Cómo salir de los “hombres fuertes” en Nicaragua

Y evitar el culto a la personalidad

Una camiseta con la imagen Daniel Ortega, es vista en la Avenida de Bolívar en Managua, en julio de 2020. // Foto: EFE | Confidencial

Nicaragua ha vivido el 40% de su vida republicana en dictaduras y lucha nuevamente por lograr su libertad contra Ortega

Por Octavio Enríquez (Confidencial)

HAVANA TIMES – En las cuentas de las redes sociales, se pueden encontrar varias pruebas del fanatismo de los militantes del partido de Daniel Ortega. Pero una de las peores es la de policías encapuchados bailando “el comandante se queda” en julio de 2018, tres meses después de iniciada la rebelión cívica que el régimen reprimió con dureza dejando un saldo de 328 asesinados.

Los oficiales celebran la retoma de Masaya, tras meses convulsos donde la población levantó barricadas para protestar contra el régimen y defenderse así de la “operación limpieza” que era oficialmente como las autoridades llamaron al despeje violento de las vías públicas.

No solo los trabajadores del Estado, sino los niños en las escuelas realizan actividades cargando banderas del partido de gobierno por orientaciones de sus maestros. Le recitan a Daniel Ortega y Rosario Murillo, su esposa y vicepresidente y la “compañera” como le dicen los militantes del FSLN. También los empleados públicos celebran los cumpleaños del gobernante y publican además fotos de pasteles con el rostro del “comandante” en sus redes, diciendo que es su “presidente 2021”.

En Nicaragua, el caudillismo y el culto a la personalidad de los que mandan es una tradición recurrente de nuestra forma de hacer política que va claramente en contravía con la democracia.

El país ha vivido el 40% de los 200 años de su vida republicana en dictaduras si sumamos el tiempo en el poder del General José Santos Zelaya (1893-1908), Somoza García (1937-1956), la familia Somoza (1957-1979), los años de la revolución (1980-1990) y la etapa que Ortega abrió a partir de 2007.

El caso de Nicaragua no es un problema electoral, sino una lucha por las libertades, en un momento en que han sido capturados 26 opositores, entre ellos seis aspirantes a la Presidencia. Faltan cuatro meses para los comicios presidenciales y el caudillo parece haber entrado en su etapa más irracional de ejercicio del poder con consecuencias francamente imprevisibles.

Para entender cómo salir de esto, hay que ver más allá de Daniel Ortega, el último engendro de los antivalores de la política nacional, y eso quiere decir revisarnos los nicaragüenses a nosotros mismos para evaluar la cuota de responsabilidad en “ese paisaje folclórico” en que se convierte la tiranía, como bien dijo en su libro la Cultura Política Nicaragüense el excanciller Emilio Álvarez Montalván.

“Consecuencia del personalismo es: el autoritarismo, centralismo y sus expresiones: caudillismo y dictadura. También se derivan del personalismo el amiguismo y el compadrazgo, muy usados en nuestro ambiente político para otorgar puestos, sinecuras, distinciones y favores especiales”, escribió Álvarez Montalván.

La fábrica casera de dictadores—presente en América Latina también— es un tema pendiente de reflexión personal y colectiva. En este momento está claro la urgencia de denunciar a Ortega en un país sumido en crisis, sin institucionalidad y con graves violaciones a derechos humanos. El gobernante se resiste a abandonar el poder. Pensar en lo otro hará, sin embargo, que no se repita el error de buscar a un “salvador de la patria” que termine siguiendo los pasos del dictador anterior.

El reto es mayúsculo, porque se debe cambiar la mentalidad de la población que siente una necesidad en ciertos casos de tener a alguien al mando, que ponga “orden” a las cosas. Se debe hacer énfasis en la educación, en que se necesitan instituciones para desarrollar una nación y no en personas ni “hombres fuertes”. La responsabilidad de los ciudadanos es notoria desde cualquier punto de vista y empieza también formando desde nuestras familias en la necesidad de líderes distintos con respeto al estado de derecho.

Al igual que los empleados públicos con su pastel a Ortega o los policías bailando sobre un baño de sangre en Masaya o tantos ejemplos más de idolatría al líder político actual, en mi memoria recuerdo a un vecino en residencial Las Mercedes al norte de Managua, donde crecí. Este era un carpintero que se detenía frente al retrato de Somoza ubicado en un sitio privilegiado en su taller. Se cuadraba militarmente y se dirigía a la imagen.

—¡Mi general! — le decía, preso de nostalgia, porque él sentía que aquel había sido el mejor gobierno de la historia… es lo mismo que repiten ahora los sandinistas al bailar “el comandante se queda”.

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