A veces muy cerca de Fidel Castro

By Vicente Morin Aguado

Fidel Castro durante uno de sus visitas a la Isla de la Juventud. Foto: islavision.icrt.cu
Fidel Castro durante uno de sus visitas a la Isla de la Juventud. Foto: islavision.icrt.cu

HAVANA TIMES — La voz de Fidel es inconfundible. Jamás olvidaré la noche madrugada antes de la visita del papa Juan Pablo II, me dormí cerca de las doce luego de tres largas horas escuchándolo por la TV. Cerca de las 4 de la mañana la fisiología me llevó al baño, una bocina lejana trasmitía el discurso aún inconcluso,  encendí el viejo Krim 218 ruso, pantalla blanco y negro y  acompañé al Comandante pasadas las 7 horas de sus explicaciones sin pausa.

En lo personal, a los 15 años, recién terminado el décimo grado, me incorporé a un programa emergente de maestros llamado Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech.  En la escuela secundaria básica en el campo Vladimir Komarov—mártir de la cosmonáutica—se apareció Fidel, entonces entusiasmado con la idea de una nueva concepción educativa basada en combinar el estudio con labores agrícolas.

Desde ese momento admiro la profesionalidad de sus guardaespaldas,  pude estar muy cerca del Jefe de Estado de mi país, mostró su acostumbrada naturalidad ante las multitudes sentándose en el borde de la plataforma central, conversando con los 500 estudiantes oportunamente formados en la plazoleta debajo de su impresionante figura.

Siempre improvisando, habló de mejorar el servicio marítimo entre la aún llamada Isla de Pinos, donde estábamos,  y la isla mayor de Cuba. Metió la mano en sus bolsillos, los sacó al revés, vacíos, y dijo: “tenemos poco dinero, pero haremos algo para que ustedes viajen en mejores barcos.”

Los estudiantes se quejaban de las incomodidades de la travesía mensual entre ambas islas.  El plan fidelista separaba a los hijos de sus padres, internándolos en institutos concebidos desde el punto de vista material dentro de los mejores estándares internacionales de aquel 1972.

Al paso del tiempo la Isla de Pinos terminó llamándose Isla de la Juventud. De maestro pasé a periodista, lo que me dio el privilegio de cubrir  numerosas visitas que el Líder de la Revolución hacía a nuestro territorio.

Solamente una vez me requirieron, sin groserías, los encargados de su seguridad personal, le debo la reprimenda a la natural inquietud profesional por lograr una grabación en primer plano, propia de la radiodifusión, y de paso, a la obsoleta técnica que nos suministraba el campo socialista vigente.

La grabadora, fabricada en Hungría, casi me descolgaba el hombro con su peso, el micrófono estaba conectado a una larga antena seccionada que se trabó sin llegar oportunamente a las voces de Fidel y a su acompañante, un presidente africano cuyo país contaba con miles de alumnos en el territorio.  El plan educacional se había convertido en internacional, llegaron a contarse 22 mil estudiantes extranjeros.

Al paso del tiempo muy poco sobrevivió de toda aquella iniciativa al caer el socialismo europeo que la patrocinaba, principalmente con la economía soviética. Los campos de toronjas, donde debían trabajar media jornada los estudiantes, terminaron invadidos por las malas hierbas.

Invitado a un encuentro especial de jóvenes intelectuales, volví a encontrarme con Fidel en el Palacio de las Convenciones de Ciudad de La Habana, eran los tiempos de Cuito Cuanavale, encontronazo con el ejército sudafricano que decidiría la independencia de Angola. En el receso de la primera sesión, armado de mejor grabadora—Sony— acudí al encuentro con El Comandante que bajó de su estrado a conversar.

Rostro típico de gallego, pecas, cejas pobladas aún negras, improvisó como era habitual en su proceder público. Esperábamos que hablara sobre los motivos de la reunión, dedicada a explorar cómo mejorar la actividad de los jóvenes artistas en el país.

Fidel tenía otras cosas en mente, comenzó a contarnos, nos mirábamos asombrados, pormenores militares de la batalla en ciernes, incluso el papel de la aviación, los tanques, qué harían los artilleros, detallando las tácticas para derrotar al enemigo. Su larga mano derecha llegó, incluso, a tocar los botones de mi camisa; nada me atreví a grabar, aunque ningún guardaespaldas impedía hacerlo.

Después se proclamó el llamado Período Especial, la caída estrepitosa, noticias parciales de sus humanas dolencias físicas y, finalmente, la muerte que a todos nos espera. Queda el país cuya realidad marcó él para siempre.
…..

Vicente Morín Aguado:  morfamily@correodecuba.cu

4 thoughts on “A veces muy cerca de Fidel Castro

  • Hola, amigo Isidro, el del bigote era entonces el Presidente de la Asamblea del Poder Popular, fuimos compañeros de la secundaria básica en el campo, 7mo grado. Su nombre Miguel Marull. No te cuento mas, cayo en desgracia.
    Aqui vamos, nos queda mucho por andar. Cuento la verdad, tal y como entonces la viví. Es bueno sincerarse.

  • Vicente no mire mas hacia atras, el future es lo que le espera, no se puede guiar un auto mirando al retrovisor constantemente. El no “marcara” nada, cuando llegue el desarrollo a cuba y se construyan todos los rascacielos que caben en el malecon habanero, no quedara ni el polvo de su recuerdo. que no se le olvide, estas son palabras profeticas.

  • despierta,Vicente !!!….descansen todos! ….. todos volveremos a la normalidad, solo nos quedaran los tics y manias….eso y los recuerdos…esos no se borraran….Mientras tanto, oremos para que, si volviera a nacer algo parecido en Cuba, exista un Chaviano que sepa cumplir con su deber !

  • Sabrosa crónica, Vicentón, me has traído de vuelta los tiempos en que “los perros se amarraban con longanizas”, ( y que ya no volverán)… jaja..el del bigote negro a la izquierda de Fidel se parece a ti….

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