Nicaragua: y una triangulación fantasma

El secretario general de la OEA, Luis Almagro junto a Daniel Ortega en diciembre en Managua. Foto: Presidencia

En realidad, no hay forma que el pueblo y la dictadura ganen ambos en una negociación. Es un proceso de suma cero. Lo que uno gana, el otro lo pierde

 

Por Fernando Bárcenas  (Confidencial)

HAVANA TIMES – La idea enrevesada que Manuel Orozco propone (investigador del Diálogo Interamericano, en migración, desarrollo y remesas familiares), en una entrevista a Esta Semana, el pasado 1 de septiembre, es que la OEA represente al pueblo nicaragüense en la negociación con Ortega, respecto a las reformas electorales; y que, en ese nuevo juego de las partes, la Alianza figure en la negociación como un fantasma invisible a Ortega. A esa negociación incrustada le llama triangulación fantasma.

¿Impase de la crisis política?

Hay cambios importantes –dice Orozco- en el entorno internacional y nacional, que podrían romper el impase de la crisis política de la dictadura.

Empieza mal. La ruptura de la negociación es una maniobra política de Ortega, no un impase. Tampoco la represión policial y paramilitar está en un impase. Y Ortega ha tomado la iniciativa de cerrar la negociación, con un golpe de mano que le quita oxígeno a la Alianza Cívica (la cual, asumió a su modo la representación de la rebelión de abril en la mesa de negociación, pero, carece de otra forma de representación por mucho que se retuerce en su interior en esta etapa de reflujo, que en su concepción burocrática ignora olímpicamente).

La crisis política no está, tampoco, en un impase, interactúa con la crisis económica que experimenta una profundización constante, rumbo a la depresión. Al realimentarse entre sí, ambas crisis producen una explosión social por una amplificación exponencial de la inestabilidad.

Sin embargo, por ahora, un análisis serio tendría que reconocer que hay una correlación de fuerzas tácticamente favorable a Ortega. Y que el entorno internacional, debilitado, si llega a negociar con Ortega, con tal negociación no pretende cambiar en nada esta correlación interna de fuerzas.

¿Almagro representaría al pueblo?

Expresa Orozco: Si Ortega mantiene una relación política y diplomática con Almagro en torno a la reforma electoral, se abre una oportunidad para la oposición nicaragüense. Podría generarse una “triangulación fantasma” entre la OEA, el Gobierno y la oposición, aunque Ortega nunca admita que está negociando con la Alianza.

¿Qué importa lo que admita o no Ortega? La negociación de Ortega con Almagro en torno a las reformas electorales significa que la OEA desplaza y sustituye, de común acuerdo con Ortega, a la expresión nacional. Es absurdo que esta sustitución sea vista por Orozco como una oportunidad para el pueblo nicaragüense y no como una victoria de Ortega, que ahora actuaría ante a la comunidad internacional como representante único de la nación, sin fuerza beligerante que se le oponga.

Lo que Orozco llama “triangulación fantasma”, significa, en lenguaje simple, que se le da al pueblo un rol político fantasmal. La rebelión de abril habría culminado, para Orozco, en una sombra espectral.

El reflujo de masas visto como un fantasma

Y Orozco avanza por el mismo camino desprovisto de estrategia nacional: Se está produciendo, dice Orozco, una mayor sincronización, tanto de la oposición nacional como la internacional, en relación con las reformas políticas hacia un proceso electoral democrático.

Es a esa presencia fantasmal del pueblo, al reflujo de las luchas de masas, a lo que Orozco llama, probablemente con sorna, una mayor sincronización con la comunidad internacional. Desde su óptica, más se reduce la participación política del pueblo a una sombra fantasmal… y mayor es la sincronización con una OEA también desdentada.

Insiste Orozco: Con la Comisión de alto nivel de la OEA, a Nicaragua se le está presentando de nuevo una oportunidad de resolver el conflicto político por la vía negociada; es un espaldarazo muy fuerte a favor del movimiento político nicaragüense.

En el juego gana-pierde, el que tiene el peor juego gana. Esa es la lógica enrevesada de Orozco. Si el pueblo pierde cualquier participación política para determinar su propio destino, para Orozco ello significa una nueva oportunidad. Y si la Comisión de la OEA es rechazada por Ortega, pero Almagro acepta desplazar y sustituir al pueblo nicaragüense, para Orozco es un espaldarazo muy fuerte a la nación.

La OEA y Ortega en una negociación win-win

Con la OEA, dice Orozco, hay oportunidades para el Gobierno de Nicaragua. Ortega podría negociar una transición política sin que salga perdiendo. Tiene que responder de alguna manera, de forma positiva.

En realidad, no hay forma que el pueblo y la dictadura ganen ambos en una negociación. Es un proceso de suma cero. Lo que uno gana, el otro lo pierde, por fuerza. Y ello se decide por la correlación de fuerzas.

Pero, sí es posible que la OEA y Ortega ganen ambos en una transición política negociada con el fin que Ortega no salga perdiendo. Basta percatarse que los intereses de la OEA y los intereses de la nación no son, ni pueden ser, coincidentes. La OEA ve aspectos macros de la democracia representativa, muy generales y abstractos, de índole geopolítica, y es en los aspectos micro, muy concretos, donde se perfilan los conflictos de intereses sociales respecto a cuál debe ser el orden del conjunto de la sociedad nicaragüense, para que avance al desarrollo, pero, con un sesgo más humano.

Nada tiene que ver la OEA con el orden político de la sociedad desde una perspectiva social. Las reformas electorales –olvida Orozco- tienen un contenido más político que técnico. Y es absurdo pensar, además, que nuestro problema esencial sea electoral, y no la ejecución, desde el poder, de un programa revolucionario que transforme la sociedad.

Faltó, en esta etapa, una alternativa de poder

La sarta de despropósitos de Orozco es posible porque la rebelión de abril no cuajó en una fuerza beligerante capaz de hacerse reconocer como alternativa de poder; y a que el fantasma de la Alianza Cívica (de personajes sin representación alguna, escogidos a dedo como si fuesen voceros innatos de algún gremio) hizo que internacionalmente vieran la participación del pueblo, precisamente, como un fantasma desprovisto de masas, máxime en este momento de reflujo.

La lógica de Orozco no ofrece variantes, dice: Es una oportunidad también para la oposición nicaragüense de que sus propuestas de reforma electoral se tomen en serio en esa relación bilateral entre Almagro y Ortega.

Orozco no solo ve al pueblo como ahijado de Almagro, quien escupiría en rueda con Ortega. Sino, que ve las propuestas de reformas electorales como una súplica, que Almagro podría sugerir a Ortega pasándole el sombrero de la Alianza bajo la mesa. Orozco no ve las reformas como consignas de lucha, como una posición política, por la cual, Ortega enfrentaría un boicot electoral, y otras formas de lucha y de desobediencia civil que no cesarían hasta que salga del poder.

La lucha por el poder

Lo que le importa a Ortega es consolidar su poder aún durante la crisis. La presión de la OEA, por su parte, se ha agotado. Llegó a sus límites y, ahora, trastabilla visiblemente como un anciano. Se ha enredado en su ultimátum de 75 días, desde hace dos meses. Y un ultimátum, que más tarde se repite, es un oxímoron.

Dice Orozco: Hay una triangulación, le guste o no a Ortega, el proceso político nicaragüense ya está en esa ruta. Ortega va a tener que considerar las propuestas que la OEA le plantee.

Lo que importa, con un dedo de frente, es la correlación de fuerzas. Si Ortega desestima a la Alianza es porque carece de fuerzas. Y la OEA, por su lado, no da muestras tampoco de tener una fuerza coercitiva, ni siquiera para aplicar la Carta Democrática. La mayor desgracia sería que el proceso político nicaragüense ya estuviera en esa ruta fantasmal que dice Orozco.

Dice, casi al concluir, Orozco: Estados Unidos y Canadá, van a esperar estos setenta y cinco días, antes de aplicar sanciones, como un gesto de buena voluntad.

Contra una dictadura no hay gestos de buena voluntad, sino, impotencia. Orozco está pensando en un negocio de mutuo beneficio, no en una negociación para arrinconar a Ortega. La comunidad internacional, en su conjunto, titubea. No sabe qué hacer. Entiende que las sanciones no tienen una precisión quirúrgica, y que perjudican al pueblo, y no encuentra una salida fácil. Como un pescador perezoso, la OEA espera que algo llegue al anzuelo abandonado en la corriente.

Sin embargo, más allá de la actual coyuntura adversa, estamos en un momento histórico en que es probable salir del orteguismo, si se prepara el parto del nuevo auge de la lucha de masas que se gesta en la crisis.

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