Ella Baila en la Disco

Por Amrit

Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 26 nov. – Cuando veía la grabación que anda de computadora en computadora sobre lo ocurrido en el cabaret Guanimar, en las playas del este de la Habana, donde unas jóvenes del público, instadas por el animador  del show, convierten el escenario en un set de pornografía, me acordé del conflicto que vivió mi hijo con una niña de su aula, que lo acosaba sexualmente.

En un país como Cuba, la sentencia machista de: “un macho debe aprovechar cualquier hembra que se le regale,” es implacable, pero mi hijo decidió correr el riesgo y rechazó a la niña usando la violencia.  Fue lo único que funcionó.

Cuando, un tiempo después, me contó que, en ausencia del profesor, cuatro muchachitas sujetaron a otro alumno, le abrieron la portañuela y le sacaron el pene… ya no me asombró.   Viendo en la grabación del Guanimar cómo unas muchachas, por una caja de cerveza, se desnudaban, bailaban y se manoseaban, pensé que como el cáncer, la metástasis moral nunca comienza en el escándalo.

Hace ya tiempo que los video clips descollan por el uso de la imagen erótica femenina, brutalmente deshumanizada en los de reggaetón, ¿Cuando fue  que estos videos dejaron de ser “picantes,” para volverse “amargos” de tan atroz que es su sabor sexual?

Cuando escribí para esta revista sobre ese falso poder que confiere el uso de la imagen sexual, muchos me acusaron de moralista.  ¿Qué hay de malo en ser puta?  –comentó una lectora. Lamento que en ninguna clase de historia o de literatura, cuando me hablaban de Martí (siempre el Martí político), me dijeron que él dedicó a las mujeres consejos tan sabios como éste: “Lo primero que un hombre ve en una mujer es una presa.  (…) Rebelaos, oh, mujeres, contra esas seducciones vergonzosas, ved antes de daros si se os quiere como se adquiere una naranja, para chuparla y arrojarla…”

Al imitar una conducta que se promueve mediáticamente, tenemos el derecho de conocer no sólo la postal que nos venden, y esos patrones sexuales que las nuevas generaciones ya absorben y reproducen no han tenido tiempo siquiera de asumirlos con sinceridad.  Para rematar, esta “libertad” condena por igual a hombres y a mujeres, pues priva al ser humano del derecho a experimentar en su propio universo sensorial sin ser manipulado.

Que la televisión y el cine propaguen valores distorsionados vorazmente consumidos por niños y  jóvenes, que en muchos video juegos el héroe ya no sea el “bueno” sino tan malo como el enemigo y que triunfe con los peores métodos, que la palabra “luchar” sea un eufemismo para justificar desde la prostitución hasta la estafa o el robo, denota que la corrupción tiene ya un trayecto largo, y no precisamente invisible como el cáncer.

Por supuesto que lo del cabaret Guanimar es mucho más que un problema político o religioso.  Sí, hay algo que achacar a la religión, y es la visión difundida del sexo como algo que debe ser soportado y sometido.

Los dogmas son un concepto estancado, desligado de la vida y sólo consiguen, además de un control temporal basado en la coacción, la consecuente reacción que puede llevar el péndulo muy lejos, en sentido opuesto.

Y sí hay una responsabilidad política: la permisión de estos videos clips, juegos, música bailable cuya lírica es casi pornografía sonora.  En Cuba, no puedo asegurar que estos video clips se exhiban en la televisión nacional, pero sí los he visto en televisores de tiendas, cafeterías donde entran incluso niños a consumir sentados, lo que implica un tiempo considerable asimilando esas imágenes.

He ido a más de una fiesta infantil donde sólo se escucha reaguettón mientras tiernas niñitas se agitan con movimientos obscenos.  Hace mucho tiempo que en las fotos que tradicionalmente se hacen las adolescentes cubanas al cumplir quince años, hay una sesión destinada a sacar (o forzar) el talento de stripper.

Hemos padecido por siglos hostigamiento social, físico y mental, (incluso un espacio tan íntimo, tan privado como el mental) y es triste cómo la libertad alcanzada con tanto dolor, ante nuestros propios ojos: se degenera, y nos deshumaniza.

Veo en las generaciones más jóvenes casi el mismo rechazo a la inocencia como el horror que generaciones anteriores, acosados por la iglesia, tuvieron que padecer por el deseo carnal.  Y tampoco es un mundo feliz, y aún no hemos visto cuánto alcanza la metástasis.

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