Lecciones de demonología

Anne Applebaum / Foto: Cine y Literatura

Dondequiera que ahora mismo se estén reproduciendo simplificaciones de la realidad política, con el propósito de conducir el odio, se extiende el ocaso

Por Rafael Rojas (Confidencial)

HAVANA TIMES – En los últimos años se han escrito varios libros que intentan explicar el ascenso de populismos autoritarios que, desde la izquierda o la derecha, amenazan la democracia. Steven Levitsky, Daniel Ziblatt, Jan Werner Müller, Nadia Urbinati, Enzo Traverso, Pablo Stefanoni, Federico Finchelstein, Enrique Krauze son algunos de los autores que han avanzado en la comprensión de este fenómeno transversal, que lo mismo se produce en sociedades desarrolladas o subdesarrolladas, occidentales o no, y que sabe aprovechar a su favor el cambio tecnológico del siglo XXI.

Anne Applebaum, la periodista e historiadora de The Atlantic, casada con el político polaco Radek Sikorski, también dedicó al tema un libro reciente, titulado El ocaso de la democracia (2021). La mirada de Applebaum sobre el rebrote autoritario tiene la peculiaridad de provenir de una intelectual que hizo causa común con el liberalismo de fines del siglo XX y se involucró de manera cercana en las transiciones democráticas de Europa del Este.

En un ejercicio de memoria sobre la fiesta de fin de año que, en 1999, organizó en una casa campestre polaca, para despedir el siglo XX, Applebaum relata que muchos de sus amigos de Europa del Este, que en su juventud habían abrazado el liberalismo, para 2010 ya estaban involucrados en movimientos nacionalistas y xenófobos, mayormente conservadores o reaccionarios. Con la vuelta al nacionalismo y el rechazo a la globalización vino también un nuevo fervor religioso, católico o protestante, acompañado de antisemitismo, islamofobia y otras formas de racismo.

Muchos de sus amigos polacos, reunidos en aquella fiesta de fin de siglo, eran ahora funcionarios o agitadores del partido Justicia y Ley de los hermanos Kazcynski, y ya no sabían distinguir dónde terminaba el anticomunismo y empezaba el antiliberalismo. Junto con su rechazo a la universalidad de los derechos, comenzaban a poner en duda el pluralismo civil y cultural, negaban las reivindicaciones de las minorías y los migrantes y apostaban a un republicanismo homogéneo, como el que habían combatido en sus juventudes antisoviéticas.

Cuando comenzaron a sucederse fenómenos y liderazgos que amenazaban el europeísmo de la post-guerra fría —el Brexit, Trump, Orbán, Salvini, Le Pen, Maréchal, Vox…— Applebaum comprendió que las nuevas derechas nacían de un malestar profundo con la democracia liberal. Su libro intentó explorar ese malestar con relecturas de Julien Benda, Hannah Arendt, Theodor Adorno y Karen Stenner. De unos y otras deriva la idea de que el populismo autoritario no es más que la conducción pública del odio por medio de una red de operadores mediáticos que vende, a bajo precio, imágenes simples y maniqueas de la realidad.

El autoritarismo, dice Applebaum, lo mismo en la derecha que en la izquierda, no es más que la intolerancia a la complejidad. La falta de distinción o la incapacidad para diferenciar fenómenos políticos es uno de sus componentes esenciales. A contracorriente de una larga y erudita tradición de racionalidad clasificatoria, que va de la teología medieval a la ciencia moderna, pasando por el naturalismo ilustrado, la nueva demagogia se caracteriza por establecer analogías e identificaciones entre entes distintos.

No sólo eso. Además de analogías, el populismo autoritario necesita inventar complicidades —«causalidades diabólicas» les llamaba el historiador ruso-francés León Poliakov— entre procesos históricos disímiles. Los regímenes del bloque bolivariano, por ejemplo, comparten con el Kremlin la tesis de que la OTAN provocó la invasión de Rusia a Ucrania. No se trata de una realidad constatable sino de una trama especulativa que establece equivalencias y espejismos entre los hechos y las percepciones. No importa tanto si la OTAN amenazó realmente a Rusia sino que Moscú percibió la posibilidad muy remota de que Ucrania se integrase a esa alianza como una amenaza.

Lo mismo podría decirse de la operación analógica, tan frecuente en el circuito de la nueva derecha iberoamericana (Bolsonaro, Vox, Frena, Kast, Milei…), de que todas las izquierdas latinoamericanistas son comunistas, cuando no específicamente castristas y chavistas. En esa lectura orientada al odio, pierden todo poder fáctico los programas y acciones de un gobierno: sólo cuentan las declaraciones o los tuits. La comprensión de la política se reduce a las redes, que son, a su vez, el medio para trasmitir caricaturas y simplificaciones a diestra y siniestra.

Decía recientemente el periodista Carlos Bravo Regidor que la demonología medieval —o el idioma analítico de John Wilkins que evocaba Borges—estaba más dispuesta a practicar el arte de la diferenciación, que es uno de los mecanismos centrales de la inteligencia. Está Satán, pero también Shaytán e Iblís en el islamismo, Angra Mainyu en el zoroastrismo y hasta los múltiples espíritus malévolos menores de la Biblia y el Corán.

Como dice Applebaum: para que los demagogos ganen, para que la democracia acabe corroída y eventualmente colapsada no sólo hacen falta líderes mesiánicos, de derecha o izquierda. Hacen falta también esos que Benda llamaba «clérigos», que luego se llamaron intelectuales y que hoy vendrían siendo los operadores de redes, mercadólogos políticos, manipuladores mediáticos, influencers y activistas. Dondequiera que ahora mismo se estén reproduciendo simplificaciones de la realidad política, con el propósito de conducir el odio, se extiende el ocaso.

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Texto original publicado por El Estornudo

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