El nuevo presidente: ¿Hola y adiós?

Por Ernesto Pérez Castillo  (Progreso Semanal)

Foto: David Pennington

HAVANA TIMES – Ahora que recién tenemos Constitución nueva, economía planificada de aquí al 2030, un calendario legislativo de casi una década y hasta presidente de la República —aunque nos faltan muchas, pero requeté muchas otras cosas todavía—, deberíamos tomarnos un corto respiro que alcance para ver con calma los pendientes que entre lo hecho y el olvido se nos van acumulando.

Con el último aumento salarial, que ciertamente fue grande, aunque solo alcanzó al sector presupuestado, ahora ya la gente que trabaja tiene de su lado casi la mitad de lo que le hacía falta para el día a día: la verdad es que resulta poco más que dinero de bolsillo, pero es mucho mejor que el monto salarial anterior.

Y hablando de salarios, de lo mucho o lo poco que la gente gana por hacer bien o mal aquello por lo que le pagan, algo que no sé y de lo que me gustaría enterarme, por ejemplo, sería saber a ciencia cierta, con datos transparentes y oficiales, cuánto ganan nuestros funcionarios. Eso: cuál es la cifra contenida en el sobre cerrado que mes tras mes reciben los ministros, los viceministros, y junto con ellos también, por qué no, cuánto será también lo que recibirán nuestros futuros gobernadores provinciales y sus vicegobernadores.

Se la pasa uno cuestionando si el salario por fin sirve para algo o para nada, pero sin tener la más mínima idea de cuánto, ya sea mucho o poco, le pagamos mensualmente a los más altos servidores del Estado ni de cómo se las arreglan para vivir, ni si lo que ganan los protege o los expone a la corrupción, si pueden o no con sus dineros bien habidos sustentar con decencia a sus familias o si, por el contrario, deben también ellos y sus hijos pasar trabajo, apretarse el cinturón, improvisar sobre la marcha y sobreponerse a la tentación de inventar, resolver por la izquierda, meter la mano debajo de la mesa, hacer la vista gorda, mirar de vez en cuando hacia otra parte, “luchar” la vida.

Me gustaría saber, por supuesto, y me preocupa, cuánto ha de recibir en pago, de ahora en adelante y por su noble trabajo, aquel cubano que nuestro Parlamento elija cada vez para el nuevo puesto de presidente de la República, y saber también cuántos días de vacaciones tendrá al año, y saber, además, en qué casa va a vivir mientras ocupa el cargo. Cosas así, como cuál será el presupuesto del país para mantener todo eso funcionando. Esa tendría que ser información pública, discutida y consensuada.

Y todavía más: yo que solo sé que no sé nada, tampoco sé si ya se sabe qué vamos a hacer con nuestro presidente después que haya cumplido el término del mandato constitucional de sus buenos y diez largos años en el cargo. Eso nadie me lo ha dicho, ni se lo han dicho a nadie que yo conozca, ni está escrito, en blanco y negro, en ninguna parte. Y me interesa, me concierne: tiene que ver conmigo y con el bolsillo de todos nosotros.

Eso es algo que desde ya debería ser pensado. Esa persona, y los que le sigan en el cargo, va a enfrentar de cinco a diez duros años de trabajo… ¿y después? ¿Hola y adiós? ¿Pasará a “ocupar otras funciones”? ¿Le otorgaremos un salario vitalicio? ¿Su retiro le alcanzará, a él sí, al menos para vivir como es debido o será solo algo simbólico, otra formalidad vacía, como la mensualidad que recibe el resto de los jubilados, que da más pena que ganas de retirarse después de tanto tiempo, de toda una vida de trabajo?

Y ya, una vez jubilado, ¿tendrá que irse a vivir en cualquier parte? ¿Va a regresar a vivir en la casa que le heredaron sus padres, o tendremos un sitio habitable y digno que otorgarle? ¿En cualquier barrio, o en un barrio aparte?

Todavía hay mucho que hacer en lo adelante, mucho en qué pensar y mucho por decidir, pero sería bueno ir previendo también estos detalles, que no deberían resolverse a dedo, a última hora, ni al capricho o al antojo de nadie. Que queden por escrito, en una ley que apruebe el Parlamento y que no deje margen al abuso ni al exceso, pero tampoco a la ingratitud o al olvido. Y si de casualidad ya todo estuviera pensado, escrito y aprobado, entonces deberíamos saberlo, ser los primeros en enterarnos, que a fin de cuentas somos los dueños, quienes pagamos.



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