Proyecto social-musical encantador en Brasil

Por Fabiana Frayssinet

HAVANA TIMES, enero (IPS) — Afinadas en un mundo desafinado como la favela carioca Terra Encantada, las guitarras de la orquesta de Daniel Sant’ Anna entonan el “Himno a la Alegría”.  Los dedos que guían sus cuerdas son de niños y adolescentes, que buscan en ese instrumento caminos para encontrar una salida verdadera a sus vidas.

Desafinadas las calles.  Con la basura que se acumula durante días en medio de una temperatura de casi 38 grados.

Desafinadas las condiciones de salubridad, sin agua potable corriente, sin desagües y sin luz.

Desafinada el temor, con acordes disonantes durante la noche.  El de los altos y bajos de los tiroteos.

Son niños que no tienen nada, sin contar “la opresión de la sociedad que es aún mayor que la policial”, reflexiona el músico Sant’ Anna, creador del proyecto “Guitarras encantadas”.

“Cuando piden empleo y dicen que son de una favela (barrio irregular hacinado) no lo consiguen.  Cuando en la escuela cuentan que viven en una comunidad donde hay tiroteos a la noche, la percepción hacia ellos cambia”, acota.

El director del proyecto, que se gana la vida como integrante de bandas de música popular brasileña y rock, no tenía recursos financieros para cambiar esa realidad.  Pero consideró que tenía otros, para cambiar en algo la vida de estos niños, que forman parte de las 800 familias que habitan la favela Terra Encantada, nacida de la ocupación de una fábrica de tejidos abandonada en l 2003.

Recuperando la autoestima

Imaginó que clases de iniciación musical podrían “devolverles un poco de su autoestima” y “abrirles paso a otros caminos”.  Así, un día juntó todas las guitarras viejas de sus colegas músicas y armó los cursos.

Las clases se imparten dos veces por semana, en dos turnos alternativos, y están abiertas para todos.  El único requisito es estar en la escuela.

Al principio los niños tenían gustos musicales definidos.  Les gustaba el pagode, un tipo de música popular brasileña, y el funk, típico entre los jóvenes de estas comunidades.

Es un estilo de música, que aunque Sant’ Anna admite que “refleja parte de la sociedad”, no transmite en general un mensaje “positivo”.  Además de que sus canciones son “repetitivas”, musicalmente hablando, tienen una alta apelación a la violencia.

Al músico también le preocupa su gran “apelación sexual”, sobre todo en comunidades donde, como destaca, los índices de embarazo precoz son alarmantes.  “A los 12 o 13 años uno ya ve niñas embarazadas”. y “a los 20 muchos ya tienen cuatro o cinco hijos”.

El gusto musical cambió poco a poco entre los niños y adolescentes.  Con un aparato de sonido, Sant’Anna fue haciéndoles conocer otros estilos “para ver que los emocionaba”. Música Popular Brasileña de calidad, clásica, latinoamericana, internacional.

“Les pasé nota por nota y a ellos les encantó.  Tanto que comenzaron a llamar a otros amiguitos. Cuando me quise dar cuenta ya tenía más de 10 y vi que ese era el camino”, recuerda.

En una de las salas un grupo de niños toca “No llores más”, del notable músico jamaiquino ya fallecido Bob Marley.  En otro más avanzado suenan los difíciles acordes, para los más avanzados, de una música flamenca.  Otros entonan “Garota de Ipanema”, del gran brasileño Tom Jobim.

Los vecinos los ven diferente

El objetivo no es formar músicos profesionales.  Inclusive porque en un país como Brasil eso es un “camino difícil”, según aclara el director.  Para él la iniciación musical es un “camino de ciudadanía”.

“La guitarra les trajo autoestima, y ahora sus padres, maestros y los vecinos los miran diferente.   Ellos ahora salen en el diario del barrio, van a la televisión.  Eso les da autoestima porque ven un camino, son famosos en toda su comunidad”, dice Sant’Anna a IPS.

Una agrupación surgida de la iniciativa del director con los alumnos más avanzados, que llamaron “Orquesta de guitarras encantadas”, ya grabó dos discos y son invitados a tocar en distintas instituciones.

Tras seis años en el proyecto, Thiago Vianna da Silva, hoy es también un profesor de música de comunidades carentes y se gana la vida con eso.  El sueño del ahora profesor, es tener una guitarra eléctrica.

Thiago se acercó al proyecto buscando alguna cosa que lo “prendiese” y que sobre todo lo sacara del mismo camino de sus amigos que, como miembros de organizaciones de traficantes de drogas, “fallecían uno a uno”, es decir, morían de manera violenta.

Sant’Anna explica que en una comunidad como esa, que reúne los peores índices de desarrollo humano de Río de Janeiro, es difícil competir con el modelo de las mafias, que con un poder aún más exaltado por los medios de comunicación cuanto más hablan de ellos, terminan siendo “héroes de referencia”.

El músico busca que la guitarra sea un instrumento que sustituya los fusiles, y los jóvenes como Thiago dicen haberlo conseguido.

“Mi vida cambió totalmente. Antes sólo estaba en la calle, sólo quería saber de jugar a la pelota (fútbol), levantar barriletes (cometas), no respetaba a nadie.  La música me trajo respeto por los otros y por mi mismo.  Hoy prefiero quedarme en casa estudiando y tengo mi vida profesional”, resume.

Pero el proyecto, que hoy atiende 45 niños y niñas, entre ocho y 15 años, corre el riesgo de perder fuerza si no consigue más recursos. Para ayudar a Sant’ Anna, los alumnos con más experiencia se alternan para dar clases a los más pequeños.

La única ayuda formal con que cuenta esta iniciativa es la del Instituto Brasileño de Innovaciones en Salud Social (Ibiss) que pone a su disposición las instalaciones para los cursos, en medio de la favela, en la llamada Baixada Fluminense.

Sant’ Anna, como músico, vive de gira en gira con las bandas que integra y lamenta no tener recursos para garantizar por ejemplo la merienda de los niños o el transporte cuando la Orquesta guitarras encantadas es invitada a presentarse a tocar en lugares alejados.

“Para dejar de ser un proyecto amateur necesitaríamos más profesionales.  No sólo profesores de música sino otros que acompañen la vida de estos niños fuera de las clases de guitarra, en la escuela y en su vida familiar.  Fuera de las aulas no sabemos nada de sus vidas”, dice Sant’

Anna.

Es una pena cuando las cosas ya empiezan a cambiar según cuenta.  Los niños, que en las comunidades “eran propensos a golpearse”, hoy se comportan pacíficamente. “No se pegan, no se insultan”, remarca.

Interesadas por los cambios positivos que ven en sus hijos, las familias también comienzan a acercarse a las clases y a estimularlos.  Y el proyecto les muestra otras puertas.

Sant’ Anna dice que, aunque parezca mentira, muchos niños no habían salido de los límites de la favela o de su barrio.  “Nunca vieron el puente de Río a Niteroi, por increíble que parezca”. “Viven aislados”

Ahora, con las giras de la orquesta, comienzan a conocer esa ciudad partida. Muchos por ejemplo ya conocieron el centro de Río de Janeiro.

Parece poco.  Pero los integrantes de la orquesta están tan encantados como sus guitarras. La música les abrió literalmente las puertas del mundo.



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