Los insultos de los nuevos colonizadores de Nicaragua

La vicepresidenta Rosario Murillo. Foto del sitio oficial 19digital.

Rosario Murillo y Daniel Ortega no cesan de avergonzarnos ante el mundo con sus rabietas públicas de colonizadores criollos.

Por Gioconda Belli (Confidencial)

HAVANA TIMES – Como nicaragüense, no puedo callar ante los desplantes de la actual vicepresidenta de mi país, Rosario Murillo ante España, país que ha sido por muchos años solidario y amigo de Nicaragua en las buenas y en las malas.

Ciertamente que los colonizadores españoles fueron crueles y sanguinarios, como lo fueron los colonizadores belgas, alemanes, ingleses, franceses y de otros países asiáticos. Europa pagó en la I y II Guerra Mundial y otras luchas de independencia, un alto precio por sus aventuras coloniales y su expansionismo imperial. Sus mismas batallas los llevaron a la conclusión de que la democracia y los derechos humanos debían ser condiciones esenciales de la paz y la existencia civilizada de las naciones. Europa ha logrado avances muy significativos en esa dirección.

De manera que la pretensión de que sus naciones estén inhabilitados para hacer demandas y críticas a gobiernos que en el presente fallan y desdicen de su condición de gobernantes, surge de una visión que sólo pretende levantar una cortina de humo demagógica para ocultar sus arbitrariedades.

Si alguna herencia nefasta nos dejó la colonia, fue precisamente el caudillismo, la fe en el “soberano” u “hombre fuerte” como jefe inefable e infalible, al que se le debe obediencia, lealtad y admiración. Esta herencia, también recibida de los sistemas pre-coloniales de caciques y tlatoanis todopoderosos, es una que ha asolado América Latina desde la Independencia de España.

Los pueblos hemos sufrido dictadores y salvajismos modernos nacionales que bien se comparan con los de la colonia. Centroamérica, en el próximo bicentenario, sólo tendrá un país que pueda celebrar auténticamente la Independencia; ese país es Costa Rica. Los demás no hemos cesado de ser azotados por malos gobiernos o por intentos de cambio que han sido frustrados por los mismos que intentaron llevarlos a cabo.

La señora Murillo le enrostra a España sus problemas internos, como si éstos la descalificaran para implorar e intentar incidir en el bienestar de un país con el que ha tenido vínculos culturales profundos desde Rubén Darío hasta nuestros días. España no está interfiriendo; está abogando por la democracia y los Derechos Humanos, dos valores supranacionales en la comunidad de naciones.

Es interesante que la señora Murillo enumere problemas de la política española, que ella lee como mejor le parece y califica con su acostumbrada retórica de acumulación caótica de adjetivos e insultos. Si cree conocer los problemas de España es porque sus ciudadanos tienen libertad para expresarse y sus periodistas son agentes activos en su tarea de supervisar y cuestionar el poder desde la llanura.

España tiene una ciudadanía organizada en partidos que se disputan y critican entre ellos en defensa de sus programas e intereses, muchas veces contrarios. España respeta el derecho de los españoles a disentir, a participar en política y los problemas con Cataluña, que son complejos para los mismos españoles, no se pueden juzgar de forma maniquea. Y si el gobierno falla debe, o enmendar sus fallas o someterse al juicio de su parlamento o a los votos de sus ciudadanos; votos contados por poderes independientes en procesos transparentes y supervisados. El proceso social español es dinámico y en él se manifiestan todas las tendencias y voces. Esa es su virtud.

La señora Murillo podría achacarle a cualquier país del mundo su pasado o su presente, pero no puede arrogarse el estatus de país soberano, porque en Nicaragua ella y su marido, se han encargado de que volvamos a ser una colonia donde ambos actúan como reyes, dueños de las vidas y destinos de los nicaragüenses, por encima de la propia Constitución, las leyes y hasta las normas de respeto a los Derechos Humanos del país. Nicaragua es firmante de tratados y compromisos que la obligan a someterse a reglas de convivencia pacífica aceptadas en la comunidad de naciones. Es sobre esto que se les está llamando a responder.

Rosario Murillo y Daniel Ortega no cesan de avergonzarnos ante el mundo con su comportamiento de adolescentes y sus rabietas públicas.

No me equivoco al decir que la mayoría de nicaragüenses no suscribimos esos altisonantes e insultantes comunicados “oficiales” de una Nicaragua que, para el pueblo del que emana la soberanía, ha dejado de ser soberana, y sufre bajo estos colonizadores criollos.

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