¿Qué pasa con los taxistas privados de La Habana?

Por Irina Echarry  (Fotos: Juan Suárez)

HAVANA TIMES — Por estos días en La Habana solo se habla de un tema: el transporte. Llegar al trabajo o regresar a la casa es una tarea titánica.

No resulta nuevo el asunto, solo se ha agravado a partir de que el 8 de febrero el gobierno provincial hiciera pública unas medidas de estricto cumplimiento para los transportistas privados. Amenazados con el retiro de la licencia, los boteros han tomado la justicia por sus manos.

En la capital impera el caos, al principio se respiraba un ambiente polarizado, como es costumbre en nuestro país cuando de analizar se trata: o defiendes a los boteros (taxistas privados) o estás contra ellos. Luego de casi veinte días la gente está segura de que esas medidas no resolverán el problema, y los boteros hacen una huelga solapada, pero anuncian un paro nacional para finales de mes. El gobierno no se ha vuelto a pronunciar.

Havana Times recorrió varios puntos de la capital para tomar el pulso de la situación y se encontró con que casi nadie quiere dar su nombre.

La gente habla de manera informal, pero cuando ven la grabadora delante se lo piensan mejor. Respetamos el anonimato de quienes contribuyeron con su criterio.

Para atrapar un carro en la calle 23, Monte o Neptuno, es necesario conocer las señas exactas, si no, te pasan por al lado y no paran, aunque vayan con asientos vacíos. El parque El Curita es un punto álgido, allí confluyen varias rutas de taxis, se puede ver a los boteros conversando y a la gente atormentada en busca de una solución para llegar a sus destinos.

Alamar no tiene un punto fijo para la recogida de pasajeros, las personas se amontonan en el Parque Central y al fondo del Teatro Martí; es una aventura diaria -de empujones y maltratos para asegurar un puesto en uno de los carros-, que no todos están dispuestos a vivir.

Dalia trabaja como maestra en una escuela primaria, viaja con frecuencia desde El Cotorro a San José para ayudar a una hermana enferma: “Mira, primero el viaje costaba 10 pesos, luego lo subieron a 15 y ya hace rato estaba a 20. Es una realidad, los salarios nuestros no resisten esos precios; y los boteros no son extraterrestres, ellos saben muy bien lo que ganamos. Algo había que hacer, por eso me alegré con la fijación de las tarifas. Lo que no imaginé que todo iba a empeorar”.

Lo que Dalia llama empeorar es más que eso. Muchos taxistas privados han decidido trabajar menos y dejar los horarios picos al ineficiente transporte público. Sobre las cinco de la tarde las guaguas andan con las puertas abiertas, la gente cuelga de ellas como racimos; aunque ahora hay más ómnibus circulando, la imagen recuerda la década del 90.

Mario maneja desde los 18 años, en 2010 solicitó su licencia de transportista y desde entonces no ha dejado de rodar en el carro que le dejó su abuelo. “Nosotros pagamos impuestos altos, resolvemos un problema que el gobierno nunca ha podido arreglar ¿por qué se reprenden así?

Yo trabajo 10 horas diarias, a mí nadie me regala nada. Ahora estoy saliendo menos, solo en horarios tranquilos, ni la mañana ni la tarde. No puedo parar el carro porque me lo sentiría mucho, pero en los horarios pico no pincho. Hay que demostrar que tenemos poder”.

Es cierto, los taxis colectivos son un alivio para quienes pueden pagar los precios que los choferes imponen, pues sus licencias les dan la potestad de establecer el precio según la oferta y la demanda. Por eso rechazan la intervención del Estado en la fijación de precios y rutas, pues el Estado no les da ninguna facilidad para ejercer su trabajo.

La mayoría de los boteros esgrime un discurso defensivo y justificado: los altos precios del combustible y las piezas de repuesto, así como la cuantiosa suma que deben pagar en impuestos. Y aunque la gente reconoce que no mienten, algunos no entienden por qué deben desquitarse con el pueblo.

Daniela estudia primer año de Logopedia, debe trasladarse todos los días desde Regla hasta Ciudad Libertad, en Mariano. “Lo peor son las mañanas, no hay guaguas que pasen con regularidad y nosotros tenemos un horario. La solución son los boteros. Todo el mundo sabe que Regla y la Habana Vieja están pegaditos, es un abuso cobrar 20 pesos por ese viaje.

“Yo he establecido mi propio precio, cuando me bajo les doy 10 pesos, no sé si me lo dejan pasar porque soy jovencita. Me hago la loca cuando me ponen mala cara y al día siguiente repito lo mismo. Uno me regañó una vez, que si ellos tiene que pagar todo, que la vida está cara, y le dije que eso no es así: tú lo pagas con el dinero que nosotros te damos por el viaje. Porque tampoco es que sean víctimas, bastante caro que nos cobran”.

Carlos, un jubilado de la construcción del municipio Centro Habana, piensa que no es justo: “Yo también debo pagar muchas cosas y mi jubilación no alcanza ni para comer; lo más fácil es subir el precio del viaje a costa del pueblo. Si no están de acuerdo con las cosas como están ¿por qué no hicieron esto desde un principio? ¿Por qué no se plantaron frente al gobierno y exigieron rebajas o facilidades desde que sacaron sus licencias?  Ah no, es mejor abusar del otro que está peor que tú. Es triste, este país está patas arriba porque ya no hay solidaridad. Ahora con las medidas nuevas nada va a mejorar, al contrario”.

Un joven vendedor de galletas de mantequilla en la esquina de Coppelia apunta: “Es una locura, mira ese carro como pasó, vacío. Así es desde hace días. ¿Quién paga? Nosotros, los pobres. Es verdad que aquí nadie tiene facilidad pa trabajar, pa vivir. Es absurdo que lo boteros tengan que pagar las gomas al mismo precio que alguien que no brinda ese servicio. Lo más lógico es que tengan alguna ventaja, ya que el mercado mayorista se demora”.

El descontento es notable, basta llegarse a una parada de guaguas o acercarse a un grupo de personas.

El chofer de un taxi de piquera -de esos amarillos y negro-, un anciano que lleva toda su vida manejando, asegura que la tarifa para Alamar debe ser de diez pesos. Es eso lo que cobran estos taxis desde hace años, pero hace pocos días uno de sus compañeros de trabajo cobró 20, cuando la gente le reclamó, utilizó el mismo discurso de los boteros.

El anciano chofer comenta: “Sí, es cierto, nosotros nos encargamos de todo lo del carro (se refiere a los arreglos, las piezas de repuesto, el combustible), pero luego que terminamos el kilometraje del día que son 140 km, tenemos 60 km para nosotros. No hay necesidad de cobrar tanto”.

Necesidad, el significado de esa palabra es tan voluble, tan susceptible a cambios, a los puntos de vista de cada persona que la utiliza.

Un especialista del Ministerio de Transporte asegura que en los últimos cuatro meses del año pasado entraron más de 200 guaguas al país, de las articuladas que vienen de Bielorrusia y de la Yutong chinas que se usan como ruteros.  “¿Dónde está esa cantidad de ómnibus? Yo creí que las cosas iban a ir en este orden: sacan la medida, los boteros no están de acuerdo, la cosa se complica y sacan las guaguas para contrarrestar. Sin embargo no ha sido así”.

En Internet circulan artículos de diversa índole, y una carta con demandas planteadas por los boteros: rebaja del combustible, de los precios de los neumáticos, etc. con anuncio de una huelga nacional de transportistas privados a partir del 27 de febrero. Sin embargo, en la calle no todos están informados.

Un señor pregunta: “¿Huelga? esa es una palabra fuerte. Si aquí te cogen en esa gracia seguro hasta te decomisan el carro. Yo quiero arreglar esto porque me está afectando, pero sin meterme en política”.

Otro que está cerca interrumpe: “Esa palabra en Cuba está prohibida y puede ser mal interpretada. La gente se lanza a hablar en nombre de todos y te complican. Es verdad que estamos unidos para tratar de solucionar la problemática lo mejor posible para todas las partes, pero aquí no tenemos cultura de huelga, si se tiran así la tenemos perdida. Lo mejor es negociar con el gobierno: ¿ustedes quieren que bajen los precios? ¿Qué nos van a dar a cambio? Pero empezar a hablar de huelga es por gusto, así no nos van a escuchar”.

De la ventanilla de un almendrón rojo sale una voz: “por eso es que estamos así, porque somos unos miedosos. Huelga y bien. Que vean lo que sucede cuando nosotros no trabajamos. Que sufran cómo se le complica la cosa con la gente. Y la gente, que se llene de valor y les pida cuentas a ellos”.

Algunos boteros creen que esas medidas solo han servido para poner a la gente en su contra. En cambio, otros alegan que ellos nunca han sido del agrado del pueblo,  porque les tienen envidia, porque creen que son ricos, y ahora no los van a respaldar en ninguna protesta.

El pueblo es el que siempre sufre los vapuleos del poder, ya sea político, económico, religioso, o de cualquier índole. La población que necesita llegar temprano a su trabajo para dar de comer a su familia está preocupado con esta situación. La mayoría, enajenada en su escasez diaria, aprueba ciegamente las medidas gubernamentales porque piensa en sus bolsillos. Otros aluden que solo son un parche, algo superficial que no hurga en la raíz del asunto.

Quizá sea hora de superar esa división entre el pueblo y los boteros, ellos también son parte del pueblo. Lo que hay que hacer es unirse, pensar un país mejor y trabajar por él, no solo reaccionar cuando se afecta el bolsillo.

Mientras ese convencimiento llega, la incertidumbre reina. ¿Qué sucederá a partir de lunes 27? ¿Habrá una huelga más profunda que esta que hoy se vive en las calles?

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17 thoughts on “¿Qué pasa con los taxistas privados de La Habana?

  • Al final de todo es la misma mierda pero con diferente cagada

  • Juan sin nada, la palabra delito la ha puesto usted; el asunto es super fácil de explicar: médico de la tercera edad quiere asegurar su vejez y ayudar a su familia, para eso se compra un “almendrón” con lo que reunió centavo a centavo durante sus misiones, pero como ya está viejo (o no le da la gana) emplea un chofer (o dos) para manejar; hasta ahí todo de maravilla,el médico se busca su dinero y de paso ayuda a la economía de dos familias más; ahora viene la parte buena; quién sustenta la economía del médico y sus dos chóferes (que por supuesto ninguno de los tres se conforma con unos 1000.00 mensuales porque eso no alcanza para nada) ?, posiblemente usted Juan sin nada, y otras muchas personas que le tienen que pagar 20.00 por un viaje, o 10.00 por unas cuantas cuadras. Los mismo bicitaxistas que se la pasan reclamando te “clavan” 20.00 por un viajecito, también es verdad que hay empresarios bicitaxistas (como ocurre con los boteros) gentes que tienen varios bicitaxis o carros circulando. De acuerdo con usted que la solución a eso está en el Estado. Yo recuerdo un tiempo en que vivía en Alamar y pasaban guaguas de trabajadores de las FAR semivacías y no recogían a nadie, y así muchos otros ejemplos, si todas esas guaguas recogieran pasaje a un precio módico, se solucionaba en parte el problema.

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