Ingha y Guy: algo del corazón de África entre nosotros

Historias de turistas

Vicente Morín Aguado

Plaza de la Revolución. Foto: Caridad

HAVANA TIMES — Fue una verdadera suerte y uno de esos instantes inolvidables en la vida, el haber encontrado a estos dos sudafricanos, cuando vivíamos en La Habana uno de los peores momentos, si de relacionarse con los turistas se trata.

Ingha era trabajadora social y Guy médico, ambos de piel blanca, al decir de los cánones tradicionales para catalogar a las personas. Sus almas tenían todo el espectro de tonalidades posibles en los seres humanos.

Con mi inglés recordado de tres semestres universitarios y la infinita voluntad de relacionarse demostrada por ellos, comenzamos a caminar por La Habana Vieja.

Mi cabeza era algo así como la farola del Morro: giraba a un lado, atendiendo a cada pregunta, formulada con exactitud, despacio y abundante gestualidad; giraba al lado opuesto, mirando a los recién estrenados miembros de la policía especializada, encargado de frenar el natural abordaje de los cubanos a los turistas.

Lo contradictorio es que los cubanos eran y siguen siendo la especial atención de los visitantes, llegados allende los mares.

Para los sudafricanos el asunto tenía connotación especial, tratándose de un país recién salido del Apartheid, el cual reconocía en Cuba algo emblemático si se trata de la lucha por eliminar cualquier forma de discriminación entre los seres humanos.

Abordar el problema racial vino al directo, convirtiéndose en el primer dilema serio que debí afrontar: ¿Hay racismo en Cuba? Les respondí SI y NO.

No si lo abordamos como asunto legal, constitucional; SI cuando se trata de la realidad cotidiana.

Entonces me pidieron una demostración de la segunda parte y, caminando un poco, encontramos una evidencia interesante.

Resulta que pedí unos instantes para comunicarme con mi casa, voy hasta un teléfono público y allí mismo, pegado a la pared, encontramos un cartel convocando a los jóvenes para incorporarse a cursos de Danza y Ballet clásicos.

Observé que entre los requisitos, se especificaba una clara exclusión a personas de piel oscura. Guy eternizó esta injusticia con un flashazo de su enorme “Canon Eos-300.”

Tomamos la ruta habitual de la calle Obispo rumbo a la Plaza de Armas, cuando dos cuadras antes de nuestro destino, llegó la segunda disyuntiva, determinada por el inevitable chequeo policial.

Una joven policía me solicita los documentos, intentando preguntarle a Ingha sobre cómo se estableció nuestra relación. Siendo una trabajadora social, ella supo ubicarse, utilizando además la excusa de su desconocimiento del español. La muchacha uniformada terminó considerando que yo no debía ser una “amenaza social” y me permitió seguir adelante.

Respiré profundo, pero desde entonces viví en un permanente estado de incertidumbre, durante los siguientes días de intenso intercambio con los sudafricanos.

Preparamos una comida en la casa de un familiar, especialmente porque el hombre en cuestión, militar retirado, había combatido en Angola, además de cumplir misiones en otros territorios africanos.

Junto a sus experiencias en el llamado continente negro, trajo a Cuba un buen equipo de música, muebles y otras facilidades importantes para atender a una visita, cosas faltantes en mi hogar, pues yo no he viajado más allá de Baracoa en el oriente cubano.

Resultó una noche feliz. Con Bob Marley tronando desde cuatro grandes bocinas, poco a poco fueron incorporándose los vecinos, sin importarle a los sudafricanos cuántos eran los participantes y mucho menos el natural incremento de comensales y bebedores de ron.

Aparecieron traductores mejores que yo, para concluir en un auténtico debate, donde todos salimos enriquecidos culturalmente, además de comidos y bebidos.

De madrugada, ellos regresaron en taxi a su hotel, acordando un encuentro conmigo tarde en la mañana, para visitar un sitio imposible de olvidar cuando de extranjeros en Cuba se trata, La Plaza de la Revolución.

Llegamos al monumento a José Martí en un carro americano, auténtica satisfacción para Ingha y Guy, pero verdadero reto para el chofer, evitando los controles policiales del momento, pues entonces existía la prohibición, finalmente eliminada por el actual gobierno, de rentar a turistas los autos operados por trabajadores con licencia como cuentapropistas.

Después de otear La Habana desde su punto más alto, en la torre de la Plaza, estrella solitaria, símbolo de la unidad e independencia de nuestra nación, caminamos rumbo a una piquera de taxis, con el objetivo de regresar al hotel. Sería la despedida formal entre nosotros, brevemente interrumpida por otro avatar.

Esta vez el agente del orden público estaba vestido de civil, mostrándome su carné de oficial desde el bolsillo casi transparente de una camisa blanca. Hizo algunas preguntas, de esas que pueden tener cualquier respuesta, pues usted se queda perplejo ante la incongruencia del asunto: ¿Qué actividades realizan ustedes? ¿Cómo se conocieron? ¿Dónde usted trabaja? ¿Es usted guía profesional de turismo?…

Felizmente alcancé a prometer dejarlos en su hotel y concluir así el recorrido, pues otra cosa sería en extremo descortés, además de que los amigos de Sudáfrica se mantuvieron firmes junto a mi persona. Este agente conocía algo de inglés y comprendió la situación. Anotó en una libretica mis datos personales, diciéndome entre advertencia y recomendación:

Por favor, dedíquese a otras actividades, para atender turistas el estado cuenta con un personal profesional, encargado específicamente de esta tarea.
—–
Vicente Morín Aguado: [email protected]


3 thoughts on “Ingha y Guy: algo del corazón de África entre nosotros

  • el 6 septiembre, 2012 a las 12:30 pm
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    Debo aclrar que no hablo del Ballet Nacional de Cuba. El hecho sucedió hace unos diez años y el anuncio estaba exactamente pegado junto a unos teléfonos en la conocida Manzana de Gómez, por la acera que da al Parque Central. fue algo absolutamente cierto y testimonial. Al escribir, soy detallista en las expresiones. De Cualquier forma es bueno divulgar que ahora la situación es mucho mejor en general. Muchas gracias.

  • el 4 septiembre, 2012 a las 7:18 pm
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    Mi pregunta para ti es., ¿Hay racismo en Cuba? No escribas de tus vecinos por que todos tenemos vecinos.

  • el 4 septiembre, 2012 a las 10:31 am
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    Vicente
    Soy gran admirador del balet y no me perdia una actuacion de sus mejores figuras.
    Te creo lo de las paradas policiales pues tenemos algunos estupidos que hacen eso pero no puedo permitirte que distorciones lo de las escuelas para danza y balet pues esa no es la realidad.
    Entre los bailarines mas laureados de Cuba en estos momentos hay negros y mestizos. Desde el mestizo Jose Manuel Carreno estrella del balet nacional de Cuba y del balet de New York, el negro Carlos Acosta actual premio nacional de danza y ganador de muchos premios internacionales y la tambien mestiza Viengsay Valdés primerisima bailarina de Cuba y entre las tres mejores bailarinas del momento del mundo.
    En la habana hay varias escuelas de balet y solo hay que asomarse para ver la cantidad de ninos de la raza negra que la integran, no solo eso las escuelas de balet tienen una flotilla de omnibus que van a todos los rincones de la capital, incluidos los barrios mas pobres, a recoger a ninos de todos los colores y de diferentes extratos sociales que son matriculados en las escuelas que en su mayoria estan en el vedado y centrohabana. Una labor para llevar el balet a todos.
    Personalmente tengo una vecina llamada Julia y de profesion maestra, es negra como el carbon y su hijo pequeno de 7 anos tan negro como ella es uno de los pequenos bailarines que recoge un omnibus amarillo en el barrio de los Pinos en el municipio Arroyo Naranjo. Ella radica en calle morales e/ mayia rodriguez y 1ra reparto los pinos, arroyo naranjo y hasta ese lejano lugar va uno de esos cientos de omnibus a recoger a un pequeno grupo de ninos.

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