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Abreus: una militancia en el espíritu desde la poesía

Anisley Fernández Díaz

HAVANA TIMES – Mis poemas ya no son mis poemas. Son del dolor. Son del silencio. Ha muerto en mí el deber de confesar el desafecto, el orgullo o cualquier cosa que ignore las necesidades de la mujer cubana. ¿Qué sucede si una mujer no quiere irse de Cuba? Si toma un rumbo diferente al de las poetas rupturistas de los ochenta.

Alguien me dijo una vez: Si nos vamos, nada se arreglará. Una pierde su juventud tratando de descubrir su imagen en la poesía social de los silencios, doliéndose en esta patria de nadie. Descolocándose de sitios donde el arte es política. Una mujer de ruptura siempre está en guerra frente a la política. Una mujer que escribe y sirve a Dios, es un peligro. Lo sé por la soledad que invade mis noches.

La necesidad se impone. La necesidad de militar en el Espíritu Santo, es un misterio que doblega mis voluntades. Me he cuestionado el hecho de ser judía por varias razones y he sido testigo de cómo la fe mueve montañas. Colaborando en un ministerio de intercesión donde se ayunaba, con la frente postrada, hasta que el cuerpo se doblegara frágil, descubrí el poder de la oración. Existe un Dios Único, el cual es suficiente. A medida que pasa el tiempo y quedan preguntas sin responder, a él vamos.

¿Cómo integrar la poesía y la cruz de sobrevivir al país, en un país dopado por el miedo?

Abreus es un pueblo pequeño y bucólico de la provincia de Cienfuegos. Allí los médicos trabajan bajo los efectos de una escasez sin límites. Allí te vuelven bestia. Bestia para sobrevivir a los apagones. Bestia para salvar una vida con lo poco que hay. El problema de las autoridades con relación a los médicos es que no te respetan como humana. Tú puedes ser humana, pero no hay reciprocidad. “La casa del consultorio te la damos si te mantienes”. Casa vacía. Casa sin llaves. Casa que no he podido habitar. Tortura psicológica, siempre tortura. Me entrego entonces en las mañanas a los viejos, las embarazadas y los niños. Y tengo que resistir mi dolor sin el Ibuprofeno, sin un tratamiento estable, sin el reactivo. Mis dolores musculares aún no tienen respuesta porque “no hay reactivo”. Porque tengo que hacer el dinero para atenderme en La Habana.

El problema es La Habana. Recuerdo el día que me caí en el hospital Calixto. Resbalé de hambre y rodé en las escaleras de la cafetería. El problema es mi madre que nunca reconoció su error. Mi madre me tuvo sin querer. Mi madre es narcisista. Mi madre supo siempre que la fe en Dios me haría falta. Mi madre soy yo poniéndome trapos en mi periodo menstrual. Lavando mi sangre en el agua de mi madre, en la casa de mi madre, que ya no es ni será mi casa.

Yo nunca me pertenecí ni pertenezco a estos lugares. Mi patria está alta y lejos. Mi madre va a orar a la iglesia, pero yo no confío ni en madre. Recuerdo el día que me caí. No me fracturé mis vértebras porque Dios es grande. Pero mi Dios no es el dictador que muchos se construyen. Mi Dios entiende que puedo ser bisexual y ser madre. Que no soy ni seré jamás perfecta. Que puedo pensar diferente al mundo entero. Sé que mi familia perfecta puede ser solo Él.

Abreus es grande para la fe. Para hacer que mis poemas vuelvan a mí. Para alejarme de todo lo que me denigre. Marcho. Cavilo. Bendigo al país y a sus dirigentes. Cuba se hace nada. Cuba bebe la gloria de Cristo y yo la bebo a ella, con todas sus miserias, porque ahora milito en el Espíritu. Cuba está en las cenizas y va a parir. Quiero darte las gracias, oh Dios. Quiero darte las gracias, Abreus.

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