Zozobra inunda La Paz, Bolivia

Por Franz Chávez

HAVANA TIMES, 10 feb (IPS) — Estruendosas descargas eléctricas, calles y avenidas convertidas en ríos y dramáticas escenas de rescate en dos zonas donde el deslizamiento de tierra borró del mapa 87 viviendas pintan la zozobra en que está sumida la ciudad de La Paz, sede del gobierno de Bolivia.

Elevada a 3.650 metros sobre el nivel del mar, la ciudad está enclavada en un enorme cañón y rodeada de montañas desde donde las aguas se descuelgan con frecuencia veloces y furiosas hasta transformar avenidas centrales en ríos que cruzan de norte a sur.

La temporada de lluvias, que comienza en diciembre y se prolonga hasta marzo, ha dejado al descubierto las debilidades del terreno y de los sistemas de recolección de aguas, y hasta el momento los barrios de Huanu Huanuni, en el sur, y Retamani, en el este, han sufrido las consecuencias.

Dos personas murieron y cerca de 600 quedaron sin hogar, porque sus casas se desplomaron al debilitarse los terrenos localizados en quebradas de ríos o torrentes de barro, según explicó el Gobierno Municipal de La Paz.

En el plano nacional, la Dirección de Defensa Civil señaló que al menos 15 personas han muerto hasta ahora por las inundaciones, los derrumbes  y el desbordamiento de los ríos en este país andino. Además, 36.000 familias resultaron damnificadas en 92 municipios de los 327 existentes.

En La Paz, el viernes 5 fue el día en que las lluvias tuvieron mayor intensidad.  Cayeron 18,2 litros de agua por metro cuadrado, dijo a IPS el jefe de la Unidad de Pronósticos del Servicio Nacional de Meteorología, Félix Trujillo.

Pero el dato está lejos del registrado en la tormenta del 19 de febrero de 2002, cuando en cerca de media hora, las lluvias estimadas en unos 42 litros de agua por metro cuadrado, inundaron el centro paceño y provocaron la muerte de 59 personas, según la oficina en Bolivia de la Organización Panamericana de la Salud.

Trujillo se encargó de elaborar los pronósticos sobre la intensidad previsible de la temporada de lluvias, que llevaron al presidente Evo Morales a decretar un estado de emergencia nacional el 29 de enero, si bien la “alerta roja” se estableció solo en cuatro regiones, incluida La Paz.

La atípica intensidad de las lluvias, con granizadas incluidas, tiene detrás el fenómeno periódico de El Niño/Oscilación del Sur, que calienta las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial y que ha hecho sentir sus efectos en toda América del Sur, con sequías en el norte e inundaciones en el sur, aunque algunos países sufran los dos impactos.

Los pronósticos de Trujillo se cumplieron y el barrio de Huanu Huanuni, edificado en una montaña que aparentaba solidez, se vino abajo en cámara lenta, lo que permitió la huida de sus habitantes, que vieron impotentes como sus bienes y enseres eran devorados por la tierra en la madrugada del 28 de enero.

IPS acompañó al equipo de rescate de los bomberos y recorrió el gigante promontorio de tierra al que quedó reducido un barrio donde se mezclaban viviendas de 75.000 dólares con otras muy humildes.

Ricos y pobres terminaron enjugando lágrimas, clamando por ayuda para rescatar sus bienes y comiendo de la olla común el “arroz a la valenciana”, un platillo simple con el grano teñido con colorante amarillo y cocinado bajo una carpa militar de campaña.

La que era una urbanización con registros y autorizaciones municipales, es ahora una montaña de tierra y escombros y el recuerdo de un barrio donde los más adinerados depositaron el sueño de la vivienda confortable y segura, y los pobres el refugio para toda la vida.

Al pie de esa caprichosa masa de tierra, Edgar Rhu, relató a IPS que lo perdió todo, y sólo consiguió salir de su casa con el pijama puesto, descalzo, y con el tino suficiente para correr a rescatar a sus hijos, antes de que en cuatro minutos exactos todo se desplomara.

Como vendedor de computadores, consiguió ahorrar y construir una casa que se encontraba unos 60 metros arriba de la meseta de la montaña y de la que no queda nada. Incluso su automóvil yace enterrado y solo se vislumbra una puerta lateral con su vidrio destruido.

Sin ocultar su enojo, relató que el día del desastre tuvo la oportunidad de rescatar el vehículo, pero “un coronel de policía se opuso”. En medio del nerviosismo, nadie se atrevió a mover una piedra para evitar que la masa de tierra y lodo continuara descendiendo y arrasando todo a su paso.

Más que la vida misma, en este lugar la gente ha tratado de rescatar primero los vehículos, un bien que marca diferencias sociales y económicas en un país donde 67 por ciento de los 10 millones de habitantes son pobres.

Otro vecino consiguió arrancar de la tierra carrocerías y partes de algunos vehículos que estaban a su cuidado. Su desesperación motivó la solidaridad de algunos obreros y residentes, que lo ayudaron a desenterrar su propio automóvil con su nueva apariencia de un emparedado.

El especialista en rescates, el bombero Jaime Mamani, observaba un refrigerador de varios pies de altura, y frente a una familia impaciente por recibir su ayuda, se echó a sus espaldas los más de 80 kilogramos del electrodoméstico.

Habituado a caminar por accidentado y sinuoso terreno, el rescatista escaló una pendiente de unos 60 grados con la carga a cuestas, y arrancó una de las pocas sonrisas en los demudados rostros de los sobrevivientes.

El terreno es tramposo, inconsistente y frágil, y a cada paso surgen objetos que antes decoraban salas, eran infaltables en los comedores y en las cocinas, y ahora han perdido su valor, aplastados y recubiertos de tierra y lodo.

Aun así, los damnificados reconocían y celebraban el hallazgo de una mesa, una silla o un televisor y agrupaban los pocos enseres rescatados, cuidándolos con celo porque es lo único que ganaron a la tragedia y hay ladrones acechando a corta distancia.

A pocos metros de allí, Luisa Aruquipa, de 55 años, caía al suelo mientras ayudaba a rescatar unas vigas de construcción. Ella estaba viviendo el drama por segunda vez.

El pasado año perdió su vivienda en otro barrio de la ciudad, y desde entonces vive en una carpa. Ahora ha llegado hasta Huanu Huanuni como obrera del Retén de Emergencia y Mantenimiento, para apoyar a las tareas de rescate.

Su historia es una de muchas que se cuentan en La Paz, donde el gobierno municipal y el propio presidente Morales prometen edificar nuevas viviendas para ofrecer cobijo, pero los proyectos se demoran mientras se decide un terreno apropiado y se realiza la construcción.

En otro punto de la ciudad, en la zona de Retamani, al este, las aguas descontroladas han abandonado su bóveda y tras humedecer el suelo, provocaron el desplome de unas 15 casas y debilitaron a otras 20.

Por la quebrada atraviesa un río, pero ni eso ni la muy riesgosa pendiente impidió la construcción de viviendas de hasta tres plantas, con salas confortables y profusión de equipos para el ocio, donde la comodidad fue interrumpida por la inclemente lluvia.

Los desesperados rescates personales de pertenencias dejaron a la luz sillones con sus telas rasgadas, muebles con sus superficies deterioradas y televisores grandes y pequeños con sus pantallas cubiertas de tierra y barro.

En lo alto, en la cima de escombros de Huanu Huanuni, un hombre cansado de escarbar entre los restos de su casa, se reclinó sobre el mango de una pala y preguntó a IPS: “¿Esto será un castigo de Dios? ¿Qué dice?”



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Cabo San Lucas, Baja California, México. Por Ray McCloud Hensley (EUA). Cámera: Google Pixel

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