La abuela de Diego

Haroldo Dilla Alfonso

Barrio Chino de La Habana. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 31 dic.— Havana Times ha publicado un artículo de un usual columnista de la revista digital Cubaencuentro a quien siempre leo con deleite: Diego Cobián.

Quizás lo que más me gusta de los artículos de Diego Cobián –a quien no conozco personalmente- es que no aspiran a la rigurosidad de la teoría, ni a la sublimación de la literatura.  Solo cuentan cosas.  Escribe crónicas de cotidianeidades idas.

De esas que según se alejan en el tiempo tendemos a colgarles oropeles de nostalgias hasta hacerlas irreconocibles excepto para nosotros.  Porque no fueron simplemente cosas que pasaron, sino nuestras cosas que aproximadamente pasaron.

Ahora Cobián nos habla de un encuentro, tras una década de separación, con su abuela.  Y es justamente de la abuela, no exactamente de la abuela física de Diego, sino de la abuela que nos describe, de la que quiero hablar en este articulo.

Por supuesto que lo que llamaré aquí genéricamente la abuela de Diego ya es un ser social en extinción.  Biológica y políticamente.  Su manera de pensar y de explicar al mundo es propia de una forma específica de socialización y de compromiso políticos.

Yo conocí a alguien así: el viejo Franco, un hombre bondadoso, austero y servicial con el que se podía conversar horas de cualquier cosa menos de política.  Sufrió un infarto mientras contemplaba el derrumbe del muro de Berlín y jamás pudo acostumbrarse a la idea de vivir en un mundo sin la Unión Soviética.

Una tarde lo encontraron muerto con el periódico Granma estrujado entre las manos.  Quiero creer que murió buscando en los artículos del peor periódico del mundo, la verdad que nunca encontró en un régimen que exigía demasiada entrega y no perdonaba las dudas.

Franco y la abuela se percibieron por décadas –acertadamente o no- como los actores de una obra que daba el mejor de los finales posibles a todas las frustraciones históricas de la república liberal.  Gente como ellos fueron y siguen siendo los apoyos sin fisuras del orden político postrevolucionario.

Pero más allá de la abuela y de Franco, hay en la isla una sociedad diferente, compleja y heterogénea.  Hay un entrecruzar de generaciones y grupos sociales y de sus respectivas mentalidades forjadas a partir de experiencias propias respecto al poder, la sociedad y sus propias existencias.

El nuevo año significa otra aniversario de la Revolución. Foto: Caridad

Son generaciones que se han beneficiado del sistema educacional cubano, que desafían el bloqueo informativo que el régimen ha establecido, que buscan miles de espacios de sobrevivencia en medio de una economía rígida e ineficiente, que estarían interesadas en viajar al extranjero y probar suerte en otras latitudes, tal y como lo hacen los boricuas, los dominicanos, los mexicanos y otros coterráneos.

Sólo que éstos lo pueden hacer sin sufrir el injusto régimen migratorio cubano y sin aspirar al beneficio del ajuste cubano.  Y pueden pensar que aunque el éxito es difícil, es posible regresar exitosos.  Los nuestros se ahorran algunos impedimentos para el éxito, pero saben que implica inevitablemente el destierro.

Es una sociedad que se ha empobrecido materialmente, donde la vida cotidiana se hace difícil, y sería mucho peor sin el apoyo de los familiares emigrados y sin una suerte de corrupción soft, de resistencia, cotidiana y generalizada.

Es una sociedad donde faltan libertades civiles y políticas básicas.  Pero es una sociedad viva, con una masa impresionante de graduados universitarios y técnicos, con un sistema educacional que aún sigue siendo muy bien calificado internacionalmente, con una vida cultural intensa jalonada por festivales de primer orden, con debates críticos sobre problemas sociales francamente superiores, con tribus urbanas que ocupan las principales avenidas de la ciudad tiñéndola de diversidad, con analistas agudos que dejan sus reflexiones en una prensa digital libre de los controles estatales, como es el caso de esta Havana Times, entre otros rasgos que hacen la diferencia crucial entre la pobreza y la miseria.

Una brillante socióloga cubana radicada en México –Marlene Azor- me decía en una ocasión que ahí estaba el “hombre nuevo” formado por la revolución.  Solo que no se trataba del prototipo ascético y sublimado guevarista sino de un ser hedonista, desprejuiciado, secular, inmanente e instruido, que adora al presente.  Aún cuando cínicamente se vea obligado a participar en las liturgias milenaristas del “máximo líder.” con la misma frialdad y distancia con un ateo se casa por la iglesia para poder acceder a la mujer que definitivamente ama.

Creer que la sociedad cubana actual es un potrero –como quieren imaginar algunos fogosos exiliados- o que los cubanos son borregos idiotizados por la propaganda y aterrorizados por la policía, que esperan por nuevos mesías –del insilio o del exilio- llenos de virtudes para que le enseñen el sentido de la vida, es un disparate mayor.

Ellos tienen sus sentidos de la vida según sus propias experiencias.  Y si hasta el momento no han optado por cambiar al régimen político es porque hasta el momento ese cambio se les ha aparecido como un mal juego de costos y beneficios.  Prefieren evadirlo a cambiarlo.  Y es así por diversas razones, y buena parte de ellas ligadas a la capacidad de la clase política cubana para mantener fragmentada a la sociedad cubana y para manipular la manera como el menú político es presentado a esa sociedad.

La diáspora y la sociedad insular

Un ejemplo es la manera como es presentada la diáspora a la sociedad insular.  Aparte de aceptar como dóciles interlocutores a los emigrados progubernamentales (que son incapaces hasta de mover agendas gremialistas) y como “buenos” a los que no se expresan políticamente (pero sostienen al consumo popular con sus remesas), el gobierno cubano hace otra adopción: escoge como sus bestias pardas de la antihistoria a aquellas franjas más derechistas e intransigentes.  Y presentándolas continuamente a la maniatada opinión pública cubana como el prototipo del futuro esperable si algún día desapareciera ese engendro sistémico que denominan revolucionario y socialista.

Casa en Cojimar, La Habana. Foto: Caridad

Al demonizar a los extremistas de la derecha exiliada, el gobierno cubano los beatifica, y establece una sinergia de mutuo reforzamiento de la que ambas partes se benefician.  Un genuino romance de los extremos políticos que-siempre-se-tocan.

El gobierno cubano sabe que estos grupos no son la diáspora/exilio/migración o como quiera llamársele.  Son solo parte de él.  Y una parte minoritaria con resonancia amplificada por sus vínculos políticos y por la propia adopción hecha por el gobierno cubano.  Pero hay otros muchos grupos, tendencias y discursos que pugnan con igual energía por una sociedad democrática, económicamente viable y socialmente justa.

Provienen de muchas esquinas –del liberalismo social, del socialcristianismo, del sindicalismo, del socialismo democrático- y lo hacen argumentando la necesidad de un diálogo, ante todo, con la sociedad.  Pero hacer visibles estas propuestas sería abrir una brecha muy costosa en un sistema basado en la manipulación maniquea de la realidad.

Requerimos caminos y formas nuevas de andar, de hablar y comunicarnos con la sociedad cubana en la isla.  Probablemente la abuela de Diego ya no tenga remedio, como no lo tuvo el siempre bien recordado Franco, como no lo tendrían los emigrados que nunca mas pudieron volver a la isla en que nacieron.  Lo dieron todo, hasta el derecho a la culpa, por un proceso que cautivó en unos casos y enajenó en otros, de forma tajante, a las voluntades.  Merecen nuestro respeto.

Pero pensemos ahora en los otros millones que hicieron las cosas diferentes a nosotros, unas bien y otras mal, como nosotros.  Y que son parte de una sociedad, como lo somos nosotros, que necesita caminar hacia la reconciliación, sin soberbias, ni revanchas.  Y pensemos en ello, sobre todo porque el sistema de dominación política que ha imperado por decenios, está caminando por la cuerda floja  del ajuste económico y del cambio generacional.  Y aunque creo que el protagonismo del cambio corresponderá a quienes están dentro –en todas sus manifestaciones ideológicas y políticas- también creo que corresponde a la diáspora un rol importante.

No se que caminos y formas tomará ese cambio, pero coincido con la abuela de Diego, en que debe estar acompañado de una dignidad que no se puede perder.  Yo no quiero que se pierda.  Porque cuando las sociedades poseen dignidad y autoestima, son capaces de volar muy alto, más alto que todas nuestras frustraciones y resentimientos.

2 thoughts on “La abuela de Diego

  • Excelente reflexión. Clara y sin resentimiento. Coincido con su opinión.

  • Excelente pieza de reflexion. Muy buena en verdad. Creo como el prof, Dilla que hay un hombre nuevo y que sera esa riqueza ontologica la que encaminara al pais a un futuro elevado. Creo tambien que hay una manipulacion de la oposicion, que no es solamente el atrasado de Carlos Alberto Montaner

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