Cuba entre sectas y herejes

El fundamentalismo de la secta castrista se va radicalizando a medida que aumenta la crisis de fe en sus practicantes. (Cubadebate)

Por Yunior García Aguilera (14ymedio)

Muchos de los que se aprendieron de memoria ‘Patria y Vida’ siguen funcionando con la lógica del “patria o muerte”

HAVANA TIMES – Según el Diccionario Panhispánico del Español Jurídico, una secta es un grupo religioso habitualmente caracterizado por un líder carismático, mesiánico y dogmático, con una estructura vertical y totalitaria, que exige a sus miembros un desprendimiento absoluto. Cualquier cubano que lea esta definición podría coincidir en que, efectivamente, la Revolución cubana es una secta. Mucho más ahora que el máximo líder de la doctrina reposa en un altar de piedra, como si se tratara de un faraón egipcio.

El fundamentalismo de la secta castrista se va radicalizando a medida que aumenta la crisis de fe en sus practicantes. Hemos visto a los sumos sacerdotes del Buró Político aferrarse a la roca con la misma devoción de un penitente ante el Muro de los Lamentos. “¡Háblanos, te necesitamos!”, musitan los adoradores de barbas y uniformes ante el rosario de plagas que sufre un país que está tan lejos de Dios y tan cerca de Miami.

Pero el nuevo ungido carece por completo de aquello que los griegos llamaban areté y que podría traducirse como la virtud que te regala el Olimpo. Sobre su hombro no se posan palomas blancas, solo tiñosas de muy mal augurio. Lo único que es capaz de multiplicar son las colas, los apagones y el descontento. El paraíso próspero y sostenible que sigue prometiendo es, en la vida real, el peor infierno imaginable.

Y aquellos que se atreven a disentir son rápidamente excomulgados, satanizados, expulsados de la congregación. Quien escribe estas líneas hace muchos años fue expulsado de los Testigos de Jehová y hoy vuelve a ser un hereje, un judío errante, un apóstata. Ese es mi karma. Pero mi verdadero crimen, mi pecado capital, ha sido negarme a morir en la cruz.

Yo sí creo en eso que llaman “daño antropológico”, lo he visto con mis ojos. He sido testigo de cómo incluso aquellos que se oponen a la secta pueden acabar reciclando sus métodos y su fanatismo. Son como Tomás, el apóstol incrédulo, quien después de ver a Jesús caminar sobre las aguas, todavía necesitaba meterle la mano en la llaga para convencerse de que los milagros existen.

Hay toda una explosión ‘conspiranoica’ y apocalíptica quemando a otros opositores en la hoguera de las difamaciones. No tienen pruebas, pero tampoco dudas. Todo el mundo es traidor hasta que pruebe lo contrario

Muchos de los que ayer querían convertir a cualquiera en mesías y lo empujaban al martirio, hoy afirman que esa misma persona está poseída por los demonios de la Seguridad del Estado. El G2 es más omnipresente que la Santísima Trinidad. Muchos de los que gritan la palabra libertad a todo pulmón en realidad prefieren a sus líderes tras las rejas, para que se vuelvan creíbles. El morbo es más fuerte que la razón y el sentido común. Muchos de los que se aprendieron de memoria Patria y Vida siguen funcionando con la lógica del “patria o muerte”.

En las redes sociales crecen pequeños grupos que se autoproclaman la “única oposición verdadera”. Hay toda una explosión conspiranoica y apocalíptica quemando a otros opositores en la hoguera de las difamaciones. No tienen pruebas, pero tampoco dudas. Todo el mundo es traidor hasta que pruebe lo contrario. Aquel que no concuerde con el nuevo dogma es declarado automáticamente un falso profeta. Las sectas no entienden de democracia, solo de inquisición.

El dramaturgo René Ariza afirmaba que los cubanos debíamos tener mucho cuidado con el Castro que cada uno llevaba dentro. Las versiones Coca-Cola de Fidel son tan malas como el original. Nunca más deberíamos permitir el pensamiento único, las listas negras o los actos de repudio. La patria tendrá que ser de todos o seguiremos, indefinidamente, dando vueltas en círculos. Pero la sociedad civil cubana podría demorar años en sanar las heridas que nos han provocado siete décadas de intolerancia.

Aunque, si de pecados se trata, prefiero pecar de optimista. Solo se necesita un gramo de lucidez para identificar a aquellos cuya mentalidad es tan autoritaria como la propia dictadura. Pueden jurar que su ideología es la opuesta, pueden llenar sus perfiles de consignas anticomunistas, pero en el fondo… son Fidel. Repiten el esquema que excluye al que piensa distinto. Odian la pluralidad de voces. Solo aceptan su propio discurso.

Ahora que se acerca el 11 de julio, cada uno de nosotros debería hacer menos énfasis en la paja del ojo ajeno. Puede que la dictadura esté a punto de caer y ni siquiera estemos listos para evitar un nuevo ciclo de intransigencia. No perdamos un solo minuto en calumniar al otro que también lo está arriesgando todo. Mi verdad, tu verdad, son solo partes de una verdad mayor y más compleja llamada Cuba.

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