Cazadores de la medicina perdida en Venezuela

Por Humberto Márquez

HAVANA TIMES, 7 feb. (IPS) — Millones de enfermos de cáncer en el mundo podrán beneficiarse del medicamento taxol (paclitaxel), elaborado por laboratorios de Estados Unidos a partir de hongos como los de las montañas tepuy de Venezuela, sin retribuir nada a las comunidades indígenas que habitan esos paisajes desde tiempo inmemorial.

En otro caso, investigadores de la Universidad Federal de Zurich, tras un acuerdo con el gobierno venezolano en 1998, penetraron a comienzos de esta década en las comunidades yanomami, en el extremo sur de este país sudamericano, para extraer plantas medicinales de esos habitantes de la Amazonia, así como sus estrategias de manejo de tales recursos.

“Nuestros países son muy vulnerables a la biopiratería, a lo que es prácticamente una invasión de las compañías farmacéuticas globales. Se soslayan acuerdos internacionales y se aprovechan de la débil vigilancia sobre nuestra biodiversidad”, apuntó a IPS el investigador forestal Julio César Centeno, de la venezolana Universidad de Los Andes.

Aún así “insistir en señalar y trabajar casos en las regiones andina y amazónica contribuye a progresos como la adopción, en octubre, del Protocolo de Nagoya”, destacó a IPS María Elisa Febres, abogada de la organización no gubernamental ambientalista Vitalis.

El Protocolo adoptado en esa ciudad japonesa norma el acceso a recursos genéticos, pauta la consulta a las comunidades concernidas y señala que los beneficios obtenidos por empresas farmacéuticas y cosméticas del uso de animales, plantas y microorganismos se compartan con los países donde se extraen esos recursos.

Vitalis documentó el caso del taxol, nombre comercial, registrado por la corporación Bristol Myers Squibb, del paclitaxel, agente indicado para el cáncer de mama, ovario, pulmón y sarcoma de Kaposi, y probablemente útil frente a la psoriasis, la enfermedad renal poliquística, la esclerosis múltiple y el mal de Alzheimer.

Ya en 2003 el taxol pasó el umbral de un millón de pacientes tratados y alcanza ventas en promedio superiores a los 1.000 millones de dólares anuales, por lo que comienza a hacerle frente a la competencia de genéricos.

El paclitaxel se obtuvo primeramente del árbol Tejo del Pacífico (Taxus brevifolia), propio de la costa oeste estadounidense. Pero es un árbol pequeño, escaso, de lento crecimiento, y el principio activo del fármaco se concentra en la corteza del tronco, por lo que para extraer la materia prima se debe dañar irreparablemente la planta.

Se obtienen generalmente tres miligramos de agente anticancerígeno por kilogramo de corteza, por lo que es necesario destruir tres árboles (27 kilogramos de corteza) para extraer la dosis que requiere el tratamiento de un solo paciente.

Por ello, desde hace dos décadas comenzó una “furia” por obtener paclitaxel primero de otros árboles del género taxus, y luego en hongos que “pudieran ser reproducidos más fácilmente y a menor costo, utilizando las capacidades de la industria de la biotecnología”, indicó Gary Strobel, de la estadounidense Universidad de Montana.

Strobel visitó parajes remotos en cuatro continentes y constató la producción de paclitaxel en organismos presentes en plantas de Australia, Nepal y Venezuela.

En este último caso se trata de los hongos Stegolerium kukenani y Seimatoantlerium tepuiense, que crecen sobre plantas presentes en las cimas de los tepuyes Kukenán y Roraima, fronterizos entre Brasil, Guyana y Venezuela. También la bacteria Serratia marcescens, capaz de producir el anticancerígeno Oocydina A.

El área donde fueron extraídos estos organismos, sin permiso o consulta alguna a los involucrados, es el Parque Nacional Canaima, de 30.000 kilómetros cuadrados y asiento de los tepuyes, montañas antiquísimas de paredes verticales y cumbres casi planas. Es hábitat de la etnia indígena pemón, de unos 30.000 individuos.

Strobel informó hace años a Vitalis que trató “sin éxito” de contactar autoridades de los países donde estuvo, que colectó muestras en Venezuela en 1998 y que en algún momento en la cima de los tepuyes “no sabía si estaba en Brasil, Guyana o Venezuela”.

Ferrer recordó que las investigaciones de Strobel han dado lugar, en Estados Unidos, a unas 50 patentes para la Universidad de Montana en asociación con laboratorios como Bristol Myers y Cytoclonal Pharmaceutics, y algunas abarcan, muy genéricamente, “microorganismos de cualquier fuente” capaces de producir taxol.

En el caso de los yanomami, quizá el pueblo más antiguo de América Latina, con 25.000 años o más en el sur de lo que es hoy Venezuela y el norte de Brasil, Centeno recordó que el acuerdo entre la Universidad de Zurich y el gobierno venezolano permitió a ocho científicos suizos investigar hierbas y prácticas medicinales de esos indígenas.

“Pero resulta que, según los yanomami, ante cada enfermo ellos no hacen medicina en el sentido que la conocemos en Occidente, sino magia o ritos espirituales que el mundo académico no reconoce, pues trabaja sobre sustancias y procedimientos con efectos que se puedan demostrar y repetir experimentalmente”, observó Centeno.

Ya el antropólogo Daniel de Barandiarán, en su clásico “Los hijos de la Luna” mostró cómo el shamán yanomami “cura” restableciendo la relación afectada entre el paciente y los “híkola” o fuerzas espirituales superiores asociadas a géneros animales o vegetales.

Por esa vía, “el saber colectado entre los yanomami  –algo que por décadas hicieron evangelizadores estadounidenses de las Nuevas Tribus–  y sustancias obtenidas en su hábitat pueden ser presentados, en Zurich por ejemplo, como un descubrimiento que remunere con prestigio y dinero a beneficiarios en Europa”, apuntó Centeno.

Sostuvo que investigadores de universidades de Venezuela también han adelantado prospecciones de plantas y saberes entre comunidades como las yanomami “con el argumento quizá plausible de recopilar la información antes de que se pierda por reducción del hábitat o del pueblo originario”.

Sin embargo, “deberíamos dar el ejemplo con consulta, participación y beneficios compartidos con las comunidades indígenas que habitan las fronteras de Venezuela en condiciones materiales de mucha necesidad”, agregó Centeno.



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