Haití, otro fracaso de la integración latinoamericana

Los haitianos no pueden seguir esperando por cumbres y fotos de presidentes que sonrían ante las cámaras / EFE

Por Yoani Sánchez (14ymedio)

HAVANA TIMES – Siglas, reuniones y fotos oficiales. Los organismos internacionales parecen más interesados en demostrar que están operativos a través de eventos y recepciones que con acciones o resultados. En América Latina es raro el mes en que no haya una cumbre, reunión o alianza que cope los titulares y genere una nueva declaración con firma de mandatarios y ministros de exteriores. Sin embargo, donde realmente se mide la eficacia de estos mecanismos de integración es en la realidad, un plano en el que la mayoría carece de frutos palpables.

La actual situación en Haití ha dejado en evidencia la escasa efectividad de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y de otras alianzas regionales. En lugar de acompañar y apoyar al pueblo haitiano en el duro momento que está viviendo, los gobiernos de este continente han optado por mirar hacia otro lado o dedicarse a repartir culpas históricas sin lograr hilvanar una ayuda rápida y práctica dirigida a la población de un país azotado por la violencia, la crisis económica y el desmoronamiento de las instituciones políticas. 

La Celac y los ejecutivos latinoamericanos le han fallado a los haitianos porque ni siquiera han logrado protegerlos como refugiados. En la peligrosa ruta que cruza la selva del Darién y se adentra en Centroamérica para después cruzar territorio mexicano hasta llegar a la frontera Sur de Estados Unidos, los nacionales del país caribeño se cuentan entre los migrantes en una situación más vulnerable. Sin hablar una palabra de español, en muchos casos, carentes de los recursos para pagar a los coyotes y aguijoneados por el racismo, se han convertido en seres invisibles que las administraciones locales no quieren ver, mencionar o apoyar.

Llama la atención la falta de programas con facilidades de residencia, acceso al trabajo y cobertura de servicios básicos en buena parte de los países que conforman el periplo migratorio de miles de haitianos anualmente. Con más de 12 millones de habitantes, la pequeña isla depende cada vez más de su diáspora y apoyar a esos seres humanos en tránsito es también una forma de salvar familias que han quedado a la espera de que su pariente logre abrirse camino, enviarles remesas y apoyarlas desde el exterior. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) emitió una serie de recomendaciones para que los países vecinos les garanticen el refugio y la protección; pero, como ocurre con frecuencia, la exhortación se ha topado con oídos sordos.

Amén de algunas facilidades puntuales para estos migrantes, ha faltado en América Latina una respuesta conjunta ante el drama haitiano. Las casas de Gobierno están más concentradas en disputarse entre ellas por sus posturas ideológicas, crear un incendio diplomático a partir de las publicaciones de un mandatario en la red social X o en dirigir acusaciones hacia otros gobiernos, que en sentarse a consensuar un plan de acción. 

Durante las crisis y las alertas humanitarias es que se ponen a prueba los organismos regionales y aquellos que nos representan en este hemisferio han demostrado su incapacidad. Los haitianos no pueden seguir esperando por cumbres y fotos de presidentes que sonrían ante las cámaras. Urge un programa de ayuda destinado a su lastimada población y debe ser de conjunto como “la plata en las raíces de los Andes”.

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