Carta desde tierras fronterizas

Foto: Mark Adams

Por Keoki Skinner*

HAVANA TIMES – Cuando construí mi casa aquí en Agua Prieta, Sonora, México, no podía haber estado más al norte y sin embargo aún permanecer en México. En ese momento, la frontera internacional consistía en una mal tratada cerca de malla ciclón. Ahora, tengo un muro oxidado de 18 pies como mi límite norte, y a la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos como mi vecino constante.

Cualquiera que haya viajado por América Latina puede dar fe de que los países de habla hispana tienen una cultura callejera muy viva. Comer en la calle ha sido durante mucho tiempo una forma de vida en México, mucho antes de que los camiones de comida se pusieran de moda en los Estados Unidos.

Con la comida callejera llega la música: grandes bocinas resuenan frente a los negocios, mientras los músicos se pasean cargando bajos, tambores, y las ubicuas guitarras y los acordeones entretienen a los comensales en los restaurantes.

Entonces, cuando escucho que debido a la situación del coronavirus habrá un “curfew”, o toque de queda, me preparo para lo peor.

Para darles una idea de lo importante que es la vida en la calle aquí: el único otro toque de queda del que he sido testigo aquí en Agua Prieta fue hace unos 8 años más o menos, luego de un desagradable tiroteo entre narcotraficantes rivales que portaban armas de calibre 50.

Ahora, un temido virus ha invadido la vida nocturna mexicana, callando los autos que no tienen silenciador y la música norteña que normalmente da serenatas al aire libre durante la noche.

En la segunda semana del toque de queda, me estoy inquietando. En la noche recibí una llamada de un buen amigo que opera un AirBnB en el lado de la frontera de Arizona. David salía a pasear en su bicicleta durante la noche y detecté en su voz que también anhelaba una conversación que no incluya mirar la pantalla de un teléfono.

Salgo de mi recinto y cruzo la Calle Internacional, buscándolo en el lado norte del muro. Está montado en su bici a horcajadas a unos cinco pies de la cerca, en parte por respeto al virus y en parte para proporcionar tranquilidad al agente de la Patrulla Fronteriza, quien se mantiene listo afuera de su camioneta con el motor encendido.

Meto la cara en el espacio estrecho entre los bolardos. Inmediatamente quedo cegado por las poderosas luces que iluminan todo ese acero oxidado como si fuera una instalación de arte mal concebida y mal forjada. Esta ofrece comentarios tristes sobre nuestros tiempos, pero a diferencia del arte, no tiene alternativas esperanzadoras que sugerir. Como si las enormes columnas de acero no fueran más que suficientes, están envueltas con rollos de alambre concertina, que fueron instaladas el año pasado por la Guardia Nacional de Arizona.

El agente de la Patrulla Fronteriza nos observa de cerca. Lo veo esforzándose por escuchar mientras hablamos, qué decepcionante para él, o tal vez fue un alivio -los libros que hemos estado leyendo, la escasez de alimentos en el WalMart local, las estadísticas sobre del virus y el hecho de que, sin tomar pruebas, quién sabe qué tan cerca están de la realidad.

Bajo las luces brillantes, con la pared y el alambre de púas que ilumina entre nosotros, es como si hubiéramos sido escogidos para interpretar personajes en una obra que Samuel Beckett podría haber soñado alguna vez. Repasamos los habituales temas de conversación: chismes e ideas, pero debajo de estos se encuentra una corriente de ansiedad no expresada.

¿Qué se avecina en el mundo “real” justo fuera de este escenario? ¿Hasta cuándo la crisis de salud mantendrá a raya nuestras vidas normales? ¿Nuestros sistemas económicos y políticos resistirán la tensión que les impone este virus invisible y sin peso? ¿Podremos alimentarnos en los próximos meses? ¿Qué tan frágiles somos realmente? ¿Qué tan frágil es nuestra forma de vida y todas las formas de vida?

Hacemos flotar nuestras palabras sobre la tensión, olvidando ocasionalmente al guardia que está de pie: un entrometido aprobado por el Estado. Cuando nos acordamos de él nuevamente, nuestra obra de teatro se convierte en el patio de una prisión. Es muy difícil saber cuál de nosotros está adentro y cuál está afuera. De una manera suave, las órdenes de quedarse en casa nos han hecho prisioneros a los dos.

El gobierno de México ante la Coronavirus

La reacción de México a la pandemia es inquietante. El presidente del país, Manuel López Obrador, o AMLO, como se le llama aquí, siguió el desalentador liderazgo de Trump: la negación, minimizando el contagio, diciéndole a la prensa que no hay razón para entrar en pánico.

Otros funcionarios del Gobierno mexicano hacen lo mismo. El gobernador del estado de Puebla afirmó recientemente que el virus podría controlarse “comiendo un buen mole de pavo con muchos chiles picantes”. Una reciente foto de la prensa nacional mostró a un sacerdote volando en un helicóptero sobre un pueblo infectado por el virus. Junto a él había una estatua de Nuestra Señora de Dolores que, según él, protegería a las masas que sufren debajo: las curas de la peste medieval en la era de la ciencia.

Igualmente supersticioso, pero algo más apetecible porque está inyectado con un humor autocrítico, es este adagio que he escuchado de más de uno de mis vecinos: “Los mexicanos han vivido en condiciones antihigiénicas durante tanto tiempo y han comido tanta comida contaminada con microbios, que hemos desarrollado nuestro propio tipo de anticuerpos que nos mantendrán a salvo “. Si bien es una de mis afirmaciones favoritas de inmunidad viral, no pienso depender de ello…

Ellos pueden intentarlo, pero los santos y la comida contaminada no pueden protegernos sin una pequeña ayuda oficial. En el frente político, en México, como en los Estados Unidos, los estados son más activos que los Gobiernos federales.

Aquí en Sonora, los funcionarios de Salud confirmaron el primer caso de coronavirus el 16 de marzo. La gobernadora del estado, Claudia Pavlovich, declaró la emergencia de salud el 25 de marzo. Según el Imparcial, el periódico más grande del estado, Sonora ahora tiene 69 casos confirmados y 8 muertes desde la semana pasada. La mayoría de los casos se han centrado en el área urbana de Hermosillo, la capital del estado.

Si permanecerá contenido o no el virus, esa es otra cuestión. Me preocupan los extensos campamentos de migrantes en las ciudades fronterizas mexicanas, particularmente en Tijuana y Juárez. Esos campamentos fueron creados por la política de Trump de “Permanecer en México”. Los migrantes que buscan asilo político deben permanecer en el lado mexicano del muro hasta que la burocracia estadounidense determine sus destinos. Esos campamentos superpoblados y desbordados son áreas fértiles para la propagación del virus. Me temo que, una vez infectada esa área, el virus será incontrolable.

Al igual que nuestros antepasados, estos migrantes vienen en busca de una vida mejor. A diferencia de nuestros antepasados, en lugar de prosperidad, solo encuentran la muerte. Si los campamentos se convierten en focos de infección, generarán no solo miseria y mortalidad, sino un pretexto, en la mente de Trump y su asesor político, Stephen Miller, para forzar un cierre completo de la frontera.

Mientras tanto, vivimos con un cierre parcial de la frontera. Los ciudadanos estadounidenses y los titulares de tarjetas verdes de Estados Unidos que viven en México, como yo, o que visitan México, aún pueden regresar a los Estados Unidos. A los mexicanos con LaserVisas, o tarjetas de cruce fronterizo, ya no se les permite la entrada. Las largas filas de mexicanos que van a comprar en los Estados Unidos han desaparecido. Esto da un golpe potencialmente fatal a los comerciantes en la ciudad de Douglas, Arizona, donde el 33 por ciento de la población subsiste por debajo del nivel de pobreza y los mexicanos son responsables de más del 60 por ciento de los ingresos por ventas minoristas.

Estados Unidos ha implementado el distanciamiento social, el uso de máscaras y otras medidas preventivas, pero las personas que ingresan a los Estados Unidos a través del puerto de entrada de Douglas no están sujetas a controles médicos de ningún tipo. Los agentes de Aduanas reciben, y luego devuelven, cientos de tarjetas de identificación y pasaportes de manera diaria. Raramente los observo usando guantes o máscaras.

Sin embargo, al que ingrese a México desde los Estados Unidos, el personal médico mexicano le tomará la temperatura en busca también de otros signos de enfermedad.

Creo que me quedaré por un tiempo.
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*Keoki Skinner es un periodista que ha informado durante mucho tiempo sobre la frontera entre Estados Unidos y México. Dirigió una juguería llamado El Mitote durante 16 años. Durante los últimos dos años ha estado ofreciendo recorridos culturales, históricos y arquitectónicos neo-narco de Agua Prieta.

Publicado originalmente en inglés por: https://www.journaloftheplagueyear.ink/

 



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