Cronicidad agudizada

Por Jetzabel

En el centro de Cienfuegos.

HAVANA TIMES – Cronicidad es una de mis palabras favoritas, y al mismo tiempo punzantes, por eso la utilizo poco. Me trae cierta nostalgia. Médico al fin, soy víctima de recuerdos que me invaden… pacientes dializados, con diabetes, parálisis cerebral infantil, cancerosos, psicóticos con mirada fija, niños autistas, farmacias vacías, “qué caro”, “no hay”, “no hay”, “no hay”… Una lista interminable.

Esta noche me dispuse por inercia a observar el Noticiero. ¡Sí! Ese que los medios audiovisuales cubanos usan con fines deprimentes. “Cuba va adelante”. Y otro país (cualquiera) es un caos. Ver eso me deprime.

De hecho, ya había bajado la cabeza sobre la mesa donde escribía. Ya había sincronizado ese pesar en el pecho de la tarde noche. Un pesar que detesto canalizar. No por pesimista, sino por el mismo leimotiv. Esta vez sin una lluvia que fuera capaz de hacerme la resolución del día…

Hablaron literalmente de una “soberanía alimentaria y nutricional por conquistar”. (Qué asco). De nuevos sistemas alimentarios soberanos y sostenibles. De lograr una cultura alimentaria que contribuyera a una nutrición balanceada y saludable. De producción agrícola y fortalecimiento de medidas productivas. “Y así abastecer al pueblo de carne de cerdo, pollo, pavo” -alegó una trabajadora que fue entrevistada. La habitual verborrea -me dije. ¿Pasando hambre?

No pude comer. Para colmo, como una pesadilla del diablo tampoco pude desahogarme con mi pareja. Él se levantó del inodoro, nauseabundo, y me mostró el producto de una transgresión alimentaria. Preferí callar. No le conté sobre las noticias que se empeñan en reírse en mi cara.

¡Hoy si había pan!

Hoy también caminamos, por suerte, había pan. Compramos y voló. Pasamos nuestras limpias manos, nuestras jóvenes e inocentes manos por las vidrieras de siempre.

Shopping surtidas escasamente con agua, bebidas alcohólicas y pampers.¡La tienda del agua! -exclamó jocosamente mi pareja para atacar mi síndrome de vacío… Pasamos por las colas del pueblo, por rincones de ancianos hacinados, por farmacias sin medicamentos antinflamatorios y antinfecciosos. Por voces y susurros. Por preguntas cómo: ¿dónde compraron pan?

Unas niñas jugaban en una esquina. No creo poder olvidar esa imagen de la pequeña que miró nuestro pan. Volteó la cabeza como quien observa algo mágico. Su mirada se volvió tan fija como la de un paciente psicótico. Su boquita hizo eco como las metástasis. Su cuello se paralizó como un cerebro desoxigenado. Íbamos tan absortos que no atinamos a darle un trozo. ¡Cuánto más le hubiera dado!

La cronicidad del hambre es temática trillada en Cuba. Ni siquiera puedo, por más que me cuenten mis padres, imaginar cuando éramos amigos de la Unión Soviética. Aún no sé por qué a los siete años me denegaron la leche. La misma que le quitarán de la “canasta” a mi hijo próximamente.

Esta sería, sin duda, la época de una cronicidad agudizada. Y nadie puede responderme. Solo me detengo a meditar ante el disfraz de las mentiras y la bajeza.

Agobiada por la censura

Imaginando el terror del periodista graduado, su búsqueda ilusoria de la verdad, sus reportajes de circo, su estampa amordazada, su aura sucia y mustia. No puedo con la CENSURA. Esa es una palabra a la cual muchos le temen.

Temen hablar de la escasez de los productos alimentarios. Pero mi voz se niega a bajar el tono y grito: ¡malditos!, que se bebieron la sangre mambisa hace 61 años. Que olvidaron que los artistas que trascendieron murieron a causa del hambre. Si Arthur Rimbaud resucitara escribiría su segunda Temporada en el Infierno.

Cuánto temor infundido, ansiedad acumulada, años potencialmente perdidos, violencia y desgaste a diario en nuestras calles, en nuestras propias familias. Familias disfuncionales por un pedazo de pan. Cronicidades. Viacrucis. ¡Abre los ojos, cubano!   

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