Eirik del Hollander; un abrazo con Piet Heyn

Historias de turistas

Vicente Morín Aguado

Statue of Piet Heyn in Matanzas, Cuba. foto: nl.wikipedia.org

HAVANA TIMES — Cuando me presentaron a Eirik, tan holandés como su apellido, le recordé al célebre corsario Piet Heyn, considerado un Héroe Nacional en los Países Bajos.

La cita fue suficiente para entablar una empatía, duradera hasta el final de su extenso recorrido por el occidente cubano.

Alto, de excelente rostro con penetrantes ojos verdes, tal vez demasiado delgado en su estatura, me exigió darnos un abrazo con Piet Heyn donde quiera que él estuviese.

Nada más fácil –le contesté– basta con irnos hasta la ciudad de Matanzas, exactamente frente a la bahía donde en 1628 capturó el mayor tesoro quitado a los españoles por piratas y corsarios en Las Américas.

Luego de dos días recorriendo La Habana, el desgarbado hijo de Utrecht hizo un tiempo conmigo, frente a frente en una mesa, organizando un recorrido de varios días con la ruta Pinar del Río, Trinidad, Santa Clara, Matanzas, La Habana.

Enseguida llamé a Bárbaro, excelente chofer-propietario de un BAM –VW, muy a propósito para nuestro plan. El pequeño autobús tenía diez asientos, incluyendo al conductor. Seríamos solamente tres, pero Eirik podría extender cómodamente sus largas extremidades y hasta dormitar si lo deseaba.

Partimos de la capital, rumbo al Mariel, recorrido un tanto más largo que el habitual por las “Ocho vías”, pero de mayor interés, mostrándole los paisajes de nuestra campiña, con sus pequeños pueblos, las casas aisladas de los campesinos y el hermoso paisaje de la Sierra de los Órganos. Finalmente conectamos con la carretera principal, para alcanzar Soroa, famosa su Salto de Agua y un inigualable orquidiario.

Viñales, paisaje emblemático del occidente cubano, entre suaves lomas pizarrosas y escarpados mogotes calcáreos, encantó al holandés, especialmente sus cavernas. Allí admiró la rebeldía de los negros esclavos huidos al monte, en la célebre cueva-museo de Los Cimarrones. Pueblo de apenas veintisiete mil habitantes, su gente encanta por conversadora y hospitalaria, pero sin esa exagerada pegajosidad tan frecuente en la cosmopolita capital cubana.

Volvimos atrás en la geografía, retrocediendo seis cientos kilómetros destino a Trinidad, aunque al sur de Matanzas doblamos a la derecha para besar las arenas de Playa Larga y Playa Girón, tan adentro en nuestra historia. Allí la epopeya se mezcla con la naturaleza: Museo sobre la Victoria de Girón, conocida internacionalmente como “Bahía de Cochinos”; criadero de cocodrilos en la Laguna del Tesoro y hermosas playas donde relajarse.

Der Hollander, puro neerlandés, era estricto con los gastos, sin por ello olvidar las tres comidas del día o un ocasional refresco. Preguntaba poco, en tanto todo lo observaba. Intrigado porque tomaba escasas fotos, me respondió que guardaría en su mente las imágenes de lo vivido:- Los turistas suelen fotografiarlo todo, pero así mismo lo olvidan después.

Trinidad nos recibió con sus calles y casas, excelentemente conservadas como hace siglos atrás, orgullo de sus casi ochenta mil habitantes, que están prontos a celebrar el medio milenio de una de las “Siete Villas” fundadas por el conquistador Diego Velásquez.

De vuelta al Oeste, no pudimos ascender el macizo montañoso del Escambray, cuyos mil metros de altura eran demasiados para el pequeño motor de nuestro VW, muy económico en cuanto al combustible. Volvimos por la bellísima carretera de la costa sur, salpicada de puentes que curvean sobre la desembocadura de numerosos ríos venidos de las sierras que lamentablemente no visitamos.

En uno de estos puntos de encuentro entre el agua dulce y la salada, decidimos detenernos. Bárbaro, de quien poco hablo y mucho hizo, me sorprendió colocándose los atributos de pescador submarino, junto a la excusa de un… “ahora vuelvo”.

Eirik aprovechó para fijar el paisaje con sus brillantes ojos verdes, mientras yo bebía lentamente una cerveza, regalo de ocasión que mucho apreciaba, conociendo los hábitos de mi compañero. Al cabo de un buen rato, por un lado veo regresar al holandés y por el otro a nuestro hábil chofer, haciendo honor a su nombre con unos cuantos pescados en ristre.

Ni que decirles el disfrute de aquel almuerzo improvisado, servido con destreza por el cocinero de la pequeña cafetería junto al río. Merecida la propina que recibió. El resultado fue un viaje sin escalas hasta Santa Clara, la ciudad del Che Guevara.

De retorno, siempre al occidente, bebimos cervezas directamente desde los envases originales de la fábrica de Manacas. Esta vez el hijo de Utrecht empinó el codo, luego viviríamos el único momento desagradable del viaje.

A la salida del pueblo, nos detiene un control policial de rutina, muy común en las carreteras cubanas. El policía, muy amable, solicita los documentos: los nuestros en orden, pero Eirik había olvidado su pasaporte en la casa donde durmió allá en Santa Clara. Necesariamente teníamos que regresar por este imprescidible identificación. Volvimos atrás los kilómetros recorridos, pasamos una vez más frente a Manacas, ahora inolvidable, llegando, ¡al fin!, a la muy esperada Matanzas.

El puente sobre el río Canímar nos dio la bienvenida, ya con luces encendidas en la ciudad. No perdimos el tiempo, fuimos directamente al Malecón de la bahía, donde nos esperaba, eterno como sus hazañas, el gran corsario que arrebató a los españoles 80 toneladas de plata, decenas de kilogramos de oro, miles de perlas y otros tesoros, provenientes de las minas mexicanas. La pequeña Holanda cobraba venganza de sus opresores, frente a los cuales luchó antes por la independencia.

Esta ves abundaron las fotos junto a la escultura de bronce, tamaño natural, confeccionada por otro holandés, Willen A Bermon, quien nos dejó este regalo, tal y como lo hiciera en otras partes, con Erasmo de Rótterdam, Picasso y Churchill.

Debimos pagar a un parqueador servicio extra porque Eirik vislumbró un bar discoteca cercano, con servicio de comida, donde el holandés brindó por su país y el nuestro, sin límites esta vez, a no ser hasta cierto punto las chicas, bailando e invitando, pero sin compromisos posteriores.

Regresamos por la Vía Blanca, admirando los puentes sobre el río San Juan, el Yumurí con su hermoso cañón y especialmente la maravilla constructiva del Cumanayagua. La Habana nos recibió un tanto agotados, pero contentos, con la seguridad de que este neerlandés era un hombre diferente, dispuesto a emprender sus nuevas responsabilidades como Ingeniero Químico en la poderosa transnacional Unilever, cumplimentando el regalo de sus padres tras su graduación universitaria.
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Vicente Morín Aguado – morfamily@correodecuba.cu

One thought on “Eirik del Hollander; un abrazo con Piet Heyn

  • No sé como puede ser Santa Clara ciudad del Ché Guevara? Pasó por allí el 30 y 31 de diciembre de 1958 tirando tiros y después le hicieron el mausoleo y pusieron allí sus huesos. ¿Y?¿Qué más? Ciudad de Marta Abreu que hizo allí mil cosas y se desvivió por sus gentes.

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