De la lealtad a la complicidad

Haroldo Dilla Alfonso

Foto en una guagua de La Habana por Caridad.

HAVANA TIMES, Oct. 5 — En los momentos en que el gobierno cubano expulsa del mercado laboral a cientos de miles de cubanos y se organiza el país de acuerdo con las reglas del mercado, vale la pena discutir hasta donde es ética la lealtad política en nombre de una revolución que ya murió.

Hace más de una década dos intelectuales cubanos –el exiliado Jesús Díaz y el residente en la isla Aurelio Alonso- contendieron sobre un tema que hoy cobra gran relevancia: en que medida el silencio de los intelectuales cubanos ante el sistema político de ese país significaba lealtad a un proyecto político o simplemente complicidad.  Entonces Aurelio replicaba a Jesús su crítica a los intelectuales cubanos que vivían en la isla –a los que éste último reprochaba el “silencio” ante los peores rasgos del régimen político- y en cambio revalidaba la lealtad de esos intelectuales con el más genuino programa revolucionario.

Creo que hay algo de razón en lo que Aurelio reclamaba entonces.  Ese fenómeno de cambios radicales que se ha dado en llamar Revolución Cubana, ha sido un fenómeno de fuertes disensos –en un decenio colocó a cerca de un millón de cubanos fuera de la isla- pero también de fuertes consensos.  Desconocer esta realidad es perder de vista el meollo de la política cubana en los últimos cincuenta años, y con seguridad una variable que pesará por otros cincuenta.  Y los intelectuales cubanos que decidieron permanecer en la isla han sido partes muy activas de estos consensos, construyéndolos y consumiéndolos.

Si analizamos que estos intelectuales –o al menos sus figuras consagradas- pudieron tener oportunidades de vida (material y profesional) muy superiores fuera de Cuba, entonces el compromiso que asumieron es loable.  Permanecieron en Cuba, hicieron arte o ciencia de la manera que pensaron podrían aportar mejor al futuro de la nación y contribuyeron así al desarrollo intelectual de una sociedad.

En ocasiones el compromiso los llevó a sumergirse en los barrios pobres de las ciudades o en las comunidades campesinas, pagando con muchas incomodidades –incluyendo las reyertas con los licantrópicos comisarios partidistas- sus vocaciones sociales.

Tenis de venta en mondeda dura. Foto: Caridad

A pesar de la emigración y de las exclusiones que produce el gobierno cubano, Cuba cuenta con intelectuales de talla internacional.  Solo en las ciencias sociales, para ejemplificar donde conozco mejor el escenario, figuras como Juan Valdez Paz, Aurelio Alonso,  Mayra Espino, Oscar Zaneti, Mario Coyula, Carlos García Pleyán, Hiran Marqueti y Natalia Bolívar, entre otros igualmente meritorios, visten de gala la producción teórica de cualquier país.  Y ello es un activo muy valioso del futuro nacional.

Creo que este afán de compromiso –lealtad según Aurelio Alonso y silencio cómplice según Jesús Díaz- merece un breve repaso motivacional.  Aún cuando en la historia revolucionaria y postevolucionaria de Cuba podemos encontrar muchas manchas imperdonables –sobre lo cual no me detengo ahora- también han existido razones para apoyar.

En los primeros años, los que propiamente podemos llamar revolucionarios, se produjeron actos de justicia social y de independencia nacional que anunciaban un programa de desarrollo y democracia sustancial que la mayor parte de la población percibió como la superación de un pasado frustrante.  Luego, cuando este programa fue sacrificado por el caudillismo autoritario y la esclerosis del llamado “socialismo real,” la alianza con la Unión Soviética proveyó recursos suficientes para organizar la movilidad social ascendente más contundente que haya vivido la sociedad cubana.

Vendedora ambulante. Foto: Caridad

Y cuando este proceso se agotó, se abrió un período de expectativas de cambios en medio de un debate nacional parcializado pero inédito desde 1959 y en el que muchos intelectuales apreciaron una puerta abierta a un futuro mejor.  –Fue una apertura dada por la omisión de políticas más que por una política aperturista propiamente, y se cerró en 1996 con el carpetazo del V Pleno del Partido Comunista.  Aunque desde entonces ha habido muy poco espacio para el entusiasmo, todavía se encendió una lucecita cuando Raúl Castro  llamó a otro debate bajo el signo del cambio.

El problema estriba en que hoy no hay ni lucecitas ni posibilidades de que se enciendan.

Los pasos dados en los últimos tiempos y lo que logramos conocer en una sociedad sin libre acceso a la información, indican que el sector tecnocrático/empresarial liderado por los militares y el Clan Castro está retomando su proyecto de restauración capitalista.  Y que evidentemente ese proyecto se basa en ofrecer al capital internacional asociado una fuerza de trabajo barata, instruida y encuadrada en organizaciones oficiales que solo distan de las políticas gubernamentales en breves detalles.

Se habla de un “programa de desarrollo” para decenios y de una “actualización del modelo,” sin que la arrogante clase política cubana  crea necesario explicar cuál es la meta final, cuales son los costos que ello implica y como se van a repartir.

Porque justamente el quid de la actualización reside en no explicar nada.  Ni a sindicatos genuinamente clasistas que pregunten sobre la distribución del ingreso y la necesidad de salarios justos, ni a grupos ambientalistas que clamen por un manejo más adecuado del turismo de masas en los cayos o por el probable efecto de las perforaciones petrolíferas, o feministas que se preocupen por la extensión de la prostitución y la degradación del rol de la mujer en la sociedad, o de los negros que demanden una rehabilitación de la Habana Vieja que no solo cuente historias de nobles blancos, o, para terminar,  de los homosexuales que quieran conocer cual es la ley sobre el tema que, según la hija del general/presidente, se discutirá en la Asamblea Nacional.

Un ajuste doloroso

Este será un ajuste doloroso económica y socialmente y que profundizará la pobreza de cientos de miles de familias cubanas.  Pero el gobierno cubano se resiste a una apertura económica integral.  Que para lo que aquí nos concierne, permita a estas familias buscar sus realizaciones materiales en los escabrosos espacios del mercado, con el apoyo de los familiares emigrados y de decenas de instituciones internacionales para el desarrollo que apoyan programas de esta naturaleza en cientos de países a nivel mundial.

Qué significará las reformas para la juventud cubana. Foto: Caridad

Ello significaría un grado de autonomía incompatible con un sistema político autoritario.  Y por ello sólo se realizan concesiones parciales, paso a paso, sin un marco legal predecible.  Y acompañado por un discurso que habla hoy de los cubanos como parásitos con la boca abierta y mañana les pide que sonrían a la miseria que se les encima.

El gobierno cubano no parece moverse en ninguna dirección que favorezca los derechos individuales de los cubanos.  El caso migratorio es un ejemplo.  Tras muchas demandas de cambios, tras pronunciamientos de muchas figuras públicas, y tras muchos rumores, el asunto ha quedado sepultado.  Los cubanos siguen sometidos a una política opresiva que les obliga a comprar el derecho a pedir permiso  para viajar.  Siguen siendo víctimas de una práctica mezquina que convierte a la isla en un reclusorio y a cada cubano en un recluido si vive dentro, y en un desterrado si vive fuera.  Ello acarrea numerosos  sufrimientos a la población cubana de ambas partes, y limita el libre desenvolvimiento de la comunidad cubana, dentro y fuera de la isla.  Nada justifica esta política abusiva que no sea la subordinación política de la población cubana a una élite corrupta y reaccionaria.

Lo mismo pudiera decirse de todos y cada uno de los derechos que hoy se consagran como valores universales: libertad de expresión, de reunión, de acceso a la información, de elegir y ser elegido, etc.  Hace ya casi un siglo una comunista polaca que pagó con su vida su vocación política recordó a los bolcheviques que la única manera de pensar la libertad era concibiéndola como libertad para los que piensan diferente.  En Cuba millones de persona piensan diferente, y una parte de ellas consideran que el sistema debe ser cambiado.  Estas personas son reprimidas, perseguidas y encarceladas sin garantías por querer ejercer sus derechos a opinar y criticar en la tierra en que nacieron.

Finalmente nada indica, ni siquiera sugiere con ojo optimista, que la sociedad avance en lo que en algún momento vimos como una construcción democrática alternativa a la democracia liberal.  Nuestro parlamento sigue siendo una caricatura que se reúne dos veces al año por unos cuatro días, por lo que el país se sigue gobernando por decretos.  Las elecciones para diputados siguen siendo una farsa de un candidato por cada puesto a elegir.  No hay descentralización, y los municipios son hoy menos prometedores que hace dos décadas.  Los espacios de participación están acotados por el formalismo y el control político.  El último debate público fue un sainete decepcionante.  El régimen político viola su propia legalidad, de manera que no hay congreso del Partido Comunista desde hace 13 años.  Supuestamente el partido y el buró  que deben dirigir el estado y a la sociedad.

Ya no hay espacio para creer que los silencios, totales o parciales, son el precio de una lealtad con la revolución, el socialismo y la patria, según reza el viejo lema.

Revolución no hay desde 1965, cuando comenzó el aventurerismo destructivo y la institucionalización sovietizante; socialismo nunca hubo y la patria, aunque efectivamente existe, se nos va.  Se nos va en cada cubano que tiene que emigrar para realizar sus aspiraciones.  Se nos va en cada joven que alquila su cuerpo y su alma para poder visitar una tienda en que venden en una moneda diferente a la que pagan.  Se nos va en cada cubano desterrado, o encarcelado por razones políticas.

Y se nos va en cada ocasión en que callamos.

Se nos va, y ahora recuerdo a Jesús Díaz, porque nuestro silencio ya es definitivamente cómplice.

One thought on “De la lealtad a la complicidad

  • Excelente exposicion, cruda, sincera, elegante. Felicito al autor

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