La guerra de las confituras

Por Julio Antonio Fernández Estrada (El Toque)

Foto: Sadiel Mederos /elToque

HAVANA TIMES – En los años 80 del siglo pasado, las niñas y niños en Cuba endulzábamos las tardes y los fines de semana con merenguitos, pirulís, chambelonas y melcochas. En las bodegas vendían caramelos a granel, duros y en pelotones indivisibles, de sabores inescrutables.

El chicle era una ilusión. Recuerdo los miles de trucos que se pasaban de boca en boca sobre cómo hacer una goma de mascar casera y también recuerdo el chicle endurecido en el congelador después de algunas mascadas, en espera de ser usado otra vez.

Mascar chicle estaba mal visto, todavía hoy algunas personas lo consideran una alusión al modo de vida americano, dígase de los Estados Unidos de América.

Hace unos pocos años, el equipo Industriales de béisbol fue criticado por periodistas y otros peloteros por masticar chicle durante los juegos, y hubo análisis sobre el origen de lo que los deportistas mascaban, pero la realidad era que esos chicles los ponían gratis en los ceniceros del hotel Tulipán, donde pernoctaba el conjunto capitalino.

Antes, a fines de los 80, Industriales también fue criticado, porque algunos de sus integrantes usaban el carbón debajo de los ojos para protegerse del sol, práctica esta también proclive al diversionismo ideológico.

Los niños y niñas de los 80 no vivimos protegidos, como los de ahora, por superhéroes y heroínas ni pudimos entrar nunca en la casa de Mickey Mouse. Todo lo que hoy es común para la infancia era lejano y maravilloso para nosotros, aunque nos gustaran los dibujos animados soviéticos.

Pero en Cuba, en fábricas cubanas, se producían galleticas dulces, hasta con formas de animales, huevitos de colores con una pasa dentro, bombones, tabletas de chocolate, chocolate en polvo, caramelos rompequijada de chocolate, cremosos de leche, de café, otros de sabores frutales, sorbetos, pastillitas de colores, africanas, alteas, golosinas; en fin, malas para los dientes, pero buenas para festejar el paso de los días.

¿Qué viento implacable se llevó la mayoría de las confituras hechas en Cuba?

Ahora, nuestras niñas y niños, cuando tienen la suerte de saborear un pequeño dulce, es casi siempre venido de otros países, porque aquellas fábricas han olvidado el secreto del movimiento y la producción.

Mi generación tampoco tuvo Papá Noel ni juguetes a los pies del arbolito de Navidad ni Día de Reyes. Seguramente alguien consideró, con muy buena intención, que todo eso no hacía sino confundirnos, que debíamos ser ateos porque sí, y no creer en fantasías de Reyes Magos ni en incienso ni en mirra ni en oro.

Para nosotros hubo Día de los Niños, Día del Juguete, Campamento de Pioneros, Campamento de Exploradores, Palacio de Pioneros, emulación pioneril, guardia pioneril, etc. Todo eso nos hizo muy fuertes ideológicamente y ateos, revolucionarios, intransigentes y objetivos, para siempre, pero resulta que para siempre duró hasta los 90.

Parece que el carácter recio socialista debía ser forjado en yunque indestructible y sin muñequitos del imperialismo, pues de eso dependía el éxito de la apuesta por el hombre nuevo.

Sin embargo, muchos de los hombres nuevos después resultaron machistas, homófobos, dogmáticos, oportunistas, arribistas, y más tarde, sin transición alguna, emigrantes. Eso sí, en todos los casos previo abandono del cerebro de hombre nuevo en Cuba, antes de partir.

El extremismo, supuestamente ateo, marxista, leninista, materialista, que nos llevó a combatir desde el chicle hasta a Spiderman, fue superado por la realidad de la globalización de la información, por la conexión ineludible de Cuba con el mundo, por el aguacero de propaganda capitalista y por la incapacidad de nuestra propia propaganda.

Hacer la guerra a las golosinas, a los muñes, a los juguetes y a la fantasía, es una mala idea. Elpidio Valdés ha logrado más en Cuba, en 50 años, políticamente hablando, que todos los círculos de estudio dirigidos por cuadros sin imaginación y sin cultura.

La Revolución confundió el camino cuando le hizo la guerra al chicle, al pelo largo, a la música en inglés, a los animados venidos del norte, a las personas religiosas, a los y las homosexuales, a la intelectualidad crítica, porque la vida ha demostrado que era imposible lograr una cultura alternativa en Cuba con exclusión, extremismo y discriminación.

Ahora es más difícil encontrar un bombón en una tienda antillana que el diamante del Capitolio y los comunistas son tan extraños como los sorbetos de limón. Muchos de los que, como yo, fuimos educados por Los Hombres de Panfilov y anduvimos por La Carretera de Volokolamsk, que creímos en El destino de un hombre y estudiamos en serio las obras de Marx y Engels, no encontramos casi ninguna alusión, ni directa ni simbólica, al proyecto social para el que nos preparamos.

En aquel relato, ni en el momento más ríspido, recuerdo haber escuchado algo que justifique que hoy, a 60 años de Revolución socialista, tengamos que esconder las confituras de nuestros niños y niñas para que no lloren, porque somos incapaces de dárselas a precios que sus padres puedan pagar.

La petición hecha y publicada en la prensa de Guantánamo, periódico Venceremos, que tanta polémica ha propiciado, a través de la cual una persona alertaba a las autoridades sobre el llanto infantil frente a las vidrieras repletas de golosinas, vendidas adentro en dólares, es una muestra de que la guerra de las confituras no ha terminado.

A los dirigentes hay que recordarles que la insensibilidad derrumba más muros que un bombazo, y que los corazones de las madres y padres que no pueden comprar caramelos a sus hijos e hijas, no son fáciles de convencer del humanismo y justicia de nuestro sistema económico y político.

La solución, como explicaba recientemente el periodista Jesús Arencibia, fue peor que el problema. El remedio fue quitar las golosinas de las vidrieras, para que la injusticia se mantuviera a buen recaudo. Dije una vez que esta medida crearía ciudadanos de línea económica. Esta es la prueba de que, tristemente, no estaba errado.

Si de verdad el proyecto político que se propone desde el Partido y el Estado, es socialista, estoy convencido de que el socialismo no se puede construir sin justicia, sin democracia, sin transparencia, sin equidad, sin lucha contra la discriminación de todos los tipos, sin juguetes y sin confituras.

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