonista de mi interviu.

Conversamos en la sala de su casa (la que antes fue de los padres), con alguna que otra acotación de una de sus hermanas y las sombras del miedo revoloteando, haciendo que las respuestas casi siempre resulten demasiado escuetas y necesite preguntar varias veces para completar una idea, que me pidan que alguna frase no sea grabada, confirmando que, al cabo de tantos años, haber pasado por las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) es algo más que un mal recuerdo.

Pero qué fueron exactamente las UMAP, ¿acaso la versión cubana del Archipiélago GULAG soviético, como se empeñan en definirlas su más acérrimos detractores, o solo una variante algo más fuerte del Servicio Militar, destinada a “rescatar” a jóvenes descarriados, como afirman los que justifican su existencia? ¿Con qué fines se crearon y en qué momento perdieron el rumbo, si es que suponemos un loable objetivo inicial de regeneración social?

Antes de que mi entrevistado diga la primera palabra, el contexto, el cronotopo Cuba años sesenta. Un país en Revolución que se transforma a ritmo de vértigo. Jóvenes que van a alfabetizar, a recoger café a las lomas del Escambray o a la sierra Cristal.

Un país donde triunfa la literatura de la violencia revolucionaria por sobre cualquier otra estética, donde se impone ser hombres y se lucha contra los bitongos, donde la consigna es: los flojos respeten, los grandes adelante, y se concibe un ideal de hombre nuevo, un hombre duro para los años duros, ciento por ciento heterosexual, ateo convencido, altamente politizado. Un país en el que, dicho en palabras del escritor Senel Paz: “Lo íntimo pasó a un segundo y tercer plano”.

En 1968, la cineasta Sara Gómez estrena dos documentales que aún a día de hoy devienen testimonios reveladores de lo que por entonces ocurría: Una isla para Miguel y otra isla. Centrado en la historia del joven Miguel el primero, y más coral el segundo, ambos textos fílmicos cuentan las experiencias, de los años sesenta, de un grupo de jóvenes que han sido enviados a la antigua Isla de Pinos, lugar por entonces poco poblado y donde se pretendía desarrollar planes agropecuarios usando como fuerza de trabajo a muchachos provenientes de sectores marginales de la sociedad cubana, principalmente de La Habana.

Situaciones de pobreza y exclusión social, muchachos hijos de desafectos al proceso revolucionario, con orientaciones sexuales diferentes a lo por entonces considerado “normal”, creyentes e, incluso, un joven que ha sido expulsado de su beca en Checoslovaquia por negarse a cortar su pelo, desfilan en las imágenes de ambos documentales que también reflejan el modo de vida en esos “correccionales” que existieron de 1965 a 1967, imágenes que nos hablan de trabajo duro, pero también de distracciones, juegos, incluso un grupo de teatro aficionado y, lo más significativo, una labor de reeducación que parece seguir la estela del pedagogo ucraniano Antón Makarenko.

¿Pretendieron las UMAP ser una variante de esas granjas? Cabría pensar que sí. A fin de cuenta, el balance que dejan los testimonios vertidos en los documentales de Sara Gómez, cineasta siempre cercana a los grupos sociales que viven en las márgenes del proceso revolucionario, parece positivo.

Diríase que la reconducción de las vidas de esos jóvenes, su incorporación plena a la vorágine revolucionaria de los sesenta, abría espacio a la idea de ampliar esa experiencia a muchachos con algo más de edad, esos a los que correspondía su etapa de Servicio Militar Obligatorio.

Así, por la geografía de una provincia con alto potencial agropecuario: Camagüey,  extendería por la misma época las UMAP, aunque, desafortunadamente, en esas granjas émulas de las pineras, nadie por entonces recogió los testimonios[1].

Al triunfo de la Revolución, René superaba la veintena de años y tenía muy clara su orientación sexual: le gustaban los hombres. Trabajaba en un parque de diversiones propiedad de su tía; un parque con los típicos carruseles, estrella y demás divertimentos y que por entonces se encontraba en Mayarí.

Hasta entonces nada hacía presagiar bruscos cambios en una vida marcada por el sigilo y la discreción en sus esporádicos encuentros con compañeros sexuales, pero un día su madre le avisó que debía presentarse en su pueblo porque estaba citado para ser reclutado y pasar el Servicio Militar Obligatorio.

René cuenta que por entonces muchos dieron el esquinazo a la citación escondiéndose en casas de amigos o familiares, que él mismo lo hubiera hecho si llega a imaginar que… Cierto que en una sociedad marcadamente heteronormativa y machista, como la cubana de entonces, se notaba el rechazo a los homosexuales, la discriminación, el acoso, que los citaban mensualmente y les prohibían hacer esto o aquello, pero él no podía imaginar que los de la JUCEI le comunicaran que, por su preferencia sexual que lo convertía en un antisocial (estas palabras se las repitieron a la madre de René en muchas ocasiones), debería partir en breve a un sitio del que no ofrecieron más detalles (fue el primer llamado a las UMAP).

Todo ello sin mostrar documento alguno, reitera, sin explicaciones. Y partió junto a otros jóvenes de su pueblo en un camión, bajo un torrencial aguacero que los caló hasta los huesos antes de llegar a Santa Clara. Allí, custodiados por militares con armas largas, los subieron a vagones de ganado en un tren que era justo la otra cara del que describe en su sueño el niño protagonista de Un rey en el jardín.

Entre los que viajaban allí, amén de los conocidos de su pueblo y otros cercanos, recuerda que había homosexuales y heterosexuales, católicos, testigos de Jehová, hijos de gente acomodada e, incluso, el luego reconocido realizador de nuestros medios audiovisuales Armando Suárez del Villar[2]. Ninguno de ellos sabía a ciencia cierta cuál sería el destino de aquel tren.

Finalmente llegaron al campamento en Guano, cerca del central Senado. Tres barracas, un baño con cinco letrinas rústicas y un extraño local mezcla de ambas cosas destinado a los Testigos de Jehová. Alrededor, una alambrada de unos cinco metros de alto y en la puerta guardias con armas largas. Él y sus compañeros estaban definitivamente presos[3] sin juicio, causa procesal, posibilidad de apelación, esperanzas.

Les dieron un par de botas, pantalón verde, una camisa de mezclilla azul, un calzoncillo también verde y similar a los modernos bóxers y una hamaca que debían colgar en las noches para dormir.

La ropa de calle permaneció empaquetada en cajas y maletas de palo, a la espera de algún día traspasar la alambrada. No había médico, teléfono, electricidad, agua corriente. Se cocinaba con leña y había que respetar los horarios establecidos y estar al tanto de las requisas continuas.

A las cinco de la mañana la campana daba el de pie y había que apresurarse a descolgar la hamaca, tenderla, asearte (si por suerte habías llevado pasta y cepillo podías lavarte la boca) y, tras desayunar con premura, tocaba ir al campo, ya fuese a cortar caña, chapear marabú u otras tareas  agrícolas siempre duras, con una norma de obligatorio cumplimiento que a alguno se le hacía muy cuesta arriba, pero que al final de la jornada alcanzaba gracias a la solidaridad de los compañeros.

La Revolución es cosa de hombres, les recordaban constantemente los militares y que los hombres débiles tenían que matarse o largarse del país. La palabra maricón los perseguía cual la escarapela rosa que los nazis cosieron en los uniformes de los gais recluidos en campos de concentración.

Pero seguramente lo peor no era el trabajo fuerte o los insultos; el no tener un porrón con agua fresca para mitigar la sed; el bañarse de siete en siete y en calzoncillos bajo la atenta mirada de los guardias que los apresuraban a que se acabaran de echar el agua encima con una lata (un guardia a la puerta de entrada, otro a la salida); el tener que quitarte en la barraca el único calzoncillo y tenderlo al sol mientras te quedabas en pantalones y sin ropa interior; el secarte con una especie de paño blanco si no habías tenido la precaución de traerte una toalla de casa; el que tu única muda de ropa estuviese maloliente, sucia, tus botas rotas; las noches largas y apenas iluminadas por el resplandor de las chismosas y en las que campeaban por su respeto los mosquitos.

Lo peor era la incomunicación con tus familiares (cero correspondencia hasta el primer pase que llegó a los cinco meses), con tus propios compañeros de infortunio. Tenías que estar solo, moverte solo, zambullirte solo en tu subconsciente. Si los soldados te veían conversando demasiado con algún compañero llegaba el regaño, la amenaza de las armas largas, de una corte militar.

Por suerte nunca te golpearon, nunca hallaron nada comprometedor en tu caja de madera, nunca fuiste a corte. Gracias a Dios, ese en el que seguías creyendo a escondidas, pese a los gritos de los guardias que al escuchar algún si Dios quiere les recordaban a los ciento veinte antisociales del campamento que Dios no existe, coño de su madre, que existían ellos, los que ahora mandaban, que se quitaran ya de la cabeza esa mierda de Dios.

Pero aun así creían, como también lo hacían los Testigos de Jehová, esos a los que a escondidas de los guardias llevabas un poco de comida, sabedor de que sus raciones eran aún más magras, de que el odio de los soldados hacia ellos era mayor.

Por suerte, apareció aquel haitiano que te vendió los libros: primero Los miserables, de Víctor Hugo, y luego Las impuras, de Miguel de Carrión. Leías en las noches, fuera de la barraca, aprovechando la escasa luz de un día que se iba igual que el anterior.

A lo mejor le debes la vida a esos libros; puede que gracias a ellos te mantuvieras sereno y no fueras uno de los tantos que intentó suicidarse (escapar era un sueño imposible); o puede ser que el político, a quién conocías de tu trabajo en el parque de diversiones, de alguna manera te protegiese.

Aun en el momento en que pensaste que esta sería tu vida para siempre y creíste desfallecer, algo te impulsó a seguir, a negarte a cobrar aquellos siete pesos que constituían toda la paga y que les entregaban después de la faena en el campo y tras firmar un documento.

Sabes que para otros fue aún peor, que en otras unidades por cualquier nimiedad los encerraban tres o cuatro días sin alimentos. Sabes que a tu amigo, el verdadero René, se lo llevaron a una unidad diez días después de haber sido operado de apendicitis, que no les importó que hubiese ido a alfabetizar o a recoger café al Escambray, que tras llegar a la unidad rompieron su certificado médico y lo obligaron a marchar al campo.

Sabes que a tu amigo René le amargaron la vida, que ya nunca fue el mismo, aunque siguiera siendo una buena persona, que física y mentalmente le costó recuperarse, que tal vez no lo consiguió del todo, que es terriblemente injusto que por dos años fuera simplemente otro maricón que necesitaba ser cambiado.

De la UMAP no trajiste recuerdos físicos, te deshiciste de la caja de madera, devolviste los libros al haitiano al que también, a veces, a escondidas tras los baños, le comprabas unos dulces para matar el hambre.

Pero en tu mente siguen las imágenes de los campos, del amigo negro que te ayudaba a terminar los surcos, de la pipa de agua caliente de la que bebían al mediodía, de los guardias conversando con los tractoristas y ustedes mirando en la distancia como parias.

Recuerdas ese primer pase un día 21 de diciembre y los diez días en tu casa y el marcharte antes de las fiestas de fin de año. Recuerdas la promesa del político, quien a tu regreso te aseguró que pronto saldrías por tu edad (ya frisabas los treinta).

Recuerdas las primeras visitas de tu familia en enero, al señor de casi sesenta años que apenas si podía limpiar aquellas barracas y que nunca supiste qué causas y azares lo condujeron allí.

Gráfico: gabitos.com

Recuerdas a aquel teniente que disfrutaba humillándolos, que el resto de los guardias parecía solo obedecer órdenes como dóciles borregos, que uno de ellos llegó a afirmar que era igual que ustedes y supusiste que no estaban allí por voluntad propia, que custodiarte podía ser para ellos una especie de castigo.

Recuerdas los de pie a la una de la madrugada y saltar de la hamaca y mantenerte firme en calzoncillos, sin poder espantar a los mosquitos que saciaban en todo tu cuerpo su sed de sangre y pedías a Dios que esta vez lo que tuvieran que comunicar fuese breve.

Y recuerdas especialmente al muchacho que era un as con los pinceles, pero que desfallecía en el surco y a quien finalmente se llevaron a pintar por ahí; al otro chico, de buen ver, al que un oficial llamaba constantemente y sacaba del campamento en su jeep y…los demás imaginaban historias que desmoronaban el mito del hombre nuevo.

Finalmente saliste de Guano sin despedirte y nunca supiste nada de la mayoría de los que acompañaron esos meses. Te montaron en un camión con el pasaje hasta tu pueblo y las UMAP desaparecieron de tu vida.

Volviste a tu trabajo de antes hasta que intervinieron el parque de diversiones y regresaste a tu pueblo. Tu madre había fallecido un año después de tu salida de la UMAP. Según tu hermana, aquellos meses sin noticias tuyas acabaron con ella.

Trabajaste en distintas dependencias de la Administración Pública y terminaste siendo el fotógrafo del pueblo, retratando niños en el local estatal ubicado justo al lado de tu casa. Nunca te creíste culpable, merecedor de lo que llamas una enorme injusticia. En tu fuero interno estás convencido de que aquello fue una mala idea de alguien y sabes que los que te llamaron antisocial, al poco tiempo fueron detenidos por robar.

Te pregunto qué harías si pudieses regresar el tiempo y vivieras de nuevo el momento en que tu madre te habla de la citación. Me respondes que te irías del país, que algunos lo hicieron durante el pase y te pregunto que por qué no lo hiciste después. Porque soy muy cubano, me dices.

Me parece un contrasentido, pero para alguien que ha vivido lo que tú, podría comprenderse. Una y otra vez confirmas que nunca tuviste ningún problema, que en tu pueblo también consideraron aquello una injusticia, que siempre fuiste una persona correcta, con un comportamiento social adecuado, pero que nunca hubieras renunciado a ser homosexual.

Y es que eres un tipo chapado a la antigua, que no cree en el matrimonio igualitario y se opone a la práctica del travestismo en las calles. Eso sí, insistes en que el mundo entero, hasta la reina Isabel de Inglaterra se opuso a lo que ocurrió con ustedes y, aunque creas que no vale la pena recordarlo, escarbar en las viejas heridas, de algún modo eres consciente de que el odio que despertaron en ti aquellos meses no te convirtió en un hombre mejor.

Y esta es la historia de René, una historia pequeñita que, como la de sus compañeros, ha sido escamoteada en los libros de texto que enseñan la historia en mayúsculas en nuestras escuelas.

Un René que siguió siendo gay, que cree no haber sido de los peor tratados, que se acoge al pasar página y que, con sus ochenta y un años, sigue convencido de que una mano oscura, quizá la de un homosexual reprimido, lo llevó a ese lugar del que solo trajo (y ya es pesada carga) recuerdos que nunca se borrarán de su mente.   

—–

[1] En 1983 el documental Conducta impropia de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal tocaría este tema.

[2] Otras personalidades del mundo de la cultura como el poeta José Mario Rodríguez, cofundador de Ediciones El Puente, también fueron enviados a las UMAP por su homosexualidad.

[3] El gobierno de Estados Unidos considera presos políticos a los cubanos que por una u otra razón estuvieron en las UMAP.

 

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