Monseñor Álvarez: “En Nicaragua se perdió el miedo”

 

“El pueblo está logrando un cambio”. Los obispos proponen una guía de principios y valores, sin exclusiones, para la reconstrucción del país

Por Carlos F. Chamorro  (Confidencial)

HAVANA TIMES – El obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, habla desde la llanura de las comunidades de su diócesis, azotadas por el dolor de la violencia política y la penuria social que provoca la crisis económica. Habla, también, como pastor y obispo de una Iglesia perseguida por el Estado y acusada de “golpista”, pese a lo cual sigue siendo la institución que genera mayor confianza y credibilidad entre los nicaragüenses.

“No encuentro ninguna contradicción entre el cristianismo y el amor a la patria”, dice monseñor Rolando Álvarez al referirse a los feligreses que manifiestan sus demandas de libertad y justicia, cobijados por las iglesias y las procesiones religiosas. Su conclusión sobre el estado del país, dieciocho meses después de la Rebelión de Abril, es rotunda: “En Nicaragua, el pueblo ya perdió el miedo, el pueblo ya está logrando un cambio”, afirma.

En abril del año pasado, el obispo Rolando Álvarez formó parte de la delegación de la Conferencia Episcopal que, a solicitud del presidente Daniel Ortega, organizó el primer Diálogo Nacional, y contribuyó a elaborar una agenda de democratización con justicia. Al convenir esta entrevista para el programa Esta Semana, me advierte que también quiere hablar de la visión propositiva de la Iglesia, de las propuestas de los obispos para orientar una salida a la crisis, y los principios que deberían guiar la reconstrucción de Nicaragua.

 

Monseñor, desde hace varios meses el discurso oficial del Gobierno sostiene que el país vive en una normalidad completa. ¿Cómo lo evalúa usted y que dice la gente en su diócesis?

Todos sabemos que Nicaragua está atravesando una severa y drástica situación social, política, económica. Nosotros tenemos el contacto directo con la población pobre, los campesinos, los obreros. Personas que te dicen que, si tienen para pagar la colegiatura de sus niños, ya no tienen para pagar su alimentación; que si tienen para pagar los alimentos básicos del día a día, ya no tienen para pagar la colegiatura.

Nosotros en Matagalpa, por ejemplo, hemos hecho un rápido análisis, y nos hemos encontrado que el 70% de los padres de familia que tienen a sus niños, a sus niñas en colegios nuestros, están en mora de hasta ocho y diez meses, porque no tienen como pagar la colegiatura. Personas que ni siquiera pueden comprarse un par de calcetines, o de zapatos; en mi Catedral, donde antes los domingos dábamos una canasta básica pequeña, pero que al fin ayudaba a la población, a 15 familias, ahora estamos dándosela a 82, a lo largo de esta crisis.

Estamos hablando de gente que un día me encontré cuando llegué a visitarlos y estaban comiendo un poco de fruta, mango celeque, y les pregunté que si eso era un entremés, y me dijeron que esa era su cena. Esa es la situación, además de tensión, que se vive en Nicaragua.

La persecución contra la Iglesia

¿Hay libertad? ¿Hay seguridad? La Catedral de Matagalpa ha sido asediada en varias ocasiones por simpatizantes y policías orteguistas ¿Cómo han vivido los feligreses estas situaciones?

Hemos vivido situaciones lamentables, que hubiéramos querido y quisiéramos que no se volvieran a dar. Recordemos en la procesión de la Virgen del Rosario, en Estelí, una persona armada, a vista y paciencia de quienes pudieron haberlo detenido, se introdujo entre la gente, ofendiéndole; en la procesión de La Merced, en Matagalpa, un grupo de personas también se puso a ofender, obviamente con muchas groserías, a la población; templos en diversos lugares del país que se han visto acosados; y, situaciones, repito, pues, dolorosas y lamentables que más bien tensionan el ambiente, lejos de distensionarlo para buscar cauces de pacificación en nuestro país.

Los feligreses de Matagalpa, y también de otras diócesis y parroquias, han expresado su descontento en las misas y procesiones por la falta de libertades, sacando banderas azul y blanco, para demandar justicia. ¿Cuál es su posición, como obispo, cuando la feligresía se expresa de esa manera?

Yo lo que creo es que la manifestación y expresión de la fe va unida a la manifestación y expresión del amor a la patria, de tal manera, pues, que mientras se haga con respeto al fervor y a la devoción, y la misma gente que va en las procesiones lo hace con fe, no encuentro ninguna contradicción entre el cristianismo y el amor a la patria que, al final de cuentas, recordemos, somos todos nosotros, es nuestra identidad y es nuestra cultura.

¿A qué atribuye usted la hostilidad y persecución de las autoridades en relación a la Iglesia católica? Lo hemos visto no solo en Matagalpa, también en Estelí, en Masaya, en Managua, y en otros departamentos, ¿por qué?

Bueno, yo no podría responder algo que tendría que responderlo el Gobierno. Yo lo único que puedo decir es que nosotros hemos asumido, precisamente por ser hombres y mujeres de fe, por ser creyentes, una actitud humanitaria; no podemos asumir otra actitud porque el Evangelio es humanista por excelencia, y aquí los obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, laicos y laicas nos hemos colocado desde el inicio de esta crisis del lado de quien hemos tenido que estar, que es del lado del rostro sufriente.

Pero el presidente Ortega le dijo hace poco a unos periodistas norteamericanos, y lo cito: “Que en Nicaragua hay completa libertad religiosa”. ¿Qué opinan los obispos sobre esta afirmación?

Mi opinión personal es que hay que saber diferenciar el discurso formal, de la práctica y la realidad diaria.

Las propuestas de los obispos

En 2014, la Conferencia Episcopal le presentó un diagnóstico muy completo al presidente Ortega sobre la realidad nacional, pero esas propuestas fueron desestimadas por el Gobierno. Esa agenda que presentó la Conferencia Episcopal, ¿sigue teniendo validez hoy?

Nosotros en ese momento, mayo 2014, efectivamente, en un diálogo franco le presentamos al señor presidente nuestra visión como pastores de Nicaragua y, esencialmente le planteábamos la necesidad de un diálogo nacional incluyente con todos los sectores sociales, políticos y económicos del país, para evitar, precisamente, la situación catastrófica a la que llegamos. Lamentablemente se hizo caso omiso.

Ahora, el primero de mayo de este año, ofrecimos al pueblo nicaragüense un mensaje, donde en cinco puntos establecimos la Nicaragua que nosotros pensamos debemos de construir: una Nicaragua con visión de cambio hacia una transformación cualitativa; una Nicaragua que asuma la centralidad de la dignidad de la persona como hijo de Dios; una Nicaragua donde se fortalezca la democracia y la institucionalidad; una Nicaragua donde se respete irrestrictamente la libertad de expresión; y una Nicaragua donde la verdad vaya de la mano de la justicia y que produzcan la paz.

En esos cinco puntos, prácticamente lo que decimos es que, en un país donde no existe la libertad de expresión, todas las otras libertades terminan feneciendo. Abogamos, por supuesto, por la independencia de poderes; por un Poder Judicial independiente, imparcial y con mucha ética; por un Poder Electoral transparente, que garantice con observación nacional e internacional las elecciones libres; por la división de poderes, y donde ningún poder esté sobre otro, donde el Ejecutivo ni ningún otro de los poderes se sobreponga a alguno de los restantes; abogamos, como lo decimos en ese mensaje, por un Estado funcional, moderno e institucional.

Cuando estalló la crisis, en abril del año pasado, en el Diálogo Nacional y posteriormente en un encuentro que tuvieron con el presidente Ortega, los obispos mediadores le presentaron la agenda de democratización del país, pero tampoco fueron atendidas. ¿Hay alguna salida, cuando la parte principal de este problema se niega a atender esas demandas?

Por un lado, yo creo que tenemos que ser hombres de esperanza, y la esperanza de ojos abiertos, que es la que tiene puesta los pies sobre la tierra y guardando las pupilas en los cielos. Y, en ese sentido, traigo al recuerdo una carta famosísima de los obispos franceses, de rehabilitar la política, así la titulan ellos. Yo pienso que en Nicaragua tenemos todos que rehabilitar la política. Ellos expresan que la política debe ser el arte de unificar a todo un país, desde, y, en medio de la diversidad de los pensamientos, y ese es un reto para todos los nicaragüenses.

Pienso, también, que la conciencia social de este pueblo, de todos nosotros, ha ido creciendo y fortaleciéndose, precisamente para unificar los criterios básicos para que logremos que, como dice el papa Francisco, la política sea una de las formas más elevadas de la caridad en vista al bien común. En ese sentido, yo pienso que el pueblo nicaragüense es protagonista en su historia, y que es la sociedad nicaragüense entera la que tenemos que ir construyendo, la Nicaragua del presente y del futuro, la Nicaragua que todos anhelamos y necesitamos.

En ese anhelo de una Nicaragua democrática, un amplio sector de la población demanda igualdad de oportunidades, equidad y justicia social para salir de la exclusión; y por el otro lado hay un planteamiento de que el país requiere de un modelo económico que nos permita crecer, ¿se pueden compaginar ambas cosas?

Exactamente. El papa Francisco no habla de crecimiento económico. El crecimiento económico, de hecho, al final de cuentas es el crecimiento de pequeños grupos y élites en detrimento de las inmensas y grandes mayorías que siguen siendo los pobres, y los más pobres. El papa Francisco habla de un progreso económico en el que haya un modelo de economía equitativo, justo, fraterno y solidario.

Y el papa Benedicto XVI, maravillosamente, habla de dos lógicas en la economía de mercado: la lógica del lucro y la lógica del desarrollo sostenible humano, y dice que ambas son distintas, pero que tienen que armonizarse. La lógica del lucro es necesaria, porque quienes tienen las riquezas son los que tienen también los aparatos de producción, pero el problema es cuando esta lógica de lucro prevalece sobre la lógica del desarrollo humano sostenible; de lo contrario entonces se va abriendo y extendiendo más esa brecha terrible entre pocos que tienen prácticamente todo, y muchos, o la mayoría que tienen casi nada, o no tienen nada. Cuando la lógica del desarrollo humano sostenible es la que priva, entonces la lógica del lucro, los aparatos de producción y las riquezas, son equitativamente distribuidas y se logra, efectivamente, la promoción humana integral de la persona.

La demanda de verdad y justicia sin impunidad, que surgió después de la represión en los meses de abril, mayo y junio, pareciera que está quedando postergada en esta agenda nacional. Todo mundo habla de democracia y elecciones, pero se da por sentado que la justicia tiene que esperar. ¿Cómo lo ve la Iglesia?

Nosotros, en ese mensaje del primero de mayo, cuando hablamos de verdad, justicia, paz, decimos que el principio de la justicia es efectivamente la verdad de la historia dramática, del drama de la historia, y la verdad del dolor de las víctimas. En este sentido, yo creo que eso es lo primero que hay que reconocer, y es lo primero que cualquier ser humano esperaría, que se le reconozca la realidad y la verdad del drama de su historia, y de su propio dolor.

Han transcurrido ya más de seis meses desde la salida del país de monseñor Silvio Báez a Roma, por petición del Papa y, como ha dicho él, no por su propia voluntad. ¿De qué manera ha impactado la salida de monseñor Báez en la Conferencia Episcopal?

En realidad todos nos sorprendimos y, por supuesto que nosotros somos amigos y estamos en comunicación con él, cuenta con nuestro cariño, nuestra oración y nuestra cercanía; y él también corresponde a ello con su oración y su plegaria.

En una entrevista que brindó hace poco en España, monseñor Báez dijo que tenía la esperanza de regresar pronto a Nicaragua. ¿Cree usted que eso sea posible?

Bueno, nosotros como colegio episcopal, en nuestras anotaciones internas, por supuesto que siempre monseñor Silvio permanece ahí, como parte de la Conferencia Episcopal.

La narrativa oficial hasta el día de hoy sigue calificando a los obispos como golpistas. ¿Esperan los obispos que en algún momento el Gobierno rectifique? ¿Considera que existe alguna posibilidad de un diálogo, con las autoridades?

Nosotros siempre estamos abiertos al diálogo. Por naturaleza, la Iglesia es dialógica, y nosotros, como mucho insiste el cardenal Leopoldo Brenes, seguimos nuestro trabajo en medio de las dificultades, las vicisitudes, nosotros seguimos catequizando, evangelizando, haciendo la promoción humana, la promoción social que hemos hecho siempre en nuestras comunidades, ahora todavía, yo diría, con una mayor fortaleza, en cuanto a que la realidad del país nos obliga, precisamente, a redoblar los esfuerzos para ello.

¿Cómo se siente usted cuando los feligreses dicen: “Obispo amigo, el pueblo está contigo”?

Esa es una manifestación de cariño que nosotros agradecemos, porque es una expresión que se la dicen a todos los obispos, a cada uno de nosotros en nuestras diócesis. Pero, ya ahora finalmente, últimamente, estoy escuchando otra expresión muy bonita y muy linda: “Padre amigo, el pueblo está contigo”, también ya los fieles se lo están diciendo a los sacerdotes. Y hace unas semanas escuché una que todavía está más preciosa, porque decía: “Padre amigo, Dios está contigo”, entonces ahí hay una manifestación de cariño, de fervor, de amor y de fe profunda del pueblo.

El diálogo y las libertades

Pero algunas personas consideran que la Iglesia se ha debilitado, desde el momento en que prácticamente fue excluida del rol que jugó el año pasado en el Diálogo Nacional.

No sé si fuimos excluidos, pero yo recuerdo que cuando se instauró el segundo diálogo nacional recibimos una carta de invitación para participar en esa mesa, y después de una honda, seria y profunda reflexión, los obispos dijimos que no íbamos a estar físicamente, y que íbamos a acompañar al pueblo desde nuestra misión profética y desde nuestro ministerio de la palabra y la oración, y es lo que hemos estado haciendo hasta el día de hoy.

¿Cómo evalúa los resultados de ese segundo diálogo nacional?

Yo creo que, si el primer Diálogo Nacional, entre los muchos resultados que obtuvo, fue el hecho que los organismos internacionales de derechos humanos vinieran todos, completamente todos, a Nicaragua, y llevar el tema de los derechos humanos de Nicaragua a los más altos niveles; el segundo diálogo, entre los muchos frutos que habrá obtenido, fue el de la liberación de muchísimos privados de libertad.

Pero también en ese segundo diálogo hubo un acuerdo de restablecer las libertades públicas, y hasta hoy el Gobierno mantiene al país bajo un estado policial, o sea que los acuerdos de ese diálogo no se cumplieron.

Yo he escuchado a algunos personeros de la Alianza Cívica, que han sido los interlocutores más organizados en este proceso de diálogo, y que ahora está más incluyente y se han reestructurado y reorganizado, precisamente para, según uno de ellos, ser canal de unidad, es decir que mantienen el esfuerzo y la lucha para que todas las libertades públicas en Nicaragua se puedan vivir y puedan ser gozadas por todos los nicaragüenses, no solo es un derecho constitucional sino, un derecho humano, y antes de ser un derecho humano, a mí me gusta hacer la referencia, es un derecho connatural a toda persona.

¿Que opina la Iglesia frente a esta situación que vive el país, en la que sin que se haya establecido un estado de emergencia que suspenda los derechos constitucionales, en la práctica no se pueden ejercer, y vivimos bajo un estado de excepción de facto?

Pienso que la mejor manera de ejercer nuestra misión pastoral en este momento es acompañando al pueblo. Precisamente el inicio de esta entrevista me posibilitó ser tan detallista porque son cuestiones que nosotros vivimos cuando estamos en la comunicación permanente con la gente que sufre, y podría haberte ofrecido muchos otros ejemplos, que no son tomados de un libro de cuentos ni de personajes fabulescos, sino que son realidades de nuestra gente, que se nos acerca y nos dice la dureza y la crudeza con la que estamos viviendo, y está viviendo nuestro pueblo en el día a día.

Las organizaciones nacionales de derechos humanos han denunciado hechos de violencia y ejecuciones extrajudiciales en la zona norte del país. Hace poco, también, en la ciudad de Matagalpa un paramilitar mató a una ciudadana de origen norteamericano. ¿La Iglesia tiene información documentada sobre estos hechos?

La familia de esta ciudadana a quien te referís habló con lágrimas en los ojos, y sobre todo en el corazón, conmigo, con llanto, con indignación, con sufrimiento. Esa es una documentación viva, esa no es una documentación de papel escrito en tinta, es más que eso, es una documentación del corazón lo que vivió esa familia.

Frente a ese clima de violencia, y de hostilidad en contra de sacerdotes y obispos, y también de un discurso de odio desde el poder, ¿teme usted por su seguridad personal?

Yo me movilizo en la libertad de los hijos de Dios. Yo estoy en las manos del Señor. Yo no vivo con miedo. Si viviera con miedo no te estaría dando esta entrevista; si viviera con miedo no visitara mis comunidades, mis parroquias; no me reuniera con mis sacerdotes; no me reuniera con los religiosos, con las religiosas; no tuviéramos encuentros misioneros con todas nuestras fuerzas vivas. No. Es imposible vivir con miedo, eso te paraliza. De hecho, estoy plenamente convencido que el pueblo de Nicaragua ya no tiene miedo, aquí en Nicaragua se perdió el miedo. Se acabó el miedo. Ya no hay miedo. Sí, el pueblo de Nicaragua es noble y es prudente, pero este pueblo ya no tiene miedo.

¿Tiene esperanza de que ese pueblo puede lograr un cambio?

El pueblo está logrando un cambio.

 



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