El Día Mundial del Refugiado y mi lugar en él

El pasado sábado 20 de Junio se conmemoró el día mundial del refugiado.

Por Arielka Juárez

HAVANA TIMES – Hoy se contabiliza casi 80 millones de personas obligadas a huir de sus casas y comunidades para salvaguardar sus vidas y buscar seguridad. Esta cifra fue reportada por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), estableciendo un récord después de varios años de aumento constante.

Desde el 2018 son parte de esta cifra más de 100.000 nicaragüenses que han huido a causa la crisis política y social, causada por el gobierno de la pareja Ortega-Murillo.  

El Secretario General de las Naciones Unidas recordó a todos los países que es su responsabilidad dar protección a los refugiados, por su parte ACNUR exhortó a la población en todo el mundo a tener empatía con los refugiados.

Hace un año y tres meses que formo parte de la gran lista de solicitantes de refugio en Panamá. El proceso acá para solicitar refugio es sencillo en cuanto a los pasos a seguir:

1- Te presentas temprano con tu pasaporte en la Oficina Nacional Para la Atención de los Refugiados (ONPAR).

2- Sí eres mujer, no vestir prenda que deje ver los hombros. (No entiendo por qué de esto)

3- Esperas pacientemente un turno para ser atendido. Te piden tu pasaporte, tus datos y te pasan a una sala para que completes un cuestionario sobre la razón de solicitud de refugio. (mientras más detalles mejor)

4- Te toman una foto. 

5- Te entregarán una hoja de papel con tu foto y un código QR que será tu documento de identidad a partir de ese momento.

6- Te darán una cita para que una persona de ONPAR te haga una entrevista para verificar tu testimonio, esto puede ser dos o tres meses después de tu primera visita a ONPAR.

Con eso ya eres oficialmente solicitante de refugio. Mientras estás en este proceso no puedes salir del país, no puedes trabajar, no puedes arrendar una casa, solo puedes existir.

Emocionalmente es duro, tomando en cuenta que vienes de una experiencia dolorosa, que has dejado a tu familia atrás, que has perdido todo lo que tenías y lo que eras.

A eso se le suma el trato de las personas que te atienden. A mí me tocó un trato hostil, personas con aires de superioridad, visiblemente incómodas de atenderme, desde el señor de la puerta que no responde el “buenos días”, hasta la persona que te entrevista sin mirarte a los ojos y, cuando lo hace, puedes sentir su desprecio.

Estoy clara que soy una solicitante de refugio con privilegios, con una carrera terminada, una trayectoria profesional que me brinda herramientas de trabajo en varias áreas, y con amistades, aliados, abogados y defensores de derechos humanos que me han guiado. No puedo imaginar lo que sienten las personas que no cuentan con estas condiciones. 

Con este inicio de vida como solicitante de refugio llegan los trabajos informales, los abusos laborales, las estafas y la discriminación. A pesar de mis privilegios también he trabajado por meses para un proyecto que, al final, no me pagaron; he aplicado a trabajos online para mi país donde, a pesar de mis capacidades laborales, han concluido que trabajar conmigo significa un riesgo; me he quedado meses a merced del apoyo económico de familiares y amigos cercanos. Nuevamente privilegiada por tener esta posibilidad, no como muchos que la pasan muy mal, como es el caso de mi amigo D.C.

D.C. llegó a Panamá después de la sangrienta operación limpieza de 2018, antes de esto vivía en Diriamba, estudiaba odontología en la UNAN Managua, le faltaba un año para graduarse, de hecho ya tenía un pequeño consultorio en casa.

D.C. es un chavalo inteligente, sensible y con muchos sueños, sueños que he visto enterrar en este tiempo, he visto transformar sus aspiraciones en deseos de subsistencia y he visto sangrar sus manos por trabajar recogiendo chatarra.

D.C. vive en un barrio en las periferias de la ciudad. Me cuenta que le estresa salir del barrio porque la policía lo detiene constantemente en la calle, algunos oficiales no reconocen el documento temporal que nos da ONPAR y, simplemente, se lo han llevado a la estación, donde después de algunas horas y verificar la información de su expediente por medio del código QR lo dejan ir, pero sin duda estas son experiencias que desgastan, y van golpeando la dignidad.

El sábado hablamos, D.C. me decía que no podíamos conmemorar el día de los refugiados puesto que aun somos solicitantes de refugio, no tenemos estatus de “refugiado”, y nos reímos. Es verdad, aunque los derechos humanos nos incluyan en el mismo paquete, como solicitantes de refugio no podemos ejercer muchos de nuestros derechos y, en momentos de crisis como el actual COVID19, pasamos a ser olvidados, no hay quien responda por nosotros o nos brinde apoyo.

Hablamos de las cosas que hemos vivido, hablamos del coronavirus y nuestros miedos, más que el miedo a enfermar es el miedo de lo que pueda pasar con nuestras familias, con la gente que amamos y que están siendo víctimas del abandono del gobierno nicaragüense, víctimas de las pobres medidas asumidas para afrontar la pandemia o de las mentiras y desinformación alrededor del tema.

Hablamos de las heridas de nuestra historia como país, de las que se están abriendo ahora mismo, de la diferencia entre el duelo de las muertes de los 80s y las muertes del 2018 y las muertes del 2020 por coronavirus. ¿Contará este último, el descuido a la población, como genocidio premeditado? Podemos creer todo de este gobierno.

Soñamos en voz alta con regresar a festejar la caída de la dictadura. Nos prometemos contar a nuestros hijos todo lo que hemos vivido, no olvidar la historia para no repetirla.

Ser solicitante de refugio no es algo de lo cual avergonzarse, la vida nos da más palo, y duelen más los pedazos del alma, pero también forman cayos que espero ayuden a escribir estas memorias. 

 

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