La Nomenclatura Cubana duerme sobre un polvorín

Por Ariel Hidalgo

Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES – El politólogo cubano Armando Chaguaceda, en su artículo La gestación de la libertad en Cuba, publicado en este diario el 6 de mayo, señala acertadamente los recursos más usados por la dirigencia gubernamental cubana para atenuar las tensiones sociales:

“Cada cierto tiempo en Cuba se producen picos de tensión social. El Gobierno procura resolverlos abriendo la válvula migratoria, aprobando reformas parciales y reprimiendo las iniciativas populares que emergen”.

Pues bien, esos atenuantes, de una manera u otra, ya han ido pasando gradualmente a la tierra del olvido o, al menos, los engranajes de la política interna han comenzado a oxidarse. Veamos:

Ya esa dirigencia no puede usar como antes la “válvula migratoria” desde que el expresidente Obama, en vísperas de abandonar la Casa Blanca, pusiera fin a la política de pies secos, pies mojados.

Significó que no puede acudir al recurso de los éxodos masivos: Camarioca 1965, Mariel 1980 y Guantánamo 1994, o sea, un ciclo que se repetía cada catorce o quince años.

El que se suponía debía producirse en 2008 o 2009, podía ser peligroso en medio de la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo. Así que en 2010 “el pico de la tensión social” era de tal magnitud que el propio Raúl Castro advirtió alarmado el 18 de diciembre de ese año durante una sesión de la Asamblea Nacional: “Estamos bordeando el precipicio”.

La solución fue, entonces, el éxodo dosificado hacia terceros países, sobre todo a Ecuador, con la venia del entonces presidente Correa, puesto que se trataba de emigrantes de paso cuyo objetivo era alcanzar la frontera estadounidense. Pero las políticas migratorias cambiaron en ambos países con mayores restricciones.

Si ese éxodo silencioso cumplió en aquel momento las expectativas de la alta dirigencia, el próximo debería producirse en 2022 o 2023. Aunque es evidente que con la llegada del nuevo período especial… perdón, “coyuntural”, el “pico” se ha adelantado.

Así que, si pudieran repetir otro éxodo masivo, lo harían este mismo año, pero no veo que tengan las condiciones para hacerlo.

El otro atenuante es la política represiva. El recurso coactivo más usado siempre fue el uso de turbas para asediar las casas de los disidentes con insultos y amenazas, los llamados actos de repudio, para hacer creer que era la población la que mostraba su indignación ante supuestas actividades “contrarrevolucionarias”.

Pero ya al régimen le va costando cada vez más trabajo organizar esos actos, sin que a su vez sean repudiados por mucha gente que reacciona espontáneamente en defensa de las víctimas, a veces, incluso, enfrentándose a la propia fuerza pública.

Por último, las reformas para apaciguar los ánimos caldeados de la población, como hicieron durante el período especial, no se han realizado, sino que, por el contrario, han tomado medidas en sentido contrario con la devaluación del peso cubano tras la reforma monetaria del pasado mes de enero.

Los salarios nominales subieron, pero los reales bajaron aún más, por lo que se le dificulta mucho más a la población cubrir sus necesidades básicas.

Pero lo más importante en el presente no son las dificultades del régimen para aplicar estos recursos, sino las nuevas facilidades de gran parte de la población para potenciar sus protestas, como el acceso a la tecnología de la telecomunicaciؚón.

A pesar de todos los obstáculos para frenar ese acceso, el régimen perdió el monopolio de la información con el surgimiento de blogs y periódicos digitales, e incluso, la comunicación instantánea.

Cuando en 1991 media Regla se lanzó a las calles por el asesinato de un joven a manos de la policía, muchos de los que entonces vivían en los demás municipios de Ciudad Habana, se vinieron a enterar de los hechos al día siguiente.

Incluso la gran mayoría todavía no se ha enterado al cabo de treinta años, porque ningún medio del país, todos bajo control gubernamental, lo reportaron. De suceder hoy, la información habría llegado a toda la población del país en pocos minutos, aunque los medios oficiales lo censuraran.

En 1996 casi todos los grupos disidentes del país, integrados en un frente común conocido como Concilio Cubano, decidieron celebrar un encuentro nacional en La Habana.

La comunicación entre ellos era muy difícil, pues la gran mayoría de la población carecía de teléfonos, por lo que los contactos se realizaban a través del Buró de Información de Derechos Humanos (Infoburo), con sede en Miami, en particular, la activista Teté Machado, quien realizó, mañana, tarde y noche, cientos de llamadas telefónicas a los diferentes municipios, a pesar de que por entonces la telefonía entre Cuba y los Estados Unidos era muy precaria.

El Gobierno saboteó todos los intentos de la disidencia para conseguir un local amplio donde pudieran reunirse, y puso muchos obstáculos a los disidentes que intentaban viajar a la capital.

Finalmente, en la propia Habana arrestó a más de cien líderes disidentes. Hoy se hubieran comunicado entre ellos sin intermediarios, no habrían tenido que viajar a ningún lugar, ni conseguir local alguno, pues el encuentro lo habrían realizado en un sitio virtual, donde, por cierto, no pueden realizarse redadas policiales.

Pero esa tecnología va acompañada de otro fenómeno que se ha hecho presente en muchos países del planeta, principalmente en Latinoamérica: las redes, no las redes sociales, sino lo que podríamos llamar redes populares.

¿Cuál es la diferencia? Las populares no son planificadas. Nadie las inventó, sino que surgen espontáneamente por corrientes de opinión, alimentadas por la inconformidad y rechazo a las instituciones políticas no viables. Se desarrollan en el subsuelo de la sociedad, no como las redes sociales, que están en la superficie, a la vista de todos.

Las populares, en cambio, comienzan con pequeños grupos que generalmente se comunican solo a través del correo electrónico, y según como los estimulen los problemas sociales de su entorno, van creciendo sin que haya jefes o juntas directivas.

En los diálogos entre dos personas, por ejemplo, al enviar los mensajes, casi siempre se marca “para todos”, y cualquier otro miembro de la red puede intervenir en la discusión. Regularmente se llega a un punto en que se entra en contacto con otras redes afines y surgen redes de redes.

Y de pronto, un día, por una injusticia o una medida impopular que colma la copa, salen a la superficie de forma simultánea, con las consecuencias de explosiones sociales multitudinarias, incluso en países donde generalmente se pensaba que no existían serios problemas.

En Puerto Rico y Bolivia hicieron renunciar, respectivamente, a un gobernador y a un presidente. Hubo protestas en Ecuador, Chile y ahora en Colombia.

Hechos como estos sorprenden a mucha gente, y no a cualquier gente, sino, sobre todo, a politólogos, sociólogos y periodistas de todo el mundo que se preguntan: “Cómo se pusieron de acuerdo?”, “Quién es el jefe”. Pero el supuesto jefe no aparece por ninguna parte.

Me sorprendería saber que este tipo de redes no se esté gestando ya en Cuba. La Nomenclatura parece dormida, pero lo hace sobre un polvorín.

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