¿A quién sirve su revolución, “presidente” Díaz-Canel?

Es tiempo de mostrar al mundo dos cosas: que esa distopía que todavía llaman revolución no tiene nada que ofrecer al cubano de a pie y que existe el potencial para organizar un mejor gobierno. (14ymedio)

Deje a los cubanos manifestarse pacíficamente el próximo 15N, llame a la concordia, permita que el talento se junte en beneficio de Cuba

Por Yamil Simón-Manso (14ymedio)

Tiempo atrás un amigo cubano me preguntó: “¿Y a ti por qué te siguen interesando los asuntos de Cuba?”. Y acto seguido añadió: “Empalaga la misma problemática, retórica, frustraciones, una y otra vez”.

¿Qué decir? Es verdad, pero yo no he olvidado Cuba. Aunque tiene muy poco que ofrecerme, la Isla es, por supuesto, más grande que yo. Estará ahí cuando me haya ido y yo seguiré ligado a ella hasta el fin de mis días. ¿Para qué fabricar excusas innecesarias? Si tuviese que ofrecer una razón mayor, diría que me ata a Cuba su dolor. Duele percibir la orfandad que vive Cuba en situaciones como las del pasado 11 de julio, callan tirios y troyanos, ya sea por ignorancia, desidia, omisión u oportunismo.

Es tiempo de mostrar al mundo dos cosas: que esa distopía que todavía llaman revolución no tiene nada que ofrecer al cubano de a pie y que existe el potencial para organizar un mejor gobierno. El impacto negativo (o positivo) de esa revolución en aquellos que conocí me demuestra que hoy día ambos presupuestos son innegables, aquí les cito algunos ejemplos.

Mis disculpas de antemano por algunas referencias personales; aunque parezca pretencioso, yo me ajusto a la idea de que es la forma más honesta de argumentar. También por los escasos detalles, los cambios bruscos en la narración en aras de la brevedad y algunos nombres incompletos para proteger identidades.

Nací en Cuba, en 1963, en un vallecito de la región central situado entre colinas. Éramos campesinos pobres y también enanos felices, así, su recuerdo todavía me provoca nostalgia. De niño me gustaba pensar que era un lugar importante, el lugar donde el sol se escondía cuando no lo veíamos, aparecía en la mañana por la loma La Campana y se escurría en la tarde-noche por las lomas de Piedra. Se lo dije un día a mi primera maestra, Rosa, y me dijo: “Así es, Yamil, somos el centro del universo”. Se sonrió y desde entonces yo la amé hasta el día que abandonó este mundo, pobre y decepcionada.

Rosa era una maestra normalista, o así la identificaba el barrio como sinónimo de buena maestra. Cuando la conocí todavía vivía en la casita anexa a una de aquellas escuelas rurales que se construyeron durante el Gobierno de Grau, ¿o fue el primer Gobierno de Batista? Con el pretexto de agrandar la escuela, la despojaron de su casa y le ofrecieron un casucho propiedad de un “gusano” que había emigrado y que colindaba con unos establos para el embarque de ganado vacuno.

Antes de abandonar Cuba, fui a visitarla por última vez, sin mucho refinamiento ya, y mientras intentaba alimentar unas famélicas gallinas con un poco de arroz cocido me dijo: “La peste a mierda y la politiquería me hicieron abandonar el magisterio”. Consideraba que la revolución había masificado la educación y que ahora la gente de campo, como yo, podía aspirar a algo más que un sexto grado, pero que se había equivocado al priorizar la política y no la educación.

Temprano la revolución nos enseñó que la sociedad estaba dividida en clases y que la lucha de clases era el motor impulsor del progreso. Que la Cuba de antes de 1959 era capitalismo atrasado, dominio de latifundios y empresas gringas. En Punta Diamante, que así se llama mi barrio, alcancé a conocer tres latifundistas, de aquellos de los que la propaganda nos recordaba constantemente cuán malos eran. Yo no los identificaba como tal; en última instancia, todos ellos eran personas decentes, se habían quedado en Cuba y hacían labores ordinarias. Orestes Castellón arreaba vacas al matadero, Justo Batista capaba puercas y Patricio Catano atendía el pedacito de tierra que le habían dejado.

Con el tiempo se perdieron las vacas, las puercas, los establos, los vistosos portones, cerraron el embarcadero; total, ya casi no había ganado. A Rosa no le sirvió de nada, pues ya se había mudado de barrio.

En la finca de Chamán Milla, otro latifundista al que no conocí personalmente, se construyeron dos grandes represas que terminaron llenándose de flor de peo y secando todos los arroyos en que solíamos bañarnos de chicos.

Cuando el “plan alimentario”, dizque para sembrar vegetales, echaron abajo lo último que quedaba en pie, un aguacatal que mucha gente cosechaba en temporada. Del susodicho plan no se supo más, ni una calabaza para dar la noticia.

Mi padre se benefició de la reforma agraria cuando recibió una caballería de tierra de la finca de Chamán, con el compromiso permanente de plantar tabaco. Cada año sembraba entre 60.000 y 80.000 posturas, el gobierno le pagaba 32 pesos cubanos por cada 100 libras de tabaco “principal”, eso cuando el dólar se cotizaba en la calle a 120 pesos cubanos. Ironía que un día de paso por el aeropuerto de Heathrow en Londres me encontré un negocio ofreciendo un tabaco cubano, de apenas 10 gramos, en 22 libras esterlinas.

Mi padre nunca gozó de privilegio alguno, ni tuvo vacaciones, trabajó cada día de su vida desde las cuatro de la mañana hasta que el sol se perdía en el horizonte, y murió como consecuencia de un infarto. Por falta de transporte, llegó al hospital caminando, cinco kilómetros. Allí le dijeron que su condición requería que lo llevaran al hospital provincial pero que no había ambulancia disponible. De no haber sido por una de mis hermanas, que es enfermera, se hubiese muerto allí mismo. Corrían los tiempos de “31 y pa’lante”.

Dos tiendas había en mi barrio, la de Honorato y la de Piñero. El primero vivió como cien años, paciente y circunspecto, cada día se sentaba en el parquecito frente a la que había sido su tienda, confiscada en 1968 y convertida ahora en escogida de tabaco, creo yo que a coger el sol de la mañana y ver cómo se derrumbaba tabla por tabla. Piñero tuvo menos suerte, ¿o más? No sobrevivió las intervenciones. Los revolucionarios le pusieron un altavoz frente a su casa para gritarle día y noche “paredón, paredón” con el apoyo y complacencia de la gente más pobre del barrio, la misma que se beneficiaba comprando fiado de su tienda.

Años después le pregunté a uno de esos pobres que estuvo allí y que ahora, sin dudas, era aún más pobre: ” Qué tan malo era Piñero?” Se sorprendió con mi pregunta; al parecer no encontraba mucho que decir y después de un rato me dijo: “Bueno, se lo merecía. Berta (su esposa) anotaba de más en las compras y él se hacía el bobo”.

El barrio quedó atrás cuando me llevaron becado a los 11 años. Al principio me parecía estar preso, pero con el tiempo a todo se acostumbra el animal humano. La secundaria y el preuniversitario los hice en escuelas innombrables. Aun así, no era raro encontrar buenos profesores a los que todavía recuerdo, a casi todos por sobrenombres como El Butano, Newton, La Meiótica, El Manco, El Peón y un largo etcétera. Nunca fui un estudiante muy aplicado y no fue hasta la universidad que realmente empecé a prestar atención a mi educación.

Mientras en mi barrio, bajo amenaza de acusarlos del “delito” de peligrosidad, forzaban a la niña Maria Antonieta y al bizco Agustín a treparse en un bote y salir por el Mariel, el primero por “maricón” y el segundo por “bisnero”, yo me iba a la universidad. Tuve la suerte de llegar a la Universidad Central de Las Villas (UCLV) en el otoño de 1980, una época mágica para muchos, trágica para algunos. Como resultado de las asambleas comunistas habían echado a varios estudiantes de la universidad, incluyendo uno de los mejores estudiantes de la Facultad de Química, de apellido Cervelló.

Sin sorpresas, a la entrada de la universidad rezaba un cartel enorme donde se podía leer un claro mensaje excluyente –”la universidad es para los revolucionarios”– y Cervelló se quería ir de Cuba. Por otra parte, ya había pasado la época de las improvisaciones del personal técnico, incluso muchos profesores se habían graduado en universidades soviéticas o de otros países del campo socialista. Allí conocí estudiantes y profesores excepcionales. Los había mediocres, pero ¿a quién le importaba?

También conocí a Díaz-Canel en ese tiempo, aunque apenas crucé palabras con él. Mientras estuvo en la UCLV me pareció un tipo reservado e inteligente, algo escaso entre los aspaventosos dirigentes cubanos. Después de que pasó al Partido provincial empecé a escuchar horrores de él. Como decía un amigo, “a este le trasplantaron el cerebro por un chopo”. Parece ser que el 11J le dio la razón a mi amigo.

En esos años se desarrolló en la UCLV un ambiente de discusión e intercambio bastante productivo para todos. Estábamos desconectados del mundo, pero de alguna manera la gente se las arreglaba para recabar información. Nos movíamos de una facultad a otra ya fuese por una charla de computación, una actividad cultural, deportiva o científica. Intercambiábamos libros prohibidos envueltos en papel periódico y nos reíamos del burocratismo y la pacatería política.

No obstante, si se nos hubiese cuestionado, la mayoría nos sentíamos revolucionarios, con algunas excepciones. No pretendíamos acabar con la revolución sino transformarla. Finalmente, muchos de nosotros fuimos descubriendo un trasfondo oscuro en el proceso y encontrando esos puntos de inflexión que nos llevaron a cambiar nuestro punto de vista.

Podría citar muchas experiencias similares, o mucho peores, pero referiré solo una. Un día, yendo hacia el Departamento de Química me detuve a saludar un colega, lo llamaré solo Jorge. Él trabajaba en el centro de cálculo, una entidad que a su vez se había convertido en un referente para todos los que hacíamos algo en el área de ciencias. Este colega había sido medallista de una olimpiada de matemáticas y su nombre junto con el de mi amigo David eran menciones obligadas al hablar del centro de cálculo.

Resulta que aquella mañana él estaba trabajando en las áreas verdes de mi edificio y yo bromeé con que si estaba de trabajo “voluntorio”. Él me respondió: “No, qué va, estoy castigado porque mi hermana me reclamó y tengo que hacer esto para que me autoricen el permiso de salida”. Me pareció lo que era, una humillación estúpida e innecesaria. Recuerdo haberle preguntado si no le daba tristeza irse de Cuba y me respondió algo así: “Tristeza me daría no aprovechar esta oportunidad por un compromiso ideológico”.

Mi suegro fue director de la empresa de pan y dulces de Santa Clara durante los agónicos años eufemísticamente conocidos como Período Especial. Cualquiera diría que siendo dirigente no la pasaría tan mal como otros. Yo fui testigo de las mil y una noches de desvelo que este amable señor dedicó a la empresa que finalmente lo llevó a la tumba a los 53 años. Lo vi frecuentemente levantarse a las dos de la mañana para viajar a La Habana y conseguir que le cedieran algo de harina de la “reserva del comandante” para llevar a Santa Clara y evitar que se dejara de distribuir el pedacito de pan de la cuota.

Con su inteligencia natural y lo que trabajó mi suegro para ese Gobierno, hubiese vivido holgadamente en cualquier otro lugar del mundo. Murió de un infarto masivo durante un trabajo voluntario. Yo ya no estaba en Cuba, pero supe que Díaz-Canel fue a despedirle el duelo. Que en eso de enterrar y dar discursos no hay quien les aventaje.

Lo dejaré ahí. Como dijo el poeta, “duele en los cojones del alma” ver un país que estuvo a punto de dar el salto a la modernidad moverse aceleradamente hacia el abismo, consumido por la sarna ideológica del marxismo. Lo que más duele es que un Gobierno que se supone debía crear condiciones para que los individuos se desarrollen plenamente vea día a día drenar sus recursos humanos y no haga nada por subsanarlo, y, al contrario, lo aliente con el solo interés de mantenerse en el poder.

Se nombra dueño de todo, la universidad, la calle, la tierra, ¿el aire, pregunto yo?, pero ¿a quién sirve la revolución? Definitivamente no le sirvió a Rosa, a Orestes, a Justo, a Patricio, a mi padre, a Honorato, a Piñero, a Cervelló, a Jorge, a David, a mi suegro, a los artistas del 27N, a los que protestaron el 11J y a muchos otros. ¿A quién sirve su revolución, “presidente” Díaz-Canel?

Usted podría decir como dicen los americanos, que mi artículo está viciado de cherry picking, que he escogido ciertos hechos desafortunados para validar mi opinión. Que existen campesinos que todavía agradecen la reforma agraria, que en el centro de cálculo permanecieron profesionales como Ricardo, Mateo y otros (bueno, en realidad no sé si Mateo está allí todavía, son tantos los que han abandonado Cuba). No es así, convénzase; mis historias siguen mostrando una sección transversal de la realidad cubana.

Si usted tiene poder real, demuéstrelo y le devolveremos la dignidad de su cargo sin poner entre comillas la palabra presidente; deje a los cubanos manifestarse pacíficamente el próximo 15N, llame a la concordia, permita que el talento de aquí y de allá se junte en beneficio de Cuba.

Insistir con recetas económicas obsoletas, preceptos ideológicos y obsesión de poder es estúpido y condena a los cubanos a vivir como mendigos. Puedo admitir que usted piense que no hace las cosas por maldad, pero como advirtió Dietrich Bonhoeffer, “la estupidez es un enemigo más peligroso del bien que la maldad misma”.

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Nota de la Redacción: El autor fue profesor de Química de la Universidad Central de Las Villas entre 1986 y 1994.

Lea más desde Cuba aquí en Havana Times.


One thought on “¿A quién sirve su revolución, “presidente” Díaz-Canel?

  • el 14 noviembre, 2021 a las 9:42 am
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    Fidel Castro dijo “El modelo cubano ya no nos sirve ni a nosotros mismos” De ahi la necesidad de reformas.
    Por primera vez el gobierno ha visto unido el pueblo cubano de adentro y de afuera. Y esta unidad es necesario romperla, como? con reformas urgentes.
    Como mismo antes los dividieron que los de adentro quieren emigrar y los de afuera no quieren emigracion cubana, ahora toca la segunda parte del programa.
    Ya fue elegido el general Lopez Calleja.

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