Fibromialgia, una enfermedad poco conocida

Por Ivett de las Mercedes

Erlinda González

HAVANA TIMES – La fibromialgia es una enfermedad de diagnóstico complejo y desconocida para la mayoría de la población. Erlinda González Roque (58 años) ha sufrido no solo de dolor crónico, sino también de incomprensión y discriminación a lo largo de su vida laboral.

HT: ¿Cuándo comenzaron a presentarse los primeros síntomas de la enfermedad?

Erlinda González: En 1982, tras mi divorcio, pasé por un largo periodo de depresión. Algunas amigas opinaban que el periodo de duelo por la pérdida de mi matrimonio se había extendido demasiado.

No sé si mi imposibilidad de adaptarme a esa nueva realidad fue uno de los primeros síntomas; a finales de esa década comencé a sentirme ansiosa, deprimida sin razón aparente, cualquier esfuerzo me fatigaba, incluso amanecía agotada. Me dolían los brazos y comencé a padecer de insomnio.

HT: ¿Esa situación repercutió en tu trabajo?

EG: Por supuesto, en el trabajo era peor. Me dolía frecuentemente la cabeza. Mis compañeras se quejaban de mis cambios de humor: cuando no estaba deprimida estaba alterada. Mi rendimiento laboral bajó.

Recuerdo que en el 2001 mi evaluación del desempeño fue regular, y no solo me afectó a mí, sino a todo el colectivo. Entonces no me dada cuenta que mi concentración estaba afectada. Mis compañeras censuraban mis ausencias, me echaban en cara que no podían contar conmigo para ningún proyecto o actividad y comenzaron a darme de lado. Dejaron de ir conmigo a almorzar y a merendar. Fue muy duro. 

Un jefe insensible

HT: ¿Qué postura adoptó tu jefe?

EG: Se convirtió en un tirano. Me vigilaba constantemente; si llegaba unos minutos tarde me descontaba el salario. Me prohibió hablar por teléfono, incluso revisaba mis correos. Un día me gritó delante de todas las compañeras de oficina que no quería oír un drama más, que si estaba tan enferma que presentara un certificado o fuera a la comisión de peritaje. Nunca se sentó a escucharme. No pude entender en qué momento dejé de ser la compañera para convertirme en un objeto desechable, después de 15 años de trabajo y dedicación, con un profundo sentido de pertenencia.

HT: ¿Qué hizo ante ese rechazo?

EG: Pedí la baja. Aquellas personas que habían sido como mi familia nunca me llamaron para interesarse por mí, me tildaron de loca y me borraron. Me sentí incomprendida, traicionada y me quedé en casa rumiando mi mala suerte, hasta que un amigo me resolvió un trabajo en otra empresa.

HT: ¿Su estado de ánimo cambió?

EG: No, pero durante un tiempo se contuvieron de opinar frente a mí. Todos sabían que el director era quien me había traído. Un día una compañera se me acercó y me dijo que mis mareos, náuseas y dolores de cabeza eran la comidilla del centro, que si tenía problemas de salud debía resolverlos y me sugirió que mi neurastenia debía ser cosa de tiroides, y si no acababa de ponerle nombre a mi enfermedad, no podría continuar laborando.

“Mija, yo te veo mal”

HT: ¿No tenía a nadie con quien conversar de esa situación?

EG: Tenía una vecina que en varias ocasiones me había sugerido que debía ir al médico. Era enfermera retirada y siempre me preguntaba si ya estaba con la menopausia. Una tarde, mientras conversábamos, me dijo con lágrimas en los ojos: “Mija, yo te veo mal”.

 En ese momento me di cuenta de que no podía dilatarlo más, al día siguiente fui al consultorio. En realidad, yo estaba paralizada, me sentía mal, pero no entendía que no era tan leve, no me percataba de que nadie puede sentirse mal sin estar enfermo.

La doctora me mandó todo tipo de análisis entre ellos los de tiroides, que resultaron negativos, así que decidió que una interconsulta con Psicología sería lo mejor. En esa época los dolores musculares ya eran muy intensos, el cuello, la cintura, la mandíbula, me daban espasmos y calambres, lloraba constantemente, creía que iba a enloquecer.

No podía entender cómo había dejado de ser yo; siempre fui muy activa. Me gustaba hacer largas caminatas con mis amigos, ir a fiestas, me relacionaba muy bien con todos, nunca me quejaba, cantaba mucho y de repente me había convertido en otra persona. Hasta el paseo que más disfrutaba, con mi perra Lía, se estaba volviendo una tortura, porque bajar y subir las escaleras era doloroso. Fue una suerte que la psicóloga no se rindiera y me aconsejó ir a la consulta de Reumatología.

¿Con quién iba a conversar?

HT: ¿No tenía a nadie con quien conversar de esa situación?

EG: Tenía una vecina que en varias ocasiones me había sugerido que debía ir al médico. Era enfermera retirada y siempre me preguntaba si ya estaba con la menopausia. Una tarde, mientras conversábamos, me dijo con lágrimas en los ojos: “Mija, yo te veo mal”.

 En ese momento me di cuenta de que no podía dilatarlo más, al día siguiente fui al consultorio. En realidad, yo estaba paralizada, me sentía mal, pero no entendía que no era tan leve, no me percataba de que nadie puede sentirse mal sin estar enfermo.

La doctora me mandó todo tipo de análisis entre ellos los de tiroides, que resultaron negativos, así que decidió que una interconsulta con Psicología sería lo mejor. En esa época los dolores musculares ya eran muy intensos, el cuello, la cintura, la mandíbula, me daban espasmos y calambres, lloraba constantemente, creía que iba a enloquecer.

No podía entender cómo había dejado de ser yo; siempre fui muy activa. Me gustaba hacer largas caminatas con mis amigos, ir a fiestas, me relacionaba muy bien con todos, nunca me quejaba, cantaba mucho y de repente me había convertido en otra persona. Hasta el paseo que más disfrutaba, con mi perra Lía, se estaba volviendo una tortura, porque bajar y subir las escaleras era doloroso. Fue una suerte que la psicóloga no se rindiera y me aconsejó ir a la consulta de Reumatología.

Por fin se identificó mi enfermedad

HT: ¿Fue entonces que conoció su enfermedad?

EG: Después de muchas pruebas la reumatóloga le puso un nombre a mi padecimiento. Fue un alivio saber que no estaba loca y que podría aliviarme. La doctora me explicó que el estrés aumentaba el dolor y que tenía que crear un ambiente tranquilo a mi alrededor. Me recomendó incorporar ejercicios aeróbicos de forma escalonada hasta convertirlos en permanente, nadar y mantenerme ocupada con algo que me gustara y, por supuesto, infiltraciones, masajes y medicamentos.

HT: ¿Y empezó a sentir alivio?

EG: La amitriptilina y la carbamazepina me han ayudado con la depresión, la neuralgia y el insomnio. Creo que el conocimiento de la fibromialgia, las infiltraciones, masajes y ejercicios han contribuido a que me mantenga funcional.  No quiere decir que esté curada, porque este padecimiento no tiene cura, pero si no estoy deprimida y tengo el dolor controlado, puedo hacerme cargo de mi vida.

Lo más importante es mantener alejado el estrés y cuando no lo consigo voy a terapia. Mi doctora es especial. No sé cómo lo logra, pero siempre dice lo que una necesita escuchar. Tiene el don de la dulzura y la compasión, cada vez que salgo de su consulta reverdezco.

Un nuevo empleo

HT. ¿Dónde trabaja ahora?

EG: Estoy de dependiente en una cafetería, pero es temporal. Después que pase la covid-19, pienso volver a trabajar para el Estado y jubilarme. Ahora sé que uno no se puede enamorar de su trabajo y mucho menos de sus compañeros. Al trabajo no se va a hacer amigos, sino a trabajar. 

HT: ¿Cómo se las ingenia con la falta de medicamentos?

EG: Cuando no hay en la farmacia, me convierto en loba. Aúllo contra todo y me es imposible comprender el maldito bloqueo. Estoy convencida que si en ese momento me ponen delante a Trump lo devoro de una dentellada.

Pero cuando pasa la cólera me voy por el barrio a buscar quién cambie o venda algunas pastillas. En ocasiones lo he logrado y cuando no ocurre así ya puede imaginarse que todo lo logrado desaparece. Es algo que no le deseo a nadie. Recientemente leí que la práctica del Yoga alivia los dolores causados por esta enfermedad, así que ahora que solo me queda un blíster de amitriptilina no dejo de fantasear con irme a vivir a la India.

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3 thoughts on “Fibromialgia, una enfermedad poco conocida

  • Gracias por esclarecernos sobre la enfermedad. A las mujeres que estan enfermas los jefes las discriminan y terminan botandolas. Y estas injusticias a nadie les importa. Hace 20 años cuando estaba embarazada mi jefe me queria cambiar de plaza, porque segun él no iba a rendir lo necesario. Yo pedi la baja.

  • Muy positivo que se toque el tema de esta enfermedad que no es muy conocida y que la padecen muchas personas en el mundo. Casualmente tengo una prima que la tiene y siempre tiene dolores en todo el cuerpo. Muy bien detallado todo lo que le sucedio y pienso que ha sido muy doloroso el ser incomprendida por los demás.

  • Un poco de descuido de tu parte no verte con un médico mucho antes, es cierto que no se debe dejar tirado a una persona pero si esta persona no es capaz de ser consciente de su problema y atenderse que puede hacer los demás, en ningún momento mencionan la familia cual es el papel de esta con tu enfermedad.

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