Las ciencias sociales y el rostro cubano para el modelo chino

Haroldo Dilla Alfonso*

HAVANA TIMES, 6 dic — En estos días he leído más que de costumbre sobre las ciencias sociales en Cuba. A los excelentes artículos de Marlene Azor en Cubaencuentro añado varios artículos publicados en la prensa de la Isla en torno a una conferencia nacional sobre las ciencias sociales y humanísticas en Santa Clara, en la que se dio cita la creme de la creme de la burocracia que rige el ramo.

Algunos de ellos hablaron a la prensa y dieron sus opiniones sobre cómo ven el presente y como imaginan el futuro de las ciencias sociales en la Isla. Centraré mi argumentación sobre las declaraciones públicas de estos burócratas.

En consonancia con el actual proceso de transición, la burocracia que rige la academia cubana está intentando actualizar la fatal subordinación de las ciencias sociales a los imperativos del poder, obviamente, en detrimento de un pensamiento social que solo puede florecer en un marco de libertad, pluralidad, debate y en sinergia con la opinión pública.

E intenta hacerlo ensayando fórmulas corporativas, fijando temas y estableciendo prioridades de manera unilateral. Siempre en consonancia con el mediocre mandato del VI Congreso del PCC: “trabajar especialmente en la conceptualización de los fundamentos teóricos del modelo económico cubano.”

Los científicos sociales cubanos han sido (quizás debiera decir: hemos sido) una subespecie humana poco recompensada por el destino. Nunca han conocido siquiera la acogotada primavera que han disfrutado los literatos y los artistas de la mano del frívolo ministro de cultura cubano. Han sufrido un eterno “quinquenio gris.”

Algo pudieron hacer entre 1986 y 1996, cuando la crisis anonadó tanto a los dirigentes cubanos que se produjo una suerte de tolerancia por ausencia de políticas.

Pero apenas la economía detuvo su caída vertical —aun cuando lo haya hecho en el peor agujero de la vida nacional— comenzó la represión macartista que culminó en el caso CEA pero que afectó a todos los sectores del pensamiento social. Cada cual fue enviado de vuelta a su corral a jurar fidelidad eterna a la obra revolucionaria y su arquitecto.

Tampoco han tenido un refugio medianamente seguro, privilegios incluidos, como la UNEAC. Solo algunos elegidos, muy pocos. Quizás porque los artistas y escritores de ficción no están obligados a demostrar nada, sino solo a mostrar, por lo que reprimirlos puede ser más costoso que tolerarles, teniendo además en cuenta que pertenecen a un gremio que sabe dejarse oír.

Mientras que los científicos sociales, que carecen de padrinos internacionales, andan obligados por el oficio a demostrar lo que afirman y eventualmente a proponer alternativas. Las obras que han estremecido los resortes del poder político —el meollo del asunto— han sido El Contrato Social, El Camino a la Servidumbre y El Capital, no poemas, novelas o cuentos cortos. Y por eso los científicos sociales reprimidos son menos costosos que tolerados.

Obviamente, con ello no pretendo disminuir un ápice el valor transformativo de una obra de arte o literaria. Mucho menos el probable valor personal de los poetas: José Martí, Lord Byron, Víctor Jara y Roque Dalton lo fueron.

 

Solo recalco que su impacto opera a más largo plazo de lo que un científico social puede esperar y de lo que a un político le puede importar. Y con un lenguaje que usualmente escapa de las estrechas capacidades interpretativas de los funcionarios licantrópicos del departamento ideológico del partido comunista.

Esta situación empobrece brutalmente la producción científica social.

A pesar de que Cuba posee un vasto sistema académico e investigativo, lo que se produce es poco y, salvo excepciones, poco estimulante.

No porque no existan cerebros brillantes y con formaciones teóricas sorprendentes. No porque el país carezca de jóvenes investigadores deseosos de participar en un debate más allá de las tertulias controladas de la revista Temas, y con capacidades para hacerlo.

Sino porque lo que el sistema ha pedido usualmente de ellos es la legitimación de las políticas en curso (a ello se ha llamado partidismo) con umbrales críticos muy discretos y puntuales.

Y porque ese mismo sistema ha tenido especial cuidado en prevenir la relación directa de los científicos sociales con la sociedad —ello es parte de la fragmentación a que he aludido en otros escritos— de manera que la producción de los científicos sociales raras veces pasa a alimentar lo que pudiéramos denominar una opinión pública.

Ello explica que muchos científicos sociales hayan tenido que tomar el camino del exilio, y realizar vigorosas carreras en universidades extranjeras que para ellos, ya definitivamente, han dejado de serlas. Así como que muchos pensadores cubanos que engalanarían la academia en cualquier lugar del mundo, tienen que soportar un retiro en la oscuridad, o hacer sus vidas en otras faenas para sobrevivir al período especial que nunca acaba y a la mediocridad política tras la llamada actualización.

Todo ello al mismo tiempo que la academia oficial se hace representar por rumiantes ideológicos que en otros contextos no hubieran pasado de ser cronistas sociales provincianos.

Y es en este contexto cuando se produce la actualización raulista y se comienza a reclamar un nuevo lugar para las ciencias sociales. Llama la atención al respecto la entrevista a una viceministra del ramo, publicada en Granma el 26 de noviembre de 2011 y la reseña que hace el periódico villaclareño Vanguardia de la mencionada conferencia nacional dos días antes.

En esta última, el periódico local se explaya en lo dicho por varios funcionarios, y la coincidencia de ellos en el “compromiso de los investigadores sociales de cumplir lo aprobado en el VI Congreso del Partido.”

Uno de los funcionarios más citados fue Miguel Limia, un filósofo de sólida cultura brezneviana, que ha realizado una sudorosa carrera como burócrata de las ciencias sociales. Y lo ha hecho escudado en una retórica ininteligible que le ha servido para todos los fines y en una pertinaz aptitud adaptativa que le ha permitido desviarse junto con las líneas oficiales sin remordimientos.

El funcionario es miembro de un Grupo Central para la Implementación de los Lineamientos del VI Congreso (entelequia cuya existencia desconocía), y por tanto se puede asumir que lo que hace es repetir lo que ha escuchado más arriba, agregándole algunos tecnicismos barrocos.

Según Limia, la cuestión reside en brindarle a los “tomadores de decisiones un mejor servicio,” como pudiera hacerlo una tintorería o una cafetería. Y agrega incluir en el quehacer académico una mirada al sector empresarial. “La ciencia, dice el funcionario, tiene que ganar en sostenibilidad ella misma, porque debe tener una vocación mucho mayor… hacia el sector empresarial… a fin de tributar a él y buscar los recursos de ese sector.”

Y ciertamente no hay nada particularmente grave en lo que se dice. Incluso diría que tratándose de un revellín del marxismo leninismo formado en Moscú, luce bastante innovador. Lo que dice es cierto: en todos los lugares del mundo las ciencias sociales establecen alianzas con el sector empresarial y con los gobiernos, y reciben pago de ellos a cambio de diagnósticos y pronósticos. Es el perfil corporativo de las ciencias sociales.

Pero lo que el funcionario no logra distinguir es la diferencia entre vender un producto científicamente avalado y vender el alma al diablo. Y no creo que exista otra opción diferente a esta “vocación empresarial” que reclama el funcionario en el marco de un “compromiso” castrante con una “estrategia nacional” que, de existir, solo es conocida por una élite política autoritaria.

Reclamar el compromiso de los científicos sociales con lo que finalmente desconocen es abusivo e inmoral.

Exigirles que limiten su pensamiento al marco corporativo de producir pronósticos y diagnósticos “científicamente fundamentados” es privar a la academia y a la sociedad cubana en general del debate pluralista que debe estar en el centro de la producción científica social, aun cuando no sea así como lo han imaginado los burócratas del Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente.

Las ciencias sociales no pueden reducirse al afán corporativo de los funcionarios cubanos. Hay, por encima de todo, un compromiso con la verdad, o mejor dicho, con las verdades. Y lo que es aún más importante, hay un destinatario constituido por las propias comunidades académicas y por las sociedades que les arropan.

Las ciencias sociales persiguen elaboraciones propias, y que pueden ser (y en muchos casos deben ser) diferentes a lo que requieren los mundos gubernamental y empresarial. Y sobre todo, deben aportar, en un marco de libertad, sus propuestas en debates nacionales que en Cuba no existen.

No puede haber temas prohibidos o no priorizados. Asuntos como la democracia y la participación, la autonomía social, los sistemas políticos de representación, el pluralismo político, la libertad, etc. son todos tan vitales como el funcionamiento económico. Pero nadie, ni gobierno ni empresas, pagarían por estos estudios que retarían inevitablemente los supuestos en que se apoya el régimen político cubano.

Sin libertad, la producción científico social deviene ideología barata. Incluso en áreas alejadas de la contemporaneidad como es el caso de la historia, se necesita un espacio libre de creación y debate. No es casual que lo mejor de la producción historiográfica en la Isla en la segunda mitad del siglo XX se haya producido en el interregno revolucionario de los 60. Pienso, por ejemplo, en El Ingenio de Moreno Fraginals y en Ideología Mambisa de Jorge Ibarra.

Y que aunque existen buenas obras posteriores, ninguna ha producido la eclosión interpretativa de las primeras.

Pero estas cosas son demasiado sofisticadas para los fatuos burócratas de las ciencias sociales y sus jefes. El horizonte de comprensión de las ciencias sociales por parte de los promotores de la actualización está ubicado al nivel de cómo lo percibía la Viceministra, siempre según Granma, “propiciar un efecto positivo en la economía.” Dice la Viceministra que para darle un “rostro cubano al socialismo.”

En lo primero tiene razón. En lo segundo, creo que de lo que habla la elocuente Viceministra es de buscarle un rostro cubano al modelo chino. El paraíso anhelado del general/presidente, sus tecnócratas y militares, en sus procesos de metamorfosis burguesas.

Publicado originalmente en Cubaencuentro.

One thought on “Las ciencias sociales y el rostro cubano para el modelo chino

  • Todos los que hemos pasado por las ciencias sociales cubanas sabemnos quien es Miguel David Limia, un personaje de muy baja estirpe moral y oportunista. Su obra academica es nula.

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