Acerca de mis miedos infantiles

Carlos Fraguela

Barracuda
Barracuda (Picúa)

HAVANA TIMES — Siendo pequeño mi padre me llevaba a los lugares más fantásticos que visité de la Habana. Al menos una vez al mes salíamos de pesquerías lo mismo al carrete que con vara en los ríos y presas de la vecindad de la ciudad.

A veces era buceo y pesca submarina. En otros casos eran solo paseos en busca de frutas como mangos y guayabas de las que casi siempre volvíamos cargados. Creo por eso que fui muy afortunado, aunque hubo incidentes que me hicieron sentir miedo.

Por ejemplo recuerdo una salida en que debíamos caminar por el borde de una loma para llegar a un lugar de pesquería de camarones de río y el trillo era muy estrecho y empinado, yo temía caer loma abajo y mi papá me presionaba para caminar más rápido, niño al fin, me cagaba de miedo.

Otra de mis aprensiones era la posibilidad de caer al agua sin querer, cuando todavía no sabía nadar. Al final esas experiencias me convirtieron en el aventurero que soy. Era privilegiado en esos tiempos por la moto estatal que poseía mi papá, de otro modo habría sido una odisea imposible.

Otra jornada de miedo fue mi primer día de buceo, ocurrió en el Rincón de Guanabo y lo primero fue Héctor enseñándome con dos indicaciones a nadar. Tendría yo diez años y simplemente me puse la careta y el snorquel como me indicó y me tendí sobre el agua, confiado respiraba flotando al lado del tipo mas grande que he conocido. Solo me dijo que me mantuviera a su lado a una distancia de uno a dos metros.

El que conoce el lugar sabe que braceando sin mucho esfuerzo a pocos metros de la orilla se alcanza una zona de relativa buena profundidad y no tardé en divisar un grupo de barracudas, papá solo se viró para mirarme y me hizo un gesto que entendí como que no había peligro, que me mantuviera a su lado.

Siempre confié en él como se confía en el mejor maestro, pero confieso que los bichos son impresionantes, tienen los dientes parecidos a los de los perros y les sobresalen de la boca. Luego aprendí que si no se les molesta respetan al hombre. Sin embargo el hombre se pasa la vida molestándolas.

Eran muchas y creo que mi padre en un momento determinado llegó a sentir desconfianza por el merodeo de los peces y yo lo sentí, comencé a perder la distancia, no alejándome sino chocando con mi progenitor, que me presionaba para que me separara.

En un momento se apartó de mí para irle arriba al pez más cercano, como un loco se le abalanzó con una actitud agresiva que consiguió espantar las barracudas temporalmente.

No sé quién tuvo más temor ese día, yo me volví a cagar y al final tuvimos que salir del agua por la superpoblación de esos bichos, que además eran demasiado curiosos.

Luego me habló de muchas cosas que debía saber sobre la picúa (así les llaman también). Lo más significativo es que a pesar del miedo aprendí a nadar casi sin darme cuenta y nunca más he podido vivir sin buscar el mar.

Nunca he sido atacado por ninguna barracuda aunque he visto muchas, sin embargo siempre me impresionan y las que he tenido en frente muchas veces han sido de mi talla, quién no se impresiona con un animal de un metro con ochenta centímetros. A primera vista parecen tiburones.

One thought on “Acerca de mis miedos infantiles

  • La verdad que son feos esos bichos, yo también recuerdo haberlos vistos y no se como, termina uno cagado de solo verles tan pasibles y vigilantes. Me ha gustado mucho la anécdota, también solía ir con mi padre al Rincón de Guanabo. Gracias.

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