La pequeña cuota de poder

Yusimi Rodriguez

Desde la Plaza de la Revolución. Foto: Stephen Morgan

HAVANA TIMES, 6 oct. — Yo pensaba dejar el asunto del poder tranquilo, al menos por un rato, aunque últimamente siento que todo tiene que ver con el poder.  Pero de lo que yo pretendía escribir hoy es del “Último Jueves de Temas,” el espacio que tiene lugar en la sala Fresa y Chocolate  de nuestra capital, y que este 30 de septiembre estuvo dedicado al Período Especial, una etapa que muchos cubanos no sabemos si ya terminó.  Desgraciadamente, me toca escribir sobre otra cosa

Llegué a Fresa y Chocolate corriendo a las 4:00 pm., hora en que comienza “Último Jueves.”  Vi la puerta cerrada y pensé que había sido suspendido; le pregunté a un hombre que estaba en la puerta con un walkie talkie, si no se iba a llevar a cabo el debate.  Me dijo que sí, pero que ya estaba cerrado por falta de capacidad.  Le dije que yo podía verlo de pie o sentada en el piso, que era mi cumpleaños y que había dejado de hacer otras cosas para ir a Último Jueves.

Era cierto, el día 30 de septiembre cumplí 34 años.  El hombre me dijo que no podía entrar.  Insistí.  Fueron llegando otras personas y todos insistimos en lo mismo, estábamos dispuestos a verlo de pie.  Todavía no sé por qué no desistí, en realidad era humillante pedirle a ese hombre que nos dejara entrar a un espacio con entrada libre, promovido por la televisión, y que no se molestara en mirarnos, o se sentara adentro y nos dejara allí parados como si fuéramos perros.  Sólo se dignaba a regresar a la puerta para abrirle a algún trabajador del lugar o dejar salir a alguien que ya estaba dentro.

La mejor parte, o una de las mejores, fue cuando apareció el director de una institución cultural, también con intenciones de entrar al debate.  Me imaginé que siendo quién era le iban a permitir la entrada, y ya estaba preparándome para escribir sobre los privilegios que tienen algunos en el país por algún determinado cargo.  Pero a él tampoco lo dejaron entrar, a pesar de que dijo haber sido invitado al debate por correo electrónico (como muchos de los que estaban allí).

Foto de mural por Marco Petrovic

El individuo no se molestó en darle una explicación y le dio la espalda como al resto.  El funcionario de cultura le dijo que él no sabía con quién estaba hablando.  Pensé que iba a decirle “Yo soy el director de…,” pero no lo hizo.  Utilizó el argumento de que es un escritor de este país, eso debía parecerle suficiente, al menos para hacerse respetar.

No me gustan los funcionarios.  En otras circunstancias ese director de una institución cultural hubiera representado para mí el poder; estoy segura de que en otras circunstancias él se siente representante de algún poder, un personaje con determinados privilegios, que se reúne con nuestro Ministro de Cultura y viaja al extranjero en alguna ocasión.  Esa era mi idea.  Ahora lo estaban tratando como a un saco de papas más o menos, y el hombre lucía perplejo.

Welcome to reality, my friend.

Los demás estábamos más o menos calmados y hasta hacíamos chistes con la situación, tal vez porque nos acostumbramos hace mucho tiempo, precisamente durante ese Período Especial que en el que transcurrió buena parte de mi adolescencia y mi vida adulta, a escuchar: “No puedes entrar aquí,” y no esperar explicaciones, no pensar que nos debían explicaciones.

Pero el escritor-funcionario se sintió demasiado ultrajado y empujó la puerta.  Pensé que llegarían a la confrontación física.  En ese momento apareció alguien que finalmente le explicó al individuo con quién estaba tratando (o sea, a quién estaba maltratando), pero el hombre dijo que aunque finalmente dejaran entrar a los que estábamos en la puerta, a ese (el funcionario escritor) él no lo iba a dejar entrar.  Por si a alguien no le había quedado claro, no eran los organizadores de “Último Jueves” los que tenían el poder de decidir quién entraba, sino él.

Como yo no soy ni escritora conocida, con algún librito publicado, ni funcionaria de cultura, le pedí de favor a aquel individuo, que por favor (dije por favor como tres veces seguidas) averiguara adentro con los organizadores si había alguna posibilidad de que, por favor, nos dejaran entrar a sentarnos en el suelo o permanecer de pie porque nos interesaba mucho el tema que se estaba debatiendo.  El hombre me dijo que iba a tratar y volvió a la parte de adentro.  Quise pensar de verdad que iba a ocuparse de hacer la gestión.

Refrescando. Foto: Jean Serge Dias de Sousa

Lo mejor de estas cosas es la solidaridad que surge, los chistes, las cosas de las que te enteras.  Resulta que ese mismo individuo estaba siempre en la puerta cuando se llevaba a cabo el espacio Último Jueves, y en otras ocasiones ha impedido la entrada de algunas personas, diciéndoles que no había espacio adentro.  Después ellos se han enterado de que es mentira.

Lo interesante es que ya se han formulado quejas sobre su forma de tratar al público.  Alguien supo que tiene incluso un acta de advertencia por amenaza.  Sin embargo lo mantienen ahí.  ¿O será precisamente su actitud con el público lo que lo convierte en la persona idónea para estar en la puerta?

Cuando regresó, le pregunté si había alguna respuesta por parte de los organizadores.  Nunca me respondió.  Le repetí la pregunta en todas las ocasiones en que a abrirles la puerta a personas que abandonaron el salón del debate.  Por una de ellas supe que el espacio no estaba tan lleno.  Ella había salido porque no entiende suficiente español para seguir lo que estaba sucediendo adentro.

Se cae el argumento

Entonces se nos ocurrió decirle al hombre que si habían salido algunas personas de las que estaban dentro, ya debía haber espacio para que unos cuantos entráramos.  No hubo respuesta.  Le pregunté cuál era el argumento ahora para no dejarnos entrar.  Cuando ya no le quedaba más remedio que responderme me miró y dijo “No sé cuál es el argumento.”

Sombra poderosa. Foto: por Liset Cruz

Aún cuando ya no teníamos esperanza de entrar permanecimos allí, para mí de pronto era más interesante lo que estaba sucediendo allí afuera que el debate sobre el Periodo Especial.  Pero continuamos insistiendo, claro, creo que por inercia.  Habían pasado las cinco de la tarde cuando el compañero guardián vino nuevamente a la puerta e increíblemente la abrió.  Yo había sido la primera del grupo en llegar, así es que me pareció lógico entrar primero.  Ingenua que soy.  La única razón por la que tuve la suerte de ver lo que quedaba del debate sobre el Período Especial, es que soy mujer.  Lo supe cuando salí.  El guardián nos había dejado entrar porque éramos mujeres y llevábamos mucho rato afuera, de pie.

Qué bueno que sólo tuvo que transcurrir una hora y diez minutos para que se diera cuenta de que éramos mujeres.  Había hombres allí que llegaron antes que algunas hembras, pero eran varones; no les tocaba ver ni participar en el debate.

De todas formas se quedaron hasta el final y escucharon al compañero guardián hablar por su walkie talkie sobre una brigada de apoyo que estaba lista para intervenir en caso de que los que estábamos intentando entrar al debate creáramos algún tipo de dificultad.  Quiero creer que oyeron mal; dadas las circunstancias, es posible que sus niveles de adrenalina y paranoia se hayan disparado.  ¿Qué necesidad podía existir de una brigada de apoyo, cuando todos los que estábamos allí éramos estudiantes y trabajadores (con empleo hasta el momento), que no habíamos agredido ni amenazado con agredir físicamente a nadie?

Cuando este tipo de actividad termina es como cuando una sale del cine; la gente no se marcha enseguida, hay que intercambiar saludos, debatir (más) sobre lo que se dijo adentro; además los que estuvimos afuera teníamos que compartir nuestra experiencia.  Mis amigos varones me llamaron traidora por haber aceptado prebendas y haber entrado en el último momento, en broma, claro.  Los cubanos tenemos la virtud de bromear con todo.  El guardián nos pasó por al lado y se alejó.  Se había terminado su cuota de poder del día; no nos veríamos más las caras hasta el próximo “Último Jueves.”

Eso pensábamos, pero el hombre dio media vuelta de pronto y vino directamente hacia uno de los que permaneció afuera todo el tiempo, precisamente el hermano de una de las personas que integraban el panel de especialistas que tomó parte en el debate, aunque en ningún momento utilizó ese argumento para entrar.  “¿Qué te pasa a ti?  Ya no estoy trabajando, así es que tú me dices si quieres ir para la esquina a resolver el problema.”  Esas fueron las palabras del guardián mientras empujaba a nuestro compañero por el hombro.  El no le devolvió la agresión.  Otro muchacho cuestionó al individuo por su actitud agresiva y discutieron a solo unos centímetros de mí.  Y yo no sabía si irme, pedirles que se calmaran, o esperar.  No hubo golpes, afortunadamente.

Por fin el guardián se alejó, y con el alivio sentí también un poco de tristeza por aquel hombre tan convencido de estar cumpliendo con su deber.  Me vinieron a la mente esas películas en las que hay un policía malo y un policía bueno.  El apellido de este hombre es Pavón (él lo dijo), igual aquel otro Pavón que en la década del 70 reprimió a tantas personas, cumpliendo solo con su deber, actuando en consecuencia con la política oficial del gobierno durante aquellos años.  Ese Pavón, muy vilipendiado en el 2007, fue la cara visible de la parametración y la represión a los homosexuales, y le tocó pagar.  Esa es la función de los policías malos.  Este otro Pavón también es un policía malo.  Parece que el apellido Pavón tiene un mal karma.  Lo que no tengo claro en esta historia es quién es el policía bueno, si es que hay alguno.


2 thoughts on “La pequeña cuota de poder

  • el 13 octubre, 2010 a las 9:12 pm
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    Me parece una magnífica crónica de lo allí sucedido. Gracias Yusi.
    Rey, si denunciar un atropello es acostumbrarse a ser maltratados… entonces yo no entiendo nada….
    Por cierto, la historia de los derechos es más larga que eso que mencionas, sobre todos para quienes pensamos que no se trata de los derechos con los que se nace, sino los derechos que se conquistan…

  • el 6 octubre, 2010 a las 9:25 pm
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    Es triste ver como los cubanos se han acostumbrado a ser maltratados. Es el caso de esta chica, para quien todo el problema es el guardia insolente, sin darse cuentas que su problema es que nace sin derechos y solo se los dan poco a poco, si se porta bien. Asi Cuba mas nunca cambia

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