La nueva edición del huevo o la gallina en Cuba

Otra vez vuelven los dirigentes castristas a tratar acerca de la relación entre incapacidad productiva e insuficiencia salarial.

La gallina o el huevo? Foto: Prozesa

Por Dimas Castellanos (Diario de Cuba)

HAVANA TIMES – El antiquísimo dilema acerca de qué fue primero, el huevo o la gallina, que desde la Antigüedad generó tantas disquisiciones filosóficas, tiene en Cuba su versión insular, más pegada a la tierra, pero no menos inútil. Se trata de la relación entre incapacidad productiva e insuficiencia salarial, que cuenta ya con varias ediciones.

La última de ellas tuvo lugar los días 13 y 14 de octubre de 2020 en el programa televisivo Mesa Redonda, a cargo de Marino Murillo Jorge, jefe de la Comisión Permanente para la Implementación de los Lineamientos, y Alejandro Gil Fernández, ministro de Economía y Planificación.

La primera vez ocurrió ante la pérdida de las subvenciones soviéticas que sostuvieron artificialmente a la economía cubana durante tres décadas. En ese momento, en lugar de proceder a la restitución de la economía de mercado, el Gobierno decidió implementar un paquetico de medidas parciales y coyunturales, entre los años 1993-1994, para aliviar la crisis, eludir los cambios que la economía demandaba y esperar por la aparición de un nuevo padrino. El resultado: el empeoramiento de la crisis.

La segunda vez ocurrió 15 años después, el 24 de febrero de 2008, Raúl Castro, designado ese día presidente del Consejo de Estado y de Ministros, expuso un programa de cambios dirigido esencialmente, según sus palabras, al crecimiento sostenido de la economía nacional, la satisfacción de las necesidades básicas de la población, la revaluación progresiva del peso cubano y la recuperación de la función del salario. En su esquema —llevado al dilema entre el huevo y la gallina— el crecimiento de la economía conduciría a la recuperación del salario sin necesidad de regresar a la economía de mercado. El resultado no varió: el empeoramiento de la crisis.

La tercera ocurrió en febrero de 2014, en la clausura del XX Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, sintetizó el problema en pocas palabras. El salario, dijo, “no satisface todas las necesidades del trabajador y su familia, genera desmotivación y apatía hacia el trabajo, influye negativamente en la disciplina e incentiva el éxodo de personal calificado hacia actividades mejor remuneradas, desestimula la promoción de los más capaces y abnegados hacia cargos superiores”. Y concluyó que “para distribuir riqueza, primero hay que crearla y para hacerlo tenemos que elevar sostenidamente la eficiencia y la productividad”. Es decir: primero la producción, después el salario. El resultado no varió: la crisis continúo empeorando.

La cuarta acaba de ocurrir en este octubre de 2020, cuando Marino Murillo y Alejandro Gil explicaron una nueva estrategia y el orden de los pasos para solucionar el dilema entre el huevo y la gallina. Esta vez la economía socialista demostrará definitivamente que es “próspera y sostenible”.

El hecho de que solo se puede distribuir lo que se produce es un axioma y, por tanto, no requiere demostración. Se trata de una verdad de Perogrullo: sin aumento de la producción no habrá mejoría en las condiciones de vida. A la vez, si los salarios no mejoran, la gente no está dispuesta a producir.

El debate debería centrarse en el porqué la economía planificada y centralizada ha fracasado en Cuba y en todas partes. Basta poner el foco de atención en lo que no se quiere ver: los cubanos, desmotivados, no están dispuestos a esforzarse hoy para disfrutar de un futuro incierto, como ha ocurrido a nuestros abuelos y padres, quienes se esforzaron durante más de 60 años para “disfrutar” de la elevación de los precios, el desabastecimiento y las interminables colas.

¿Por dónde empezar entonces? Pues por la participación de los productores como sujetos y no como objetos de un partido y una ideología. Un problema que, aunque haya sido generado por algunos, afecta a todos, no puede ser resuelto sin la participación de todos. Pero la participación implica la implementación de una reforma integral, desde la propiedad hasta las libertades. Sin ese paso no habrá solución, pero para darlo se requiere de algo que está en falta en las autoridades cubanas: la voluntad política.

Mientras tanto, Marino Murillo y Alejandro Gil se empeñan en la quimérica idea de alcanzar una economía eficiente conservando la causa de los fracasos precedentes: la planificación centralizada, definida por el presidente de la República como la primera tarea de la “nueva estrategia”. Mientras tanto —han explicado— se mantendrá la libreta de racionamiento, reconocida como la forma ideal de distribuir pobreza.

El esquema expuesto, basado en el supuesto de que salarios más atractivos y menos gratuidades generarán mayor interés por trabajar, y que la inevitable devaluación monetaria estimulará las exportaciones, no tiene en cuenta que el aumento salarial se diluirá en el incremento de los precios. Es un esquema que no entiende que el actual modelo, ajeno a la naturaleza humana, desactivó la iniciativa de las personas para producir más o brindar mejores servicios.

Continuar experimentando mediante la incorporación de algunos elementos de la economía de mercado, pero sin libertades económicas, es una falacia. Algo que solo puede responder a un desconocimiento imperdonable del ABC de la economía o a la intención de “continuar ganando tiempo” en espera de un nuevo padrino o de que el “enemigo” después de las próximas elecciones en EEUU nos ayude a continuar sin cambiar. Un camino que, al aumentar las tensiones sociales, podría conducir una salida violenta, la cual sería fatal tanto para el pueblo como para el Gobierno.

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