La basura bajo la alfombra

Por Alejandro Langape

Foto: Bill Klipp

HAVANA TIMES – Que en Cuba hoy se debaten acaloradamente temas de los que antes no se hablaba, es innegable. Que se han propiciado debates interesantes y con opiniones claramente encontradas, también es cierto, pero…

La frase más famosa que nos dejó Juan Pablo Segundo en su histórica visita fue aquel “que Cuba (…) se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Y aunque a cuentagotas, entre tropiezos y miedos, la Isla ha tenido que abrirse a la realidad de un mundo cada vez más interconectado y en el que la irrupción de las redes sociales, con su enorme poder de convocatoria, clave en fenómenos sociopolíticos como las primaveras árabes, no pueda soslayarse.

Pero, a pesar de ceder a lo inevitable, el país y sus autoridades mantienen la reserva y una y otra vez echan mano de algo que critican en otras sociedades: la censura, una manera eficaz para fijar límites cuando la apertura parece excesiva.

Si por un lado se habla de la posibilidad de matrimonio igualitario tras futuras modificaciones al Código de la Familia, por otra se edita un beso gay al transmitir la serie juvenil estadounidense Amigos y amantes y más de lo mismo para las explícitas escenas de sexo homosexual en la exhibición en nuestra tele del filme chileno Jesús.

Se publican con orgullo las cifras de cubanos que acceden a Internet, pero se bloquea el acceso de los habitantes a publicaciones alternativas cuyos perfiles no responden a la oficialidad.

Se habla de la existencia en el país de todo tipo de organizaciones que representan a la sociedad civil cubana en cualquier lugar del mundo (dígase Federación de Mujeres Cubanas o Federación de Estudiantes Universitarios, por ejemplo), pero se niega esa posibilidad si esas organizaciones o instituciones no son vistas con agrado.

Así ocurrió con Magín y sus proyectos en pro de una concientización del reconocimiento de los derechos de la mujer y ocurre hoy con los regulados, artistas, activistas e intelectuales a los que bajo distintos pretextos se impide la salida del país para su asistencia a cursos y eventos.

Sin embargo, las muestras más palpables de cuán precaria es la libertad de expresión de los cubanos y la pervivencia de censores alertas al estilo de Papito Serguera y otros funestos personajes del decenio gris, han tenido lugar en la televisión cubana y dos de sus más populares espacios: el humorístico Vivir del cuento y el deportivo Bola viva.

Primero fue la diatriba de un desconocido articulista en la última página del oficialista diario Granma, que arremetía contra los personajes del espacio humorístico que ridiculizaban el comportamiento de funcionarios públicos, una clara referencia al personaje de Facundo Correcto interpretado por Andy Vázquez.

Era la primera andanada, una especie de advertencia que no surtió el efecto deseado por el rechazo mayoritario del público al artículo y las posiciones de destacados humoristas en defensa al ejercicio del criterio mediante la sátira y la parodia.

La segunda y definitiva arremetida de los censores utilizó como pretexto un vídeo del citado actor que circulara ampliamente en las redes sociales y en el que se criticaba lo ocurrido en la reapertura del mercado de Cuatrocaminos. La dirigencia de la televisión cubana decidió excluir a Andy del siguiente paquete de seis programas de Vivir del Cuento, desapareciendo definitivamente de las pantallas al personaje y asestando una dura estocada a un espacio de enorme popularidad, por constituir un reflejo de la complicada realidad social de los cubanos.

Muy cercano en el tiempo al caso Andy Vázquez, en medio de un acalorado debate sobre el béisbol cubano en el espacio Bola viva, el periodista Yasel Porto se mostraba favorable a la remoción del presidente de la Federación Cubana, el señor Higinio Vélez. Porto desapareció de los siguientes programas tras emitir estos criterios y, según contara en Facebook, fue rescindido su contrato en el citado programa.

Ya antes, otro periodista, Aníbal Oliva, había sido sacado de circulación de la televisión cubana por sus manifestaciones a favor de que los futbolistas cubanos que se desempeñan en ligas extranjeras fuesen convocados para la selección nacional. Tanto en el caso de Aníbal como en el de Porto, sus criterios reflejaban las opiniones de muchísimos cubanos y para nada resultaban denigrantes u ofensivos hacia nadie.

¿Por qué entonces medidas tan drásticas? ¿Por qué no aceptar la diferencia de criterios, la posibilidad de cuestionar determinadas realidades?

En los últimos tiempos no es raro encontrar en los referidos medios alternativos los nombres de jóvenes periodistas de carrera que abandonan sus puestos en la prensa oficialista buscando mayor libertad para expresarse. También importantes artistas e intelectuales vierten en dichos medios sus criterios, ya sea mediante trabajos periodísticos o siendo entrevistados. Sin duda, es esa otra de las razones que explican que se impida el acceso de los cubanos a la lectura de esta prensa.

La Cuba plural, diversa, la Cuba discrepante y cuestionadora del status quo preocupa y, a falta de formas más sutiles de enfrentamiento, se opta por la censura, por intentar mantener esa imagen de unidad monolítica, siempre echando mano a la teoría de plaza sitiada en la que no puede existir el menor resquicio para el disenso y el cuestionamiento de las autoridades.

Censurar o no. ¿Vale la pena negar lo obvio? Al parecer, las autoridades cubanas creen que sí, aferradas a la peregrina idea de que en el mundo de hoy todavía es posible ocultar la basura bajo la alfombra.

 



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