La Casa Verde, en Miramar (Fotorreportaje)

La Casa Verde

Por Irina Pino

HAVANA TIMES – La Casa Verde es una de las moradas más peculiares de La Habana. Se ubica a la salida del túnel de 5ta Avenida, Miramar, frente al Parque de Cero.

En los años noventa, comencé a residir en la zona, y me quedaba abstraída observándola desde lejos.

Daba miedo pasar cerca, era La Casa de las brujas, por su apariencia destartalada, oscura y fantasmagórica.

En realidad, el inmueble perteneció a Armando de Armas, ex mayordomo del Palacio presidencial durante los ocho años (1913-1921) de mandato del presidente cubano Mario García Menocal.

La obra es del arquitecto José Luis Echarte, y fue trazada perimétricamente, con la unión de formas geométricas, rectángulos, cuadrados y círculos.

Rodeada de un amplio portal, exhibe una torrecilla a la izquierda. Encima de esta, se encuentra una habitación de vista privilegiada, soleada, pero muy calurosa durante el día.

La integran tres plantas, cinco habitaciones, sala, comedor, cocina, lavadero y ático. En la parte posterior, se encuentra la terraza y el jardín.

Los últimos elementos no venían con el lote, la terraza fue construida después de su restauración, y antiguamente, en el jardín, había un huerto estatal donde vendían vegetales.

Posee dos escaleras, la que lleva a la segunda planta, y una interna, de caracol, que asemeja la columna vertebral del edificio, desde el piso inferior hasta el ático.

Para su construcción (en 9 meses), se emplearon ladrillos, concreto, maderas preciosas, mármol de Carrara y tejas verdes (españolas), curvas, vitrificadas, traídas desde los Estados Unidos.

La historia (Real o ficción)

Su segunda y última dueña, fue la señora Luisa Rodríguez Faxas y una sobrina. Luisa provenía de una familia acaudalada, y su madre le regaló la casa en su 20 cumpleaños. Antes vivían en El Vedado.

La joven estudió piano y daba conciertos en espacios públicos. Muy moderna, paseaba en su convertible a sus dos perros de raza.

Se casó con un abogado y escritor. La pareja tuvo tres hijos. Durante unas vacaciones, en Miami, su esposo fallece de un infarto. Entonces ella vuelve a la isla para su entierro y poner en orden la propiedad. Los chicos se quedan allá con una tía.

Nunca más los vería, en aquellos años 60 se deterioran las relaciones políticas entre Cuba y los Estados Unidos, y no puede viajar a buscarlos.

Casada en segundas nupcias con un oftalmólogo, amigo de la familia, sus hijos lo desaprueban y rompen vínculos con ella. Solo mantenía comunicación con una hija. Más tarde, se divorcia.

En los 70, una sobrina viene a acompañarla. También la visitaban sus primos de Oriente.

Allí la vida transcurría de manera diferente, eran noctámbulas, durante la noche se hacían tertulias y fiestas. No se levantaban hasta después de las dos de la tarde.

Las mujeres compartían gustos afines, amaban los libros, estudiaban idiomas, y criaban perros y gatos. Muchos animalitos callejeros fueron adoptados por ellas.

El estado le hizo a Luisa varias propuestas de inmuebles, para que se mudara, pero siempre lo posponía o se negaba. No quería abandonar su casa. Dicen que por un tesoro escondido tras una pared, que ella esperaba hallar en algún momento.

Quizás fue feliz, mientras afuera todo cambiaba, pero transcurrieron los años y la casa comenzó a morir. Ya en la década del 90, le fue imposible costear las reparaciones, pululaban los huecos en la fachada, tejas caídas, había filtraciones cuando llovía, desprendimientos en su interior.  Por la noche, envuelta en la oscuridad, asemejaba a una tumba.

En 1999, Luisa muere de un cáncer de pulmón. Seis meses después, su querida sobrina, de un infarto.

¿La Casa Verde queda sin herederos? Es cuestionable.

La restauración

La Oficina del Historiador de la ciudad, la repara, lo más fiel posible a su estado original. Los trabajos duran cuatro años, convirtiéndose en Premio de restauración en 2010.

Iba a ser un hostal para los jefes de gobierno que visitaban la isla. No obstante, debido a su ubicación (en la mira pública), se asigna como Centro promotor de la arquitectura moderna y contemporánea, el urbanismo y el diseño interior.

Al iniciar la restauración, se retiraron las ventanas francesas, hallándose debajo las ventanas originales, tipo guillotina. Se cree que las taparon para contrarrestar el calor y el sol del verano. En el ático se halló la marquetería.

Nadie sabe adonde fueron a parar los muebles y objetos de Luisa. Originales son los pisos de mármol, marquetería, la ventana de la escalera con su cristal, la barandilla de hierro, la escalera de caracol, y un lavadero esmaltado en la cocina.

El mobiliario actual es una mezcolanza de estilos, pero fusionados en armonía. Decorada con obras de artistas de la plástica cubana, como Ever Fonseca, Carlos Guzmán, Agustín Drake, Eduardo Abela, Agustín Begerano, Jorge P. Duporte, Lourdes Gómez, Vicente R. Bonachea, entre otros.

Varias pinturas son alegorías a los habitantes de la casa y a sus leyendas.

Es una lástima que en los jardines no haya una arquitectura paisajista, los espejos de agua permanecen secos, la arboleda es más abundante por una parte, mientras que en otra sección el sol castiga todo el día. Tampoco los bancos y estatuas se avienen con el entorno.

Pero vale la pena conocer esta casa maravillosa. Los miércoles, a partir de las 10 de la mañana, hay visitas guiadas, con previa reservación por teléfono. Igualmente, están las tardes musicales con solistas y conjuntos.

La Casa Verde es famosa gracias al reconocido fotógrafo Robert Polidori, quien con su lente perpetuó la magia del ámbito, donde ya reinaba la decadencia, como un fantasma más.

Las imágenes de Polidori van ilustradas con su poema: La muerte de una casa. Aquí va un fragmento traducido al español.

Esto que estoy contando no es un cuento,

es una historia limpia, que es mi historia;

es una vida honrada que he vivido, ´

Un estilo que el mundo va perdiendo.

(…)

La Casa, soy la Casa,

Más que piedra y vallado,

más que sombra y que tierra,

más que techo y que muro

porque soy todo eso, y soy con alma.

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