La Mulán que nunca regresó

Le dedico este artículo a mi abuelo, a quien extraño desde su partida a la reunión con sus ancestros.

Por Ana Siu  (Confidencial-Niú)

Ilustración: Fer Pérez | @elbosquedelachinita

HAVANA TIMES – Crecí en Jinotepe, una pequeña ciudad a 45 minutos de Managua. Vivía en una casa muy grande con mi abuela materna, papá, mamá, cuatro hermanxs, dos gatos, una lora y cuatro perros. Una casa donde no existía el silencio. Sin embargo, las tardes de mi infancia recuerdo pasarlas en la casa de mi abuela Mamarrú y mi abuelo Papa Armando.

Ellos tenían una ferretería (“Ferretería Armando Siu”), donde desde que tenía como cinco años, mi abuelo me ponía a trabajar y me pagaba por cada cosa que hacía. Siempre repetía: “Nunca hagas un tlabajo a cambio de nada, polque tu celeblo tiene un valol” *Léase con acento chino hablando español*. Luego, cuando el reloj marcaban las cinco de la tarde y cerraban aquellos enormes portones verdes, nos íbamos a tomar el té.

Mi Mamarrú acostumbraba comprar “torta de lora”, la comida favorita de Princesa, su mascota de ahora unos 40 años. Nos sentábamos en la mesa: mi mamá, mi Papa Armando, Mamarrú, Marja (mi hermana menor) y yo.

El té siempre era de jazmín, el favorito de mi abuelo. Mientras ellxs hablaban de “cosas de adultos”, Marja y yo jugábamos a ser princesas chinas y servir el té como salía en las películas asiáticas. Había un momento de la tarde, donde mi abuelo empezaba a hablar sobre sus historias en China. Ahí es cuando Marja y yo dejábamos de jugar y empezábamos a escuchar.

Él siempre contaba sobre cuando se montó en un barco hacia América, de forma ilegal, lo descubrieron y tuvo que viajar meses de regreso a China. Luego ahorró para un boleto, lo hizo “vendiendo cartas de amor”, ya que poca gente podía escribir en su país para esos años (ahí por los 30); él, en cambio, dominaba la escritura de símbolos cantoneses a la perfección.

Nos contaba de cómo su mamá Luisa fue la primera mujer de su aldea en recibir un nombre propio, porque antes eras “la hija de tal”. Sin embargo, ambos cambiaron su nombre cuando llegaron a Latinoamérica, ya que nadie podía pronunciarlos. El de mi abuelo era Mankuey y el de mi bisabuela Chifull.

También, nos contaba de su hija Arlen, quien a pesar de haber muerto a los 19 años, fue la que más se interesó en la cultura china. Mi abuelo se rehusaba a enseñarles el idioma a sus hijxs, dice mi papa, que mi abuelo decía que “eran muy pelezosos y nunca aplendelían”, pero mi bisabuela le enseñó a Arlen lo poco que aprendió. Eso sí, mi abuelo les enseñó a todxs a practicar Kung Fu y por supuesto, les entregó el amor por la cocina, en especial a su esposa y a mi mamá, su nuera.

Así empezábamos a hablar de Arlen, mi tía la guerrillera, que huyó y sacrificó su vida por salvar a Nicaragua de una dictadura. Recuerdo siempre leer lo que le había escrito a sus padres antes de marcharse, escuchar la famosa canción de Carlos Mejía Godoy “Un zenzontle pregunta por Arlen” y ver miles de lugares que llevaban su nombre.

Era y es un símbolo femenino de heroísmo en mi vida, con el que crecí y mi familia alimentó, porque ningunx quería que fuera olvidada.

La primera vez que vi Mulán

Se han escrito miles de artículos sobre esta película. Desde cómo redefinió la narrativa de Disney o sobre la apropiación cultural china. También, se ha mencionado lo feminista que sigue siendo hasta hoy, a pesar de ser lanzada en 1998. O por ejemplo, sobre cómo abordan la ambigüedad sexual de sus personajes y más.

Pero, tal vez, ninguno de estos artículos fue escrito por una niña que se sentó en la butaca del cine, se acomodó con sus palomitas y finalmente vio a su tía en la pantalla grande. La verdad no recuerdo si era un domingo o si me acompañaban todos mis hermanxs o no, pero aún puedo sentir el escalofrío en mi espalda, cuando a mis cinco años vi los rasgos de mi familia en los personajes de Disney.

Toda la escena inicial, tan colorida y armoniosa, donde Mulán es presentada como una joven rebelde, que en definitiva no quiere seguir el estereotipo femenino impuesto en su cultura. Así, empiezan a aparecer personajes tiernos como la abuela, la dedicada y tradicional mamá china y por supuesto, el sabio y dulce papá. La expulsan del “club de señoritas” y luego de todo el desastre, finalmente terminan tomando el té juntos en casa. Justo como en el hogar de mi abuelo.

Entonces llega el punto de quiebre, donde el Ejército se presenta a reclutar a su papá para la guerra, ya que solo tenía una hija mujer, no digna para tomar una posición militar. El papá era un veterano, que tenía secuelas físicas y Mulán sabía que si él se iba, no regresaría vivo.

Así que en un momento intenso de introspección, Mulán se pregunta quién es la mujer que mira en el reflejo y qué está destinada a ser en su vida. Ella decide cortar uno de los símbolos más femeninos: su larga cabellera, tomar el uniforme y espada de su papá, para huir en el caballo de la familia Fa.

Cuando se dan cuenta, su papá corre cojeando bajo la lluvia con nada más que la peineta de Mulán en su mano y se desmorona junto a su esposa. Ves en su cara la preocupación, él sabe que Mulán corre un gran riesgo.

Mientras yo miraba esta escena, me preguntaba ¿eso sintieron mis abuelxs cuando leyeron la carta de despedida de mi tía Arlen? ¿Mi tía se fue con tantas dudas y conflictos en su cabeza, como lo hizo Mulán? Digo, al final de cuentas tenía solo 19 años. Y la pregunta que más me resonó en mi cabeza fue ¿Mulán no regresará, así como no regresó tía Arlen?

Además de todo el humor, feminismo, cultura o errores históricos que tiene esta película. Para mí, fue la primera vez que me vi representada en una “princesa Disney”, además pude ver más sobre una cultura que forma un 25% de mí y sobre todo experimentar de cerca lo que sintió mi familia al darse cuenta que Arlen no volvería.

Cuando Mulán regresa, un poco avergonzada por desobedecer a su padre, le entrega la espada y medalla que recibió como agradecimiento por lo que hizo por el país. Esta acción, parece pedirle a su padre un gesto de orgullo. Fa Zhou, su papá, le dice: “El mayor regalo y honor es tenerte a vos como hija”.

Igual que mi abuelo, aunque él nunca la vio regresar, siempre se sintió orgulloso de Arlen. Su Mulán. Pero como mi Papa Armando no pudo decírselo en persona, lo escribió en un poema. Al igual que cuando vendía cartas de amor en China para sobrevivir, ahora escribió una carta de amor en chino, que luego tradujo al español, para su hija asesinada por la dictadura somocista.

 

“EL GRAN DIA PARA ARLENE”

Cuando tu nacistes, me dijo tu abuelita Demetria…

“Hoy es un gran día, 16 de julio día de la Virgen

del Carmen”

entonces yo no comprendí.

Cuando tu estabas creciendo, si me causastes alegría,

por tu dulce sonrisa, cantabas, bailabas,

(pintabas

bonitos dibujos y tocabas la guitarra.

Cuando tu estudiabas en la Escuela Normal de

(Señoritas,

querías ser una buena maestra para enseñar a los campesinos

pobres del barrio La Pila Grande.

Cuando tu hicistes la canción “María Rural”

para solidarizarte con la madre campesina el

(30 de mayo.

Cuando tu fuistes al gran destino,

me dejastes tu guitarra, tu pintura sin terminar, tu poema de profecía y el libro “Juan Salvador Gaviota”

para sentir tu amor más allá de los cielos y

(la tierra.

“…Después de casi 20 años de tu nacimiento…

Cuando en una noche de verano,

yo en vuelo de un avión, cruzando el cielo del

(Polo Norte,

Para dirigirme al Lejano Oriente…

En un sueño te vi…

Tu cuerpo manchado de sangre!!!

Y tu bello cabello negro, largo, estaba cortado!!!

Sentada en una Flor de Loto subiendo al cielo,

como la Virgen Buda “Kum Yum”.

Cuando yo desperté, en el pleno vuelo por el Polo

(Norte,

Miré por la ventana un sol pálido a un lado

del cielo.

Miré mi reloj marcaba las 3 de la mañana, entre el día 31 de julio y primero de agosto.

Yo dije: “Hoy será un gran día”.

Armando Siu Lau, 1975.

3 comentarios sobre “La Mulán que nunca regresó

  • Muy bello artículo, precioso y muy interesante su desarrollo o el del personaje…saludos cordiales

    Respuesta
  • Es una bella historia transmitida de la manera mas humana posible. Cuanto hermoso detalle llena el contenido, para deleitar las generaciones.

    Arlen Siu la chinita que peleó hata el final. Que orgullo para nuestra historia.

    Respuesta

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