Encuentro cercano con el fantasma del coronavirus

Por Vicente Morín Aguado

En un Walmart.

HAVANA TIMES – Trabajo al aire libre, estos días son calurosos y ejecuto mi faena en cierta soledad, lejos del estornudo ajeno. Pero no puedo evitar el autobús dos veces de ida y vuelta. 

Hoy, al montar el último de regreso a casa, evito hasta el agarre de los pasamanos, alcanzando un asiento en la tercera fila de la banda del chofer. Éramos escasamente cuatro personas en la guagua, sin embargo, justo a mi lado, en la banda derecha, una mujer tosiendo cabizbaja llamó mi atención.

Comencé a rezar para que no apareciera un inoportuno nuevo pasajero en la siguiente parada y así abreviar mi estancia en aquel recinto rodante. El siguiente pare y estaría bajándome con presteza.

La pobre señora no lograba controlar su tos, acompañada de algunas flemas, porque sonaba el fluido en su nariz, y sentí más que escuché algunas lágrimas cuando tomó el teléfono, explicándole su delicada situación a alguien de su plena confianza, en un inglés que no entendí muy bien por su hablar discreto mezclado con sollozos.

La tos continuaba, síntoma tan repetido por los médicos al hablar sobre el enemigo público No. Uno oficialmente registrado como Covid-19, así que decidí mudarme de asiento.

Hasta entonces solo un refilón de mi ojo derecho había observado a la desesperada mujer. No me atreví a mirarla de frente, pensé que hería su agobiada sensibilidad si lo hacía. Lo mismo era levantarme, cosa que finalmente logré en un deslizamiento sigiloso hacia delante cuando el bus iba ya cerca de mi punto de bajada.

Juro que logré mantener el equilibrio sin tocar pasamanos, agarraderas u otra parte del autobús. Bajé sin volver la vista, enrumbando a mi apartamento como un caballo de quitrín al que le dieron el oportuno fuetazo.

Escaleras sin tocar barandas; picaporte protegido por mi pañuelo; mochila que dejé caer sobre un mueble, terminando en la bañadera con el agua caliente atacando mi cuerpo. Hasta el reloj se bañó esta vez, suerte que los japoneses fabrican el Orient a prueba de agua.

Ruego por la señora de la tos, deseándole tal vez un leve resfriado o una alergia ocasional al aire acondicionado. Será mi obligado consuelo.

Al comenzar esta jornada, ocupé los minutos de espera por la próxima guagua curioseando en un Publix cercano. Habían colocado un recipiente con toallitas sanitarias para que cada persona se lavara las manos antes de entrar. Igual han hecho otras cadenas vendedoras de alimentos, literalmente invadidas por una avalancha de ansiosos compradores al punto que, en este país de la infinita abundancia, ha caído la tarde con estanterías vacías en las poderosas Walmart.

Esta mañana vi una patrulla de la policía a la entrada del supermercado. La abundancia no es capaz de eliminar el desasosiego de la gente.

 

 

 

 



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