Las torturas, el suplicio y la nueva barbarie

Haroldo Dilla Alfonso

Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 11 mayo — Voy a comenzar afirmando claramente —aunque eso me gane muchos epítetos poco cariñosos— que la muerte de Osama bin Laden fue un acto típico de guerra sucia y así parecen reclamarlo con absoluta impudicia tanto el presidente Barack Obama como su allegado Leon Panetta.

Obviamente, no se trata de que eso que se ha denominado guerra sucia —y que alude a acciones bélicas contra personas diferentes de “los soldados que pueden matar”— sea un producto de la actual Administración.

Ha sido una práctica común en casi todos los proyectos de contrainsurgencia e insurgencia, como si la guerra contemporánea tuviera dificultades mayores para ajustarse a las normas civilizatorias que ella misma se dio. Como si los valores humanistas y universalistas de lo mejor de nuestra tradición occidental cedieran espacio vital a la barbarie egocéntrica.

Y como si en nombre de la guerra contra el terrorismo estuviésemos abocados al peor de los terrores: la aceptación de la tortura y el suplicio como ingredientes legítimos de la acción de los gobiernos y de grupos irregulares de contrapoder para conseguir “fines superiores.” sean estos el jardín de las delicias, el comunismo o la democracia.

Primero se acepta como bueno y válido que la información obtenida para llegar a Osama bin Laden fue captada en largos “interrogatorios coercitivos” (cito a Panetta) que afectaron a decenas de prisioneros musulmanes en Guantánamo. Uno de ellos fue sometido 183 veces a ahogamientos simulados, técnica que un desenfadado congresista denominó “un imperativo moral para salvar vidas.” O sea, se legitima la tortura como medio para obtener información bajo normas de economía del castigo.

Luego se revalida la ejecución extrajudicial de Osama bin Laden como un acto legal y moral irreprochable. Como si la condición (bien ganada) de alimaña criminal de Bin Laden justifique su asesinato.

Como es usual en estos casos hubo todo tipo de corcoveo antes de aceptar la ejecución. Primero Osama parecía disparando. Pero luego cambió la versión hacia un hombre desarmado pero muy amenazante y finalmente aparecía como portador potencial de un fusil. Es decir que un hombre sin armas resultaba un peligro tal para los super-entrenados chicos Seals de la Marina que estos optaron por acribillarlo a balazos.

Luego, el drama del cadáver, hundido en alguna fosa profunda del Índico tras un piadoso ritual religioso que a nadie interesa. Todo el tiempo fue llamado Gerónimo, una irreverencia grosera que hacía alusión al líder apache que fines del siglo XIX combatió a los ejércitos americano y mexicano en defensa de los intereses de su nación indígena.

Foto: Caridad

El asesinato de Bin Laden-Gerónimo fue una suerte de suplicio, entendido, siguiendo a Foucault, como un ceremonial que tiene por objeto reconstituir la soberanía por un instante ultrajada y hacerlo así saber a todos los interesados. En este caso al mundo. Y como suplicio al fin y al cabo, no restituye la justicia: solo reactiva el poder.

En lo personal, creo que un mundo sin Bin Laden hubiese sido mejor, pero no de cualquier manera. También pienso que el mundo fue mejor sin un sátrapa como Noriega, pero no al costo de un millar de panameños muertos y barrios enteros calcinados. También Sadam Husein estaba de más, pero el expediente de una guerra justificada en mentiras que llevó la muerte a cientos de miles de iraquíes y continuó la tortura en el país, coloca a los invasores al mismo nivel de depresión moral que al régimen depuesto.

Y como que los invasores no son una tribu belicosa de Samoa, sino la potencia dominante a nivel mundial, cada uno de estos “malos pasos” se convierte en una cruzada informativa que nos quiere hacer creer que estas cuotas de barbarie son imprescindibles (y hasta convenientes) para consagrar la civilización.

Desde Cuba

Cuando este asunto se mezcla con la situación cubana todo se enrarece. Como es de suponer, el Gobierno cubano ha sido sumamente parco respecto al asunto.

Si descontamos a las oficiosas reflexiones de Fidel Castro, no se han producido pronunciamientos oficiales, lo cual está determinado por lo delicado del tema y porque al fin y al cabo el asunto de las ejecuciones de personas sin garantías legales mínimas no son extrañas al quehacer gubernamental, como sucedió en 2003 con los tres jóvenes negros que secuestraron una lancha.

Un hecho sin lugar a dudas más inhumano que la ejecución de Osama, y por el cual el Gobierno cubano nunca se ha disculpado.

Pero el hecho de que el Gobierno cubano y Fidel Castro carezcan de estatura moral para condenar lo sucedido, no implica que el hecho no deba ser condenado. La situación cubana es solo una parte muy pequeña de la realidad mundial, de la misma manera que su coyuntura actual, o sus últimos cincuenta años, son segmentos discretos de su historia y su porvenir.

Se trata de pensar a Cuba para el largo plazo. Y si lo hacemos, creo muy conveniente rechazar situaciones como la ocurrida en Abbottabad, y otras similares que parecen marcar al siglo XXI con el sello de la intolerancia, la ilegalidad y la inmoralidad. Es inevitable, si en realidad queremos que esa República del futuro sea un mundo mejor.

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