En el Día de la Virgen trina

Atabey, Caridad, Ochún, madre de todos los cubanos

A María Matienzo y con ella a todos los que hoy se atrevieron…

Por Vicente Morín Aguado

HAVANA TIMES – El 8 de septiembre debería ser en Cuba un día de sol, sin manchas grises cerrándole el paso a la gente en las calles, repletas del amarillo de la naturaleza, invocando al mar de donde nos vino la Patria con figura de mujer. La ocasión me recuerda el encuentro con un viejito ilustre por la bahía de Nipe, donde apareció la Virgen de la Caridad del Cobre alumbrando el nacimiento de nuestra nacionalidad.

Olga Portuondo, última rastreadora de una corrida interminable en busca de la cubanía descarriada, identifica al personaje: “Cada vez que se quiere dar la imagen de lo cubano se expresa con la Virgen del Cobre y los tres Juan. No por casualidad, ese notable ensayista cubano, José Juan Arrom, dejó dicho que los que iban en la barca representaban al pueblo de Cuba.”

No parecía cansado aquel cuerpo menudo, pese a sus 70 años y 2200 kilómetros de viaje desde New Haven. Ligero con tantos títulos encima, el profesor emérito de Yale invitaba a un recién graduado de La Habana. La verdadera distancia eran los veinte años de tabúes sobre el país donde ejercía su magisterio tan ilustre personaje. Arrom era huésped de Fidel Castro, integrante de lo que el Comandante había considerado digno de llamarse “comunidad cubana en el exterior.”

Descubrí la lexicografía antillana al mismo tiempo que el gentilicio cubanoamericano, mientras un infeliz dirigente del Partido Comunista, en la provincia de Sancti Spíritus, confundía “lengüista” con lingüista, presentando al profesor que nos contó sus pacientes descubrimientos sobre el idioma taino, hasta entonces una porción desaparecida de la cultura nacional.

Súbitamente supe de otro pedazo de mi país allende los mares, habitada por cubanos tan patriotas como yo. Atabey apareció con figura nueva, ya no era un pedazo de madera o piedra, ficha material de la Formación Económico Social clasificada “Comunidad Primitiva” según el estricto esquema de Carlos Marx. Los aborígenes adoraban a la Madre de Dios; en su teología contaban con Atabex o Atabey, señora de las aguas, divinidad relacionada con la luna, las mareas y la maternidad, deidad femenina de gran fuerza creadora. 

La española Virgen de la Caridad se hizo india primero, y africana después, para terminar tan cubana como los patriotas que la guardaban en sus pechos; armadura ideológica, al parecer mucho más eficaz que el marxismo leninismo y, sobre todo, nada discriminatoria.

Aquella figura flotando sobre el mar dejó de ser la fábula católica merecedora de una leve sonrisa tolerante, misericordia de un pensamiento superior ante la simpleza de ridículos creyentes.

De 1604 a 1612 ocurrieron hechos que marcaron el nacimiento de una mentalidad nueva, aparecieron los criollos, la gente de la tierra, cuya evolución posterior explicaba mejor que el obligado discurso de Fidel Castro sobre sus renombrados “Cien Años de Lucha”, por qué Carlos Manuel de Céspedes había retado el poder de España en 1868.

En 1604, bayameses antecesores del Padre de la Patria se habían rebelado contra el gobernador, porque les impedían comerciar libremente con otras naciones, burlando el monopolio español. Por esa misma fecha, Silvestre de Balboa escribió el inmenso poema Espejo de Paciencia, manifestación inicial de una sensibilidad hacia lo criollo, marcando la diferencia frente a lo europeo.

El obispo Don Juan de las Cabezas Altamirano es secuestrado por el pirata Gilberto Girón, quien pide rescate, sin embargo, un valiente soldado logra liberarlo, matando al temido bandido:

“Luego pasó, con gravedad y peso,
Un mancebo galán de amor doliente,
Criollo del Bayamo.
Luego pasan otros:
Y Rodrigo Martín, con indio gallardo.
Y baja don Gilberto, bien armado y acompañado, así y todo, en la batalla que inmediatamente se traba, el jefe pirata muere a manos de uno de los criollos. De ese cubano canta Balboa:
¡Oh, ¡Salvador criollo, negro honrado!
Vuele tu fama y nunca se consuma,
Que en alabanza de tan buen soldado
Es bien que no se cansen lengua y pluma.”

Era temprano para llamarlos cubanos, pero se distinguían claramente de los peninsulares: “La calidad del criollo no la daba la proporción de sangre europea, indígena o africana que corriese por las venas de un individuo. La daba el haber sido conformado por esa nueva sociedad, sentir apego a la tierra nueva, ver y saborear sus cosas con pupila y gusto de acá, hablar y pensar en español con un dejo americano; en fin, ser el hombre nuevo del Nuevo Mundo.” (Arrom, 1980)

Y entonces surge Juan Moreno, un niño esclavo por el vientre, acompañando a los hermanos Juan y Rodrigo de Hoyos, de ascendencia indígena, de vuelta en un bote, cargados de sal, enfrentados a una luz como jamás se vería otra en Cuba:

“Embarcados en una canoa para dicha salina y apartados de dicho cayo Francés, vieron una cosa blanca sobre la espuma del agua que no distinguieron lo que podría ser, y acercándose más les pareció pájaro y ramas secas. Dijeron dichos indios, parece una Niña, y en estos discursos, llegados reconocieron y vieron la imagen de Nuestra Señora de la Virgen Santísima, con un Niño Jesús en los brazos sobre una tablita pequeña, y en dicha tablita unas letras grandes las cuales leyó dicho Rodrigo de Hoyos y decían: “Yo Soy la Virgen de la Caridad”, y siendo sus vestiduras de ropaje se admiraron que no estaban mojadas.”

El texto pertenece a una declaración jurada del Juan negro, copiada ante testigos en 1687, cuando dice tener 85 años de edad. Debemos agradecer a otro buscador de verdades, también exiliado, Leví Marrero, el descubrimiento del citado documento en los archivos de indias de Sevilla.

El milagro de la bahía de Nipe tiene antecedentes igualmente asombrosos. El padre Las Casas cuenta que algunos soldados de Velázquez encontraron en una aldea Taina la figura de María en lo que sería un altar, cuidada y adorada por el cacique de Cueibá, junto a la costa sureste del actual Camagüey. Las crónicas españolas dan cuenta del naufragio de Alonso de Hojeda en 1509, quien había dejado una imagen pintada de la madre de Dios, como regalo al cacique de la mencionada región.

Atabey se fundiría en la mentalidad indígena, convirtiéndose en una peculiar Caridad del Cobre, en tanto los africanos, como es bien conocido, darían el cuerpo de la zalamera Ochún a la misma madre del Dios cristiano.

Fernando Ortiz, padre de la etnología cubana, maestro de muchos, entre ellos de Lidia Cabrera y del propio profesor de Yale, adelantó la conclusión básica de nuestro breve ensayo: “Según desde donde se le mire, la Virgen del Cobre es María, es Atabex y es Ochún, es decir, una trina, como nos proponíamos demostrar.”

La combinación de ateísmo, fundamentalismo ideológico y discriminación política aletargó la debida compresión de nuestra historia, desvirtuando con alevosía el genuino papel de la Virgen del Cobre en la interpretación histórica del origen de nuestra nación.

El resultado apunta hacia la nefasta división entre cubanos en la Isla y cubanos en la diáspora. El 24 de enero de 1998, minutos antes de la coronación de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre como Reina de todos los cubanos, el arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice Estiú, dirigiéndose a su santidad Juan Pablo II, marcó un hito en los anales de la cubanía al decir:

“El cubano sufre, vive y espera aquí, y también sufre, vive y espera allá afuera. Somos un único pueblo que, navegando a trancos sobre todos los mares, seguimos buscando la unidad que no será nunca fruto de la uniformidad, sino de un alma común y compartida a partir de la diversidad.”

“Por esos mares vino también esa virgen, mestiza como nuestro pueblo. Ella es la esperanza de todos los cubanos, ella es la madre cuyo manto tiene cobija para todos los cubanos sin distinción de raza, credo, opción política o lugar donde vivan.”

La inmensa mayoría de los que colmaban la plaza dedicada al héroe de nuestra independencia, Lugarteniente General Maceo Grajales, desconocían que su nombre de pila era Antonio de la Caridad.

2 thoughts on “En el Día de la Virgen trina

  • Ruben, su ensayo es muy enjundioso, apasionado, le agradezco. Sobre todo en lo referente a la iglesia católica y su papel.
    Yo en lo personal me inclino hacia la versión de Arrom sobre la virgen de Illescas, pero no quise restarle al mito y menos en la fecha.
    De a todas la virgen es nuestra. Eso es tanto que no hay porqué preguntar.
    Lo demás, aunque muy interesante, es historia común a quien la escriba.
    Un placer leerle,
    Y hasta otra.

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